En artículos anteriores había insistido en que, lastimosamente, la experiencia ajena no resulta de utilidad a otros. En este caso, el fracaso rotundo que han signado casi cincuenta años de lucha (se crearon en 1964) en la selva, y por fin la decisión de abandonar las armas convencidos de que por ese camino no lograrán conquistas políticas y sin conquistas políticas cada vez está más lejana la posibilidad de llegar a ocupar espacios de poder.
Mencionaba lo de la experiencia ajena en relación al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) que ha comenzado a hacerse visible en nuestro país y sus actos de violencia. El fracaso de una experiencia similar en Colombia no parece serles suficiente para buscar los caminos que ahora buscan sus colegas de las FARC, los mismos que, posiblemente y de acuerdo a versiones que nunca fueron confirmadas, les ofrecieron el adiestramiento necesario para la lucha armada en la selva.
Los datos que se manejan son elocuentes: de los 30.000 combatientes que lograron ser en el momento de mayor auge de la lucha armada, se han convertido en un grupo criminal de no más de 9.000 combatientes entre quienes luchan por sus ideales marxistas y los que quitan buenas ganancias del tráfico de drogas. Vale decir: es un “ejército” en el que no están muy claras las líneas de separación entre los principios ideológicos y la delincuencia pura y dura.
Después de cincuenta años absolutamente infructíferos lo único que ha dejado tras de sí esta lucha fratricida y sanguinaria son miles de muertos y decenas de miles de víctimas; las víctimas que deja siempre todo tipo de lucha armada. Sus combatientes hicieron gala de trato deshumanizado con sus enemigos recurriendo incluso a una de sus herramientas preferidas: el secuestro de personas con el objeto de cobrar un rescate, una “tasa revolucionaria” de las cuales algunas regresaron vivas, pero muchas otras siguen en cautiverio y no se sabe cuántas han desaparecido definitivamente.
Las guerrillas en América han terminado fracasando siempre. Esto es lo que le ha pasado a Sendero Luminoso, que fue desarticulado por el ejército peruano; la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) logró derrocar a la dinastía Somoza, pero naufragó en un mar de corrupción comenzando por su misma cabeza, Daniel Ortega Saavedra. Sólo queda Cuba como ejemplo de país en el que la lucha de guerrillas triunfó pero que no logró, nunca, en más de cincuenta años de régimen castrista, poner en funcionamiento su economía; afianzó en el poder a la dinastía de la familia Castro y llevó el país a la ruina que por el momento funciona, malamente, gracias a las “donaciones a fondo perdido” que le hace el presidente bolivariano Hugo Chávez, tal como en otra época lo hizo la Unión Soviética.
Los políticos que alientan este tipo de lucha armada como el único camino que les queda para lograr aquello que no pueden convenciéndoles a los demás de que sus propuestas son buenas, eficientes y viables de aplicar, están atentando contra un orden político que está funcionando, con muchas falencias, es cierto, pero funciona y sigue un camino de perfeccionamiento en el que debemos colaborar todos. Es cierto que la clase política está en descrédito no solo en Paraguay sino también en muchos países de Europa. Pero igualmente cierto es que sin la clase política no podremos funcionar como país, como países libres, como países democráticos. No creo que alguien desee la instalación de un Big Brother como en la aterradora novela “1984” de George Orwell, un Big Brother como el que se ha instalado en Cuba, en China o en Corea del Norte. Tenemos el ejemplo de que tales experimentos no funcionan y que sus propios protagonistas se encuentran hoy en Oslo buscando salvar mínimamente su prestigio al verse irremediablemente acorralados.