Ofensores y ofendidos

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Los textos de índole personal e íntima son moneda corriente en las redes. Lugar donde tantos desahogan sus rabias y desilusiones. Más de una vez queda la incógnita de alguna persona alterada que tira sus maldiciones contra alguien, aunque sin entrar en detalles.

Una de las inseguridades más comunes y sufridas es ofenderse por cosas que no merecen malgasto de salud. La extrema susceptibilidad perturba el crecimiento personal, debilitando el temperamento y la grandeza que deberíamos buscar.

La ofensa tiene distintos objetivos. Por Ej., como ciudadano me siento ofendido cuando malos gobernantes me toman por idiota; entonces busco desahogarme y publico las palabras más hirientes para expresar mi sentimiento repulsivo. En el plano familiar debería ser menos exacerbado, más reflexivo, tal como en el círculo de amigos o conocidos, pero ahora todo lo proyectamos o presenciamos en primera fila.

“Admitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creamos que la segunda suele ser por villanía”, razona José Ingenieros. Recordemos que también en las redes tejemos nuestra calidad humana.

Popularmente se dice que “ofende el que puede, no el que quiere”, pero un rosario de agravios puede llegar a desgastar al emisor sin siquiera rozar o inmutar al destinatario. Se dice también que la verdad no ofende, pero la línea entre el valor y antivalor es sutil, ya que tampoco se ofende a quien perdió la dignidad.

La religión nos instruye que la ofensa se perdona, lo que no significa permitir que esto se repita, sino saber llevar el inconveniente a un plano de diálogo inteligente. “El buen juicio hace al hombre paciente; su gloria es pasar por alto la ofensa” (proverbio bíblico). Por su parte, los samurai en sus reglas inmutables de vida consideraban que la ofensa puede ignorarse, desconocerse, perdonarse o borrarse, pero nunca puede ser olvidada.

Según la psicología, la ofensa carece del efecto deseado si nosotros no le damos ese poder. Las más comunes son las que aluden a la falta de inteligencia, de belleza física o estatus socioeconómico. El racismo y el clasismo no pasan de moda y enraizados en muchas sociedades hallan siempre nuevos militantes. Por eso el derecho propone la demanda por difamación y calumnia, pero qué gris se nos haría un futuro regido por la ley jurídica sobre la ley natural del respeto.

La ciencia revela que cuando nos ofendemos por un comentario o un gesto lo hacemos porque daña la estima que nos falta. A mayor ego, más ofendidos. Quien se siente seguro de sí mismo no busca la aceptación de todos, ni cae en peleas que degradan. Las personas seguras son también fuertes y no se derrumban por habladurías ni se someten al chisme. Hablar mal del otro es ofenderse a sí mismo y es sobre todo un juego neurótico, una zancadilla que nos ponemos por el miedo a madurar. En vez de ofensas disfrazadas de “sinceridad, verdad, no hipocresía” más vale la valentía para enfrentar el problema con un diálogo transparente. Si en esto una relación de amor o de amistad se pierde, ya hallará su cauce. Pero todo absolutamente puede ser bien dicho.

lperalta@abc.com.py