Una república sin republicanos

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El estribillo de nuestro himno nacional comienza con la frase “Paraguayo, república o muerte…”, pero a veces me pregunto si los paraguayos somos verdaderamente republicanos o si sabemos realmente lo que quiere decir república. La república es un gobierno basado en autoridades electivas con libertades públicas y representación proporcional de las tendencias políticas de los ciudadanos en un parlamento.

Una república implica varias cosas: Que ningún cargo público sea hereditario. Que el Parlamento represente aproximada y proporcionalmente las convicciones políticas de los ciudadanos y no los intereses de sus parientes, sus allegados, sus padrinos y apadrinados. Que las mayorías estén obligadas a respetar a las minorías. Que el Poder Judicial sea lo bastante honesto, lo bastante fuerte y lo bastante autónomo para frenar y castigar a quienes quieran quebrantar tales normas institucionales.

La historia del Paraguay no es republicana. De hecho, cuando el himno se escribió, Paraguay no era una república sino un autoritarismo encabezado por Carlos Antonio López, que además dejó el gobierno del país (en “herencia”) a su hijo Francisco Solano a la manera monárquica, contraviniendo otro de los principios republicanos: las autoridades son electivas y no hereditarias como en las monarquías.

En la historia más reciente, los gobiernos de Morínigo y de Stroessner, ambos autoritarios, no pueden considerarse seriamente como republicanos, sino que fueron despotismos autárquicos. Pero quizás fueron los seguidores de Natalicio González, los Guiones Rojos de la Asociación Nacional Republicana quienes, a pesar del nombre de su partido, acuñaron el eslogan político de espíritu más declaradamente antirrepublicano: “A sablazos o a balazos Natalicio irá al palacio”. Obviamente con sables y fusiles se puede establecer un gobierno autoritario, pero no una república.

Así, cuando finalmente la transición instaló un sistema democrático y republicano, el Paraguay se encontró con un problema: la gran mayoría de la clase política y, para peor, la gran mayoría de los parlamentarios no son republicanos, sino que padecen una crónica nostalgia del autoritarismo.

Si creen que exagero no tienen más que revisar las informaciones sobre nepotismo y corrupción entre nuestros gobernantes y parlamentarios y, para colmo, la cómplice inacción judicial que ha consolidado y blindado la impunidad.

Así tenemos todas las formas imaginables de nepotismo: niñeras de oro, caseros de platino, peones de estancia de diamantes, gerentes de ascensores; hijos, cuñados, primos, nietos y allegados nombrados sin ninguna preparación. Solo falta que alguien designe a su tatarabuela ministra de la juventud.

Por otra parte, el Parlamento, que debería ser “la caja de resonancia de la ciudadanía”, se ha convertido en una agencia de empleo y una “gestoría de negocios y negociados”. Los propios legisladores están socavando el poder “republicano” del Parlamento en nombre de algún liderazgo unipersonal o para poder captar dinero de fuentes delictivas inconfesables.

En materia de candidaturas todo el mundo habla de Peña como “el delfín del presidente”. Disculpen que vuelva a la historia: “delfín” es como se llamaba al heredero del rey en el régimen político más absolutista de la historia: la monarquía de la Francia anterior a la Revolución Francesa.

¿Se cumplen los principios republicanos en el Paraguay de hoy? Me temo que no. Me temo que el espíritu republicano es tan escaso actualmente como lo ha sido en el pasado. Me temo que, a la luz de nuestra historia, si la antinomia “república o muerte” fuera real y no metafórica, ya estaríamos todos muertos.

Tendríamos que empezar a pensar en ello muy seriamente, porque si, como dije al principio, nuestro himno nacional no es realista, corremos el riesgo de que se vuelva profético: y que por no tener república, tengamos muerte; como está ocurriendo ya (por ejemplo y salvando las distancias) en la Venezuela “bolivariana” de Maduro.

rolandoniella@gmail.com