Peligrosa relativización

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Hablar de tolerancia está de moda, y más aún si se trata de relativizarla. Están los que coinciden en que el atentado a la redacción de Charlie Hebdo representó un golpe mortal a la libertad de expresión; y, en contrapartida, quienes creen que aunque la reacción de los fanáticos fue “algo” desproporcionada, era de esperarse.

El papa Francisco afirmó que “ese derecho fundamental (la libertad de expresión) no autoriza a insultar la fe del prójimo”. Fue más allá y dijo que si un amigo utiliza una mala palabra para referirse a su madre, “puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!”. Puede entenderse que con estas palabras, sin perder el estilo conciliador y populista que lo caracteriza, Francisco justificó la masacre de caricaturistas franceses, cuyas únicas armas eran los lápices y el sarcasmo.

En la misma línea se pronunció monseñor Claudio Giménez, que entiende que “los franceses deberían regular sus manifestaciones, que allí hubo burla y la reacción de los grupos extremistas era de esperarse”.

Personalmente, me sentí profundamente ofendida por las declaraciones del papa Francisco y de monseñor Giménez, ambos líderes de una iglesia cuyos feligreses en nuestro país son mayoría, y cuyas palabras hacen eco y se reproducen en los oídos de miles y millones de personas.

Y si de hablar de agresiones se trata, he de señalar que me siento agredida en mi condición de mujer diariamente cuando programas emitidos por la TV nacional cosifican y exhiben en primer plano los atributos físicos de una mujer, mientras esta habla. No sé si ella se sentirá ofendida por tamaña degradación en cámara, pero yo sí, y conozco a muchas que también lo harían. Sin embargo, en el nombre de la libertad no tengo derecho a asestarle un golpe aleccionador al camarógrafo en cuestión, al productor del programa y hasta al director de ese canal si hiciera falta.

Aunque una golondrina no hace primavera, opto cambiar de canal y no insultar mi pobre inteligencia dedicándole medio minuto de mi atención. Si un día mi grado de enfado es tal, que ya no lo soporto, trasladando la lógica de monseñor Giménez y del papa Francisco al campo de la razón –que para mí y para muchos se antepone a cualquier religión–, estoy autorizada a tomar un arma y disparar a cuánta gente en la TV tira diariamente contra mí y contra mi país, con contenidos que embrutecen.

Pero no, no puedo, nadie puede. Porque el derecho a la vida es el más fundamental de los derechos humanos y porque mi disconformidad se termina cuando evito ciertos contenidos. Después de todo, quizá el mundo sería menos rico si eso que a mí me ofende desapareciera.

Y como la ofensa se consuma frente a cuestiones puramente subjetivas, es imposible enunciar cada una de las situaciones de las cuales no podemos burlarnos, las que podrían ofender a los demás y las que, según los opinólogos que mucho teorizan sobre la tolerancia, justifican tomar acciones desmedidas.

La relativización, cuando se trata de líderes de opinión, puede decirse es criminal. Porque, aunque el fanatismo religioso en Paraguay no ha llegado a niveles exacerbados, el discurso de la intolerancia se propaga como una planta carnívora que se devora la libertad y persigue como principal objetivo anular la diferencia.

pcarro@abc.com.py