Todo el “aparataje estatal” se pone al servicio de los oportunistas de turno, para quienes ocupar los espacios de poder públicos es sinónimo de “luz verde” para el saqueo a las arcas públicas.
No hace falta mucho para ser planillero: basta tener un padre o madre en algún cargo ejecutivo en el Gobierno, familiar parlamentario, o ser amante de turno de algún funcionario en cargo de relevancia.
A la desvergüenza de los planilleros, para quienes resulta absolutamente “natural” cobrar un dinero por hacer nada, se suma la inexplicable falta de indignación del resto de la ciudadanía que mira impávida, sin reaccionar y, tal vez, incluso sin que le importe un rábano, que le estén metiendo las manos en los bolsillos para beneficiar a un haragán prendido al dinero ajeno.
¿Acaso en el fondo quien más quien menos mirará con admiración y algo de envidia a los privilegiados del poder, soñando con que alguna vez le toque en turno libar de las mieles reservadas?
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Este aprovechamiento que se hace de la cosa pública y que el resto de la ciudadanía lo observe con total naturalidad, sin la más mínima expresión de ira y de indignación, es un indicador de cuan domesticados estamos. Cuánta falta hace que despertemos del letargo que nos acogota y al cual nos someten los bandidos de siempre que en nombre de la política nos roban, nos usan, matan en los hospitales, frustran esperanzas en las instituciones educativas y nos mantienen arrebañados como ovejas.
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