Es un dato interesante, porque contradice el estereotipo de que la corrupción forma parte del ADN de los países latinoamericanos y caribeños, y de que nuestros países están condenados a tener altos niveles de corrupción.
El Indice de Percepción de la Corrupción 2012, que usa encuestas de opinión pública y entrevistas a empresarios entre varias otras mediciones, va en orden de los países menos corruptos a los más corruptos del mundo.
El ranking está encabezado por Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda (empatados en el primer puesto), seguidos por Suecia (4), Singapur (5) y Suiza (6). Entre los 20 países menos corruptos del mundo también figuran Alemania (13), Barbados (15), Reino Unido (17) y Estados Unidos (19), seguidos por Chile y Uruguay (empatados en el puesto 20).
Inversamente, dos tercios de los países latinoamericanos aparece en la segunda mitad de la lista. Venezuela y Haití se cuentan entre los países más corruptos del mundo, empatados en el puesto número 165 con Chad, Burundi, Guinea Ecuatorial y Zimbabue.
Otros países de la región que salieron mal parados en el ranking son Paraguay (150), Honduras (133), Nicaragua (130), Ecuador (118), México y Bolivia (empatados en el puesto 105) y Argentina (102).
¿Por qué Barbados, Chile y Uruguay son menos corruptos que otros países de la región?, le pregunté a Alejandro Salas, director de la Oficina Latinoamericana de Transparencia Internacional.
Salas me dijo que se debe principalmente a que esas democracias tienen una división de poderes y sistemas de contrapesos que funcionan, con ramas judiciales y legislativas sólidas e independientes, y libertad de prensa.
“No es ninguna fórmula mágica, sino permitir que la democracia funcione”, me dijo Salas. “Por eso hay un contraste tan fuerte entre esos tres países y Venezuela, donde pasa todo lo contrario”, agregó.
Hay razones para ser optimista, dijo Salas. Brasil (puesto 69), el país más grande de la región, ha adoptado recientemente drásticas medidas para combatir la corrupción, que seguramente se reflejarán en el ranking en los próximos años, dijo.
A principios de este año, Brasil puso en vigor una ley de transparencia para abrir legajos públicos a los ciudadanos, así como otra ley de “ficha limpia” que prohíbe a las personas con antecedentes criminales presentarse como candidatos a los cargos públicos.
Además, en los últimos meses, la presidenta Dilma Rousseff despidió a más de media docena de sus ministros debido a acusaciones de corrupción o a sospechas de conductas corruptas.
Y tal vez más importante aun, el mes pasado la Corte Suprema de Brasil sentenció a José Dirceu –el poderoso exjefe de gabinete del presidente Luiz Inacio Lula da Silva, y una de las figuras más influyentes del partido gobernante– a diez años de cárcel, en un escándalo sobre sobornos del gobierno a los legisladores.
Mi opinión: El hecho de que Barbados, Chile y Uruguay y Bahamas figuren todos los años entre los países menos corruptos del mundo demuestra que –contrariamente a quienes afirman que el clima tropical, la herencia hispana u otros factores culturales son la causa de altos niveles de corrupción en la región– Latinoamérica no está biológicamente condenada a tener altos niveles de corrupción.
Los países corruptos son casi siempre el resultado de gobiernos corruptos. Estos últimos, al robar con impunidad, crean en la sociedad un clima de “vale todo”, en que la gente termina diciendo: “Si lo hace todo el mundo, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”. Los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Argentina son buenos ejemplos de esto (y, se podría agregar, lo han sido desde hace tiempo).
Pero como se ha demostrado en Hong Kong y en otras partes, la corrupción puede combatirse con eficaces sistemas de pesos y contrapesos, un Poder Judicial independiente y medidas para reducir la burocracia. Está probado que cuanto más inspectores de gobierno hay, más oportunidades hay para la extorsión y el soborno.
Si las últimas medidas adoptadas por Brasil se reflejan en el ranking del año que viene, como probablemente ocurra, el país más grande de la región demostrará que la corrupción sí puede combatirse, y que Barbados, Chile y Uruguay no son islas de honestidad en un continente irremediablemente corrupto.