Novedades sobre el desarrollo de la inteligencia

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Hace muchas décadas se pensaba que la inteligencia era un don de nacimiento. Se nacía inteligente o no inteligente. La inteligencia no era una capacidad que se podía desarrollar.

Después se empezó a pensar que la inteligencia aparece cuando los niños inician el desarrollo de su ámbito cognitivo, el mundo de sus conocimientos y las reacciones ante los estímulos que les rodean. Sobre todo cuando las criaturas, adolescentes y jóvenes van demostrando su capacidad de relacionar y de lógica, de descubrir vínculos entre causas y efectos.

Se creía que era en la cancha de los conocimientos donde se jugaban los mejores partidos para el desarrollo de la inteligencia. Las fuentes principales para nutrir la inteligencia estaban principalmente en la información retenida con buena memoria y la reflexión.

En la década de los noventa, Stanley Greenspan demuestra en su libro “El crecimiento de la mente y los ambiguos orígenes de la inteligencia” (en castellano 1997), que la inteligencia “tiene unos orígenes comunes en las experiencias emocionales desde la primerísima edad”. Los niños pequeñitos no manejan aún palabras, menos aún conceptos, pero son capaces de conocer e identificar por las emociones suyas y las de la madre cómo está la madre y cómo están ellos. Simplificando toda la sabiduría que el Dr. Greenspan explica y vuelve a profundizar en su siguiente libro “Las primeras emociones” (en castellano, 1998), la primera inteligencia está en las emociones.

También en la década de los noventa surge la teoría de las múltiples inteligencias de Howard Gardner. Teoría que ha tenido un éxito extraordinario y que en pedagogía se ha incorporado con más o menos habilidad y calidad y generalmente con entusiasmo.

Los tests que miden el coeficiente de inteligencia han quedado desbordados, porque la diversidad de inteligencias no es considerada en semejante instrumento para medir todas las inteligencias.

Las ocho inteligencias de Howard Gardner, que él llama inteligencia lingüístico-verbal, inteligencia lógica-matemática, inteligencia corporal cinestésica, inteligencia espacial, inteligencia musical, inteligencia intrapersonal, inteligencia interpersonal, inteligencia naturalista son diferentes y cada una de ellas requiere su ritmo y propio modelo de desarrollo. El mismo Gardner, al final en su libro “La inteligencia reformulada. Las múltiples inteligencias en el siglo XXI” (2001) se planteó la posibilidad de que exista también la inteligencia espiritual, ante el hecho evidente de que en la historia de la humanidad ha habido personas extraordinariamente inteligentes en lo espiritual, como Jesús de Nazareth, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, Ghandi, etc. Lo que él no se atrevió a afirmar porque con su metodología decía no poder demostrarlo, lo demostró pocos años después el gran neurólogo Richard Davidson (“El perfil emocional de tu cerebro” 2012) de la Universidad Wiscosin de Nueva York.

En 1997 Daniel Goleman nos sorprenden con su extraordinario bestseller “La inteligencia emocional” en el que sale en defensa del valor inteligente de las emociones. La sintonía entre Greenspan y Goleman nos ayuda a comprender esa profunda relación entre afectividad e inteligencia, lo que Saint Exupery en su bellísimo cuento “El principito” nos diría con lenguaje popular al recordarnos que nadie ve más que el que ama.

Ya en la década de los dos mil Goleman nos abre otro horizonte al hablarnos en el 2007 sobre “La inteligencia social”, esa ciencia para entender y potenciar las relaciones humanas.

En estos días, la revista Brain (cerebro) nos informa de la importante investigación de científicos de la Universidad de Illinos en Estados Unidos, que con la colaboración de sus pares de la Universidad Complutense de Madrid nos explican que es la inteligencia social la estructura y matriz principal donde se desarrollan la inteligencia cognitiva y la inteligencia emocional.

El Dr. Barbey y su equipo, investigando el cerebro de ciento cuarenta veteranos de la guerra de Vietnam heridos en sus cerebros con bala o metralla, han ayudado a descubrir la trascendencia de la inteligencia social para el desarrollo de las demás inteligencias que posee el ser humano.

Este brevísimo recorrido por las últimas investigaciones sobre la inteligencia nos desafía a los educadores, padres, madres y profesionales, a revisar nuestro modo de educar y colaborar con los niños para ayudarles en su crecimiento general y el desarrollo de sus inteligencias. Hay sobrados motivos para revisar y actualizar nuestra educación.

jmontero@conexion.com.py