Cada vez, vivimos peor y menos. Somos como el cangrejo, vamos para atrás. Es increíble que con la cantidad de alimentos que se producen, el avance de la medicina, los adelantos tecnológicos y las miles de cosas novedosas que nos ofrece la sociedad de consumo, en realidad no mejoró nada la calidad de nuestras vidas. En ese sentido, nuestros abuelos, aunque contaron con menos recursos y comodidades, vivieron mejor y más tiempo. Nuestros antepasados tuvieron el privilegio de vivir en contacto con la naturaleza, consumir alimentos sanos, frescos y sin químicos; no se apuraron por adquirir cosas materiales inútiles, ropas de marca, el “último” automóvil o celular ni todos los productos que nos ofrecen hoy día. Ellos vivían tranquilos, dormían temprano, criaban animales, cultivaban sus plantas y educaban bien a sus hijos. Hoy por hoy, la educación es un desastre, la familia se desintegra y ya no existe respeto hacia los mayores.
En realidad, no se respeta nada ni a nadie. No se respeta a los padres, maestros ni abuelos. No se respeta el medio ambiente. Esto último ha acarreado verdaderos desastres en lo ecológico, que también ha dañado la salud. La tala indiscriminada de los árboles o sea la deforestación ha terminado con algunas especies de la flora y la fauna; hace que se produzcan más sequías e inundaciones por culpa del desequilibrio natural. Las contaminaciones de ríos, arroyos y lagos también causan verdaderos estragos. Ya se ha visto en el mundo, lo que ocasiona el calentamiento global, que causa el efecto invernadero, por los gases emitidos de las grandes industrias. Huracanes, terremotos, tsunamis, inundaciones y tornados, por todas partes. Incluso, aparecen muchas enfermedades nuevas y antiguas. El dengue, la fiebre amarilla, la leishmaniasis y otras epidemias causadas por los mosquitos que pierden su hábitat y emigran hacia las ciudades.
En materia de salud, cada vez los chicos y las chicas sufren más de obesidad. En nuestro país, el 60% de la población es obesa. Esto es resultado de la malísima alimentación. En vez de optar por frutas, verduras frescas, semillas y hortalizas, la gente prefiere la comida chatarra. Desde chicos, son adictos a los helados, hamburguesas, gaseosas, frituras, tortas, panchos y papas fritas. El abuso de estos alimentos conduce a la obesidad y predispone a otras afecciones como la diabetes, la hipertensión arterial y los problemas cardíacos y cerebrovasculares. Inclusive, al cáncer.
Nuestra calidad de vida no es óptima. Los niños que nacen hoy, por esta situación que padecemos, vivirán menos que sus padres, y sus abuelos. Hemos hecho mal los deberes y estamos sufriendo las consecuencias.
Es hora de replantear todo de nuevo y cambiar los hábitos. Volver a lo natural es una buena opción. Dejar el sedentarismo, haciendo caminatas y ejercicios. Cuidar la alimentación y las relaciones con las personas.
Respetar a los demás y al medio ambiente. Construir la salud cada día, con amor y dedicación, es imprescindible. Vivir con buen humor y luchar por la felicidad es también básico. Servir a los demás y dejar de lado el egoísmo, la envidia y la codicia. Estar en perfecta armonía con los demás, con Dios y con uno mismo. Eso, sí puede llamarse una excelente calidad de vida.
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