Selección negativa

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Supongo que, como me sucede a mí, muchos ciudadanos se preguntan con frecuencia cómo llega a ocurrir que tantas personas claramente inadecuadas, ya sea por ineficientes, por ignorantes o por corruptas, llegan a ocupar cargos en todos los niveles de la administración pública de nuestro país.

La explicación lógica es sencilla pero tan deprimente, que uno se resiste a formularla: tanto la inoperancia como la corrupción se retroalimentan; tienden a crear un círculo vicioso, ya que el ineficiente se rodea de otros ineficientes y el corrupto de otros corruptos para que su actuación llegue a parecer lo normal, la regla y no la excepción.

El fenómeno abarca todo el sistema institucional y se va contagiando desde las cúpulas de altos cargos hacia los mandos medios y de estos, a su vez, hacia los funcionarios de base y así hemos llegado a tener desde policías que delinquen en lugar de combatir el delito, hasta planilleros que ni siquiera acuden al trabajo, pero cobran más de veinticuatro horas extraordinarias por día; desde asesores legales que se dedican a perder juicios sistemáticamente, hasta “gerentes de ascensores”.

A ese fenómeno lo denomino selección negativa: los incapaces y los corruptos son llamados no a pesar de que lo son, sino precisamente por serlo. Por supuesto, la otra cara de la moneda complementaria es que las personas honestas, eficientes y con la idoneidad necesaria son sistemáticamente marginadas.

El otro aspecto de esta selección negativa es que cuando, excepcionalmente, se llama a las personas capaces y decentes, estas no quieren aceptar los cargos por dos buenos motivos: se recurre a ellos cuando los problemas han llegado a ser insostenibles y, por otra parte, cuando la inercia de años de selección negativa no puede ser revertida sin un gran esfuerzo de voluntad política, que casi nunca existe en la cúpula de las instituciones.

No somos un país sin talento. Me consta personalmente, tras muchos años de seleccionar personal, que uno puede encontrar personas capaces y honestas en prácticamente cualquier área de actividad que pueda imaginarse. Es cierto que, a veces, por las falencias de nuestro sistema educativo, carecen de la formación adecuada; pero no les falta ni el potencial ni voluntad de aprender.

Lo que ocurre en el Paraguay no es que faltan profesionales capaces, ni tampoco personas honestas y con voluntad de hacer bien las cosas; sino que ese círculo vicioso, esa selección negativa por la cual los corruptos e incapaces son convocados y los honestos y capaces marginados, ha creado una inercia difícil de romper que, como una enfermedad contagiosa, infecta cada vez más y más todos los niveles de la administración pública.

rolandoniella@gmail.com