Los signos de Cristo

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El domingo pasado hemos celebrado el Bautismo del Señor, cuando recibió la unción del Espíritu Santo y empezó su misión pública, después de haber vivido unos treinta años en el silencio de Nazaret.

Hubo una fiesta de bodas en Caná de Galilea, a unos diez kilómetros de Nazaret, para la cual fueron invitados, además de Jesús y los apóstoles, también María. A cierta altura de la ceremonia nupcial ella se da cuenta de que había terminado el vino y comunica a Jesús: “No tienen vino”.

Después de un pequeño y, algo raro diálogo entre Jesús y su Madre, ella dice a los sirvientes: “Hagan todo lo que Él les diga”. Y Jesús tomó la iniciativa de resolver el inconveniente con facilidad y mucha categoría.

El evangelista va a anotar que “este fue el primero de los signos de Jesús y así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”.

Dos elementos llaman la atención: la sensibilidad femenina y maternal de María que se percata del estorbo que se presentó de modo súbito y la acción eficaz de Jesucristo.

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Este mecanismo de salvación sigue vigente en los días de hoy y para todos nosotros, pues nuestra Madre del cielo se interesa por los detalles de nuestra vida, sin embargo, por sí misma no puede resolver las dificultades, pero lo manifiesta, es decir, intercede junto a su divino Hijo.

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre y cuida para que estemos en el buen camino, para que nos liberemos de los aprietos que aparecen a diario, le sigamos con un corazón alegre, en fin, que creamos en Él.

Dios es pura generosidad, donación completa y no espera nada a cambio de su amor y su auxilio. Sigue realizando signos grandiosos en nuestra existencia, aunque nosotros, tan distraídos con el materialismo y los efímeros placeres, no nos enteramos. Por ello, la tendencia del ser humano es afirmar que “Dios no me ayuda y no hace nada para resolver mi problema”.

Si analizamos honesta y humildemente el hecho de estar vivos, de tener alimento, de poder trabajar, de contar con la colaboración de varias personas alrededor nuestro y ser capaces de elaborar metas y luchar por ellas es un signo portentoso de la mano de Dios a favor nuestro.

Tenemos que hacer un poco más de silencio interior y exterior, contemplar las aves del cielo y los lirios del campo y así lograremos sentir que realmente Jesús está a nuestro lado y manifiesta su poder para nuestro beneficio.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com