Los que adoran el mito y la violencia

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Por cientos de años, las religiones han conquistado el planeta de manera literal, violenta y hasta descaradamente. Llevando mensajes de temor y salvación, con la promesa de paraísos extraterrenales, han difundido el pensamiento mágico y la falsa esperanza de mundos alternativos a este, desde el plano espiritual, claro. Han podido postergar el pensamiento crítico y permitido las salvajadas más horrendas de nuestra especie. Han tratado de pisotear la filosofía e ignorar la ciencia.

Aunque muchas de ellas promuevan el amor y la amistad entre los humanos, su pasado de oscurantismo e intolerancia les desacreditan como representantes de moralidad intachable. Es así como el judaísmo, el cristianismo, el islam y el hinduismo han perseguido sistemáticamente a miles de personas que no comulgaban con sus ideas. A las persecuciones se les suman torturas y hasta masacres. Y aunque esto parezca algo salido de la Edad Media, a lo que solo podemos acceder mediante el estudio riguroso de la historia, lo cierto es que hoy, en el siglo XXI, seguimos teniendo muestras de salvajismos producto del fanatismo que trae consigo implícitamente la creencia extremadamente irracional.

En Birmania, el año pasado se realizó una masacre contra la población musulmana, por parte de los budistas apoyados por el gobierno. Se cometió una limpieza étnica que no fue muy denunciada ni repudiada por la comunidad internacional. Miles de seguidores de Mahoma tuvieron que emigrar o dejar de profesar su religión en el país asiático gracias a la intolerancia oficialista que se impuso, incluso hasta ahora.

En Siria, grupos de derechos humanos denuncian constantemente que los cristianos que se niegan a abandonar su religión y pasarse a filas musulmanas son directamente crucificados. En este país, que está en guerra civil desde hace tres años, los rebeldes que intentan derrocar a la dictadura de Bachar al Asad violentan constantemente, al igual que el Gobierno, los derechos individuales de los ciudadanos. En algunas zonas del país se prohíbe cualquier confesión que no sea la fe islámica.

Por su parte, el grupo terrorista Boko Haram ha enlutado la semana con diversos ataques en Nigeria. El domingo pasado atacó algunas aldeas del norte del país, matando a alrededor de 100 personas, el lunes realizó un atentado en una estación de buses, dejando al menos 75 muertos, y el mismo día secuestró a alrededor de 130 alumnas de un colegio. Algunas de ellas pudieron escapar, finalmente. Pero la inseguridad reina en el país más poblado de África. La milicia islámica intenta crear un Estado islámico en aquel continente, ya que supone que no hay mejor religión que la musulmana y que esta debe dominar en todo el planeta, pese a las grandes diferencias que existen en todo el globo. Boko Haram asesinó ya a estudiantes mientras dormían en sus colegios y, como enemigos del librepensamiento, pusieron bombas en distintas universidades. Desde el 2009 los fundamentalistas asesinaron a al menos 3.000 personas según Amnistía Internacional y la policía nigeriana.

En Estados Unidos, un antiguo miembro del Ku Klux Klan atacó centros judíos en Kansas, matando a tres personas la semana pasada, evidenciando el odio interreligioso que sigue existiendo hasta en el país más poderoso de la Tierra.

No estamos viviendo episodios aislados de intolerancia. Lo que observamos son muestras elocuentes de oscurantismo medieval vigente. Los ataques religiosos en Nigeria son sistemáticos, la violación a la libertad de credo en Irán, Arabia Saudita, Corea del Norte, Omán, Indonesia y otros puntos también es constante, no pasajera. Vivimos en el siglo XXI, con líderes que tienen pensamientos del siglo XI y sociedades que no pueden salirse de las cavernas. Los radicales religiosos odian la materia, la creación en libertad y la diversidad. Adoran los mitos y las promesas no terrenales, y para imponer ello utilizan la violencia, pero ya no son de esta era.

equintana@abc.com.py