Relación patológica y futuro

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En las elecciones del domingo no solo están en juego liderazgos partidarios locales o la confirmación de quien tiene la sartén por el mango en el partido de gobierno sino, sobre todo, el futuro de los planes de Horacio Cartes para seguir en el poder.

La elección en el Partido Colorado también será un “ensayo de laboratorio” en el que el mandatario pondrá en juego su sistema (ya probado en parte en 2013) de ganar elecciones arrasando con el poder de su billetera. Si le sale bien (es decir, si hace ganar a Alliana por una mayoría aplastante), concluirá que ya nadie le podrá hacer frente en la ANR y que puede utilizar el mismo método para continuar con su proyecto.

La siguiente fase del plan lo ejecutará en las elecciones municipales de noviembre, donde también precisa dar una muestra de contundencia electoral para aplastar cualquier atisbo de reacción que haya en su partido y para dejar con pocas opciones a la oposición, sobre todo al PLRA.

Inmediatamente después de las municipales, en diciembre, quedará concretar el pacto con la oposición para dar vía libre a la posibilidad de su reelección y la de Fernando Lugo. La figura del exobispo como adversario electoral para el 2018 tiene que ver con el hecho de que no existen prácticamente otras opciones concretas de liderazgo en la oposición. Cartes considera que Lugo es un adversario ideal y que le ganará fácilmente.

En relación al PLRA, la presunción es que ese partido está y estará tan debilitado que no le quedará otra que subirse al carro del pacto para no quedar “de a pie”.

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De tener continuidad este plan de Cartes, significa que los dos partidos tradicionales ya no volverán a ser lo que fueron hasta ahora. De hecho, habían ido perdiendo identidad (que la tenían, aunque fuera simbólica), con el correr de los años. Pero, Cartes les dará el golpe de gracia a los colorados en este periodo, como ya se lo dio a los liberales, envolviéndolos en el plan del juicio político a Lugo en 2012. Aquel golpe estratégico, a largo plazo y como se hace evidente ahora, afectó mucho más al PLRA que a Lugo, por el desastroso periodo de Federico Franco y porque, a los ojos del electorado independiente, los liberales no hicieron más que repetir los vicios que criticaban a los colorados.

Lo que ocurre entre la dirigencia política colorada y Cartes es particularmente curioso. A ningún dirigente se le escapa el profundo desprecio que siente el mandatario por ellos, porque lo expresa en trato y frases humillantes. Lo que el presidente dijo sobre la senadora Blanca Ovelar, a quien ninguneó y descalificó como dirigente, es lo mismo que piensa de la mayoría de los políticos colorados, incluyendo por igual a algunos que están ahora o a quienes estuvieron antes con él.

La relación entre Cartes y los dirigentes colorados (la mayoría de los cuales también detesta al mandatario) va más allá de lo que uno entiende por “matrimonio de conveniencia” para ingresar al terreno de lo patológico. Mirando el pasado reciente, es fácil acordarse de que algunos de los más “leales cartistas” de la actualidad son quienes hasta no hace mucho lo acusaban, a viva voz, de narcotraficante, contrabandista, preso-cue y de enterrador del partido.

Este “giro copernicano” en la visión que tenían sobre Cartes puede atribuirse a diferentes motivos: a la propia pusilanimidad al “poder de convicción” del mandatario, o al temor, vaya uno a saber a qué.

El motivo por el cual el cartismo considera viable el plan de reelección hay que buscarlo en el gran descrédito de la clase política, que viene de tiempo atrás, y en la rápida destrucción de las instituciones de la democracia, creadas por la Constitución de 1992. El Poder Judicial, el Ministerio Público, la Contraloría General, la Defensoría del Pueblo, el Congreso, etc., son cáscaras vacías o envases llenos de un desprestigio que los desvaloriza totalmente a los ojos de la ciudadanía.

El otro punto que envalentona a los hacedores de este proyecto de poder es la creencia, común a todos los que tienen una visión autoritaria sobre la sociedad, de que no habrá reacción ciudadana y que, de haberla, será aplastada. Posiblemente, ese sea el principal punto flojo de esta arquitectura que van armando.

mcaceres@abc.com.py