Cuando el presidente Lugo ganó las elecciones en abril de 2008, volvimos a tener una experiencia, en menor escala semejante, al comprobar que la alternancia en el poder era posible y que los errores y corrupciones pasados se iban a superar.
A los cuatro años, la mayor parte de la clase política está ebria de electoralismo y se nos van cerrando no pocas puertas y ventanas que miraban a las esperanzas de un país sin corrupción, sin emigrantes, sin pobreza, con justicia, con educación de calidad, con seguridad, con equidad e incluso con la participación justa en los bienes de producción y la reforma agraria.
No llegó este futuro y tampoco vemos los caminos despejados para llegar a él, porque es muy difícil madurar la democracia y organizar futuro con tanta pobreza, injusticia y corrupción. ¿Cuál es nuestro futuro? ¿Podremos presagiarlo y organizarlo?
Los seres humanos tenemos pasión de futuro, sentimos necesidad de explorarlo, desentrañarlo mucho antes de que llegue. Por eso, los diarios publican horóscopos y otros echan cartas o leen los pliegues de las manos. Entre los romanos, los sacerdotes (auspex) hacían auspicios sobre el porvenir interpretando los vuelos de los pájaros, y mucho antes, hubo culturas menos desarrolladas, que hacían, por ejemplo, cartomancia, para adivinar el futuro observando el humo o la espatulomancia que lo desvelaban mediante los huesos.
Ahora existen otros elementos y otros recursos menos falibles y arbitrarios para imaginar y construir el futuro, se ha desarrollado la futurología. Y aunque gran parte de nuestro futuro nos venga determinado por generadores externos que nosotros no controlamos, porque no tenemos peso para influir en la dirección que imponen las globalizaciones ineludibles, aun así podemos y debemos construir el futuro personal y social, económico y político, que nos posibilite vivir cada día mejor y con más calidad de vida.
Los presagios de nuestro futuro son pesimistas. No hay índices de que esto pueda cambiar a mejor. Los problemas crecen y empiezan a aparecer otros más. El cambio pregonado aparece embarazado de violencias contra Constitución, leyes, instituciones y personas.
Nuestro problema está en encontrar quien organiza el futuro. Evidentemente que todos debemos contribuir a construirlo, pero todos sin liderazgo que aglutine y marque rumbo no lo construiremos jamás.
Ya que la mayoría de la clase política dedica la mayor parte de su tiempo a no trabajar para el presente ni para el futuro en favor de toda la ciudadanía, sino que está en el juego de las pasiones por el poder para beneficio propio, de grupo o de clase social, necesitamos hacer algo para organizar el futuro, porque dejarlo en la pendiente de los hechos actuales para que la inercia lo prepare es garantía de fracaso.
Necesitamos urgentemente estadistas con visión de futuro y no simplemente candidatos de buena voluntad para gobernantes de turno que malgasten el dinero de los contribuyentes, de los préstamos y las donaciones en operadores políticos, clientelismo, nepotismos y negociados. La responsabilidad de un gobierno no es solo administrar el presente, es prevenir, preparar y proyectar el futuro para toda la ciudadanía.
Necesitamos que las universidades se dediquen a investigar, producir conocimientos, formar profesionales de máximo nivel y otear los horizontes del futuro, en vez de dedicarse a regalar títulos a cambio de cuotas.
Necesitamos que la sociedad civil se organice y presione a los políticos, los elija honestos y competentes y en caso de negligencias evidentes, los supla y aporte la sabiduría y las soluciones que no vienen desde los poderes elegidos.
El futuro que necesitamos no es el presente maquillado. O entramos en cambios reales que beneficien a todos, especialmente a los que están muy lejos de usufructuar los derechos humanos (salud, educación, vivienda, trabajo, equidad, etc…) o la injusticia encarnada en los marginados de los derechos terminará imponiendo directa o indirectamente su venganza.
La verdad es que si no organizamos el futuro, no tendremos futuro.