Partidos y bien común

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La responsabilidad genética de todos los partidos es el bien común. Si no asumen como responsabilidad fundante el bien común no son partidos políticos. Porque el sentido esencial y genuino de la política es organizarse para trabajar por el bien común de toda la “polis”, es decir, de toda la ciudadanía.

Cada grupo humano con ideas y proyectos afines puede organizarse como partido y aspirar a ser grupo mayoritario, mayoría para hacer participar de sus ideas y proyectos bienhechores a toda la ciudadanía.

Los partidos no existen para partir. Son partes de un todo y existen para sumar. Que en tiempo de elecciones haya confrontación y cierta rivalidad es aceptable porque todos luchan por ganar, pero fuera del tiempo de elecciones, la razón de ser, la responsabilidad y la acción están centradas en la contribución al bien común. Podrán hacerlo como “oposición”, para ayudar con su crítica razonable y justificada a mejorar la gestión del gobierno para asegurar el logro del bien común, pero no tienen derecho a ser obstrucción, impidiendo el ejercicio del gobierno, salvo cuando este traicione a la Constitución y el derecho.

Si los partidos dividen las fuerzas políticas y dispersan sus energías, el sistema político partidario está debilitando a la nación. El mismo Jesús de Nazareth recogía el aforismo hebreo diciendo: “Todo reino dividido dentro de sí, no puede subsistir”.

Desde que Maquiavelo escribió el tratado sobre “El Príncipe”, hay políticos e incluso algunos filósofos de la política que sostienen que el objetivo de los políticos es el poder. Apoyarse en este tratado de Maquiavelo, el primer filósofo moderno de la política, es desconocer el pensamiento total del mismo Maquiavelo. El discurso del poder de “El Príncipe” está complementado en el discurso del bien común de su famoso tratado “Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio”. Ahí el sentido de la política es trabajar por el bien común.

Una visión completa de la política debe integrar los dos discursos, el discurso del poder y el discurso del bien común. Pero desde el punto de vista de la ética política, el poder encuentra su meta y sentido en el servicio al bien común. (L. Villoro, 1999, 95ss).

Si el pueblo da poder y paga a los políticos para que gobiernen es con el objetivo de encargarles que se pongan al servicio de todos y se ocupen del bien común. No es para que ocupen el poder y lo usen a su arbitrio para provecho propio y de sus familiares y amigos o allegados.

La situación ética del modo de proceder de la mayoría de nuestros políticos ha tocado fondo y es grave. Popularmente lo decimos con una expresión simple y muy directa: la corrupción los ha contaminado y el sistema político, en general, muestra síntomas de podredumbre. Las quejas constantes sobre el lamentable estado del Poder Judicial, del Poder Legislativo y del Poder Ejecutivo son cada vez más reiteradas y empiezan a reflejar bajo nivel de esperanza y alto nivel de escepticismo.

No todo lo que sucede en el país es calamitoso, hay motivos para la esperanza, para creer en nosotros mismos y en nuestra capacidad de levantar el país, pero esa esperanza tiene poca base en la gestión de la mayoría de los políticos.

La opinión pública pide en distintos lenguajes simbólicos que acabe ya tanta corrupción y robo al Estado, es decir, al dinero de la ciudadanía indefensa. Anhela que los políticos honrados y competentes se organicen e intervengan activamente en el salvataje.

En una situación crítica donde la politiquería suple a la verdadera política, donde la ciudadanía se siente desestructurada para poder defender sus derechos, el recurso a la educación en todos sus niveles es vital, absolutamente necesaria para rectificar en años sucesivos el rumbo de nuestro quehacer político. Ni la educación escolar ni la educación superior, en términos generales (hay excepciones) está cumpliendo su rol de formar ciudadanos competentes para cumplir con la responsabilidad social y política de auténticos ciudadanos.

Y este es otro freno al vuelo de la esperanza, que también la corrupción contaminó fuertemente al sistema educativo.

jmontero@abc.com.py