Vergüenza ajena

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SALAMANCA. Vergüenza ajena. Vergüenza ajena es lo que siento al leer toda la polémica que se ha desatado en torno a la compra de un piano de concierto que ha costado 200.000 dólares y que se destinará al teatro del Banco Central que, por lo menos hasta lo que yo sé, es el sitio donde se realizan los grandes conciertos. Esta discusión pueblerina llegó a tal nivel que se ha convertido en “trend-topic” (que no sé muy bien lo que quiere decir) desde hace casi una semana.

Vergüenza ajena por la manera provinciana en que ha reaccionado la gente ante la compra de un bien cultural pues lo considera superfluo, lo que no debe extrañar a nadie ya que una gran mayoría considera la cultura como algo superfluo. Es ilustrativo que en los sondeos que realiza este periódico, un 62,94% de los lectores considere que no está justificada la compra del instrumento; cifra que anoto el miércoles a la medianoche de España y que estoy seguro que habrá de subir hasta el momento en que se publique este artículo.

Como sucede siempre en estos casos, invariablemente, las razones de tal desacuerdo son repetitivamente las mismas: “Por qué no se les da ese dinero a los pobres”, “Por qué no se destina a la educación”, “Por qué no se les da el dinero a los hospitales”. Por una razón muy sencilla: los problemas de pobreza, de educación y de salud pública no se arreglan con 200.000 dólares; tampoco con 500.000 ni siquiera con 1.000.000. Estos problemas se solucionarán cuando se elaboren y se pongan en práctica políticas adecuadas, inteligentes, realistas, creativas que respondan con criterio moderno a las necesidades del caso. Este es, justamente, uno de nuestros grandes problemas: la modernidad.

Vivimos de espaldas al mundo contemporáneo, sumidos en la filosofía de la improvisación y en la “tecnología del alambrecito”. Se descompone el sistema informático de la empresa y rápidamente el que se cree más inteligente, endereza el alambre de un clip y busca meterlo en cualquier ranura del servidor pensando que de este modo puede arreglarlo. Del mismo modo la gente sigue creyendo que se solucionarán muchos de nuestros problemas con la caridad y los más progresistas sueñan con un sistema socialista en la línea de Robin Hood: robar a los ricos para regalárselo a los pobres. Nadie, nadie piensa en cambios estructurales.

En una exposición en la Biblioteca Nacional de Madrid, dedicada a las Misiones Pedagógicas, un proyecto educativo patrocinado por la Segunda República Española y que estuvieron activas entre 1931 y 1936, me encontré con este texto de Federico García Lorca: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen de todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”. Fue parte del discurso que pronunció en la inauguración de la biblioteca pública de Fuentevaqueros en 1931, el pueblo granadino donde nació el poeta en junio de 1898.

Tanta vergüenza me da nuestro provincianismo que no estoy seguro si enviaré este artículo a unos amigos españoles, como hago todas las semanas porque no podré convencerlos que este es el mismo Paraguay, heredero de aquella Paracuaria donde los indígenas formaban orquestas de las que en una ocasión el padre Anton Sepp (1655-733) dijo: “... cantaron aquí las vísperas, la misa y las letanías, junto con algunos otros cánticos, de tal suerte, con tanta arte y gracia, que uno que no los viera, creería que esos músicos han venido a la India de algunas de las mejores ciudades de Europa”. Yo también lamento que se haya comprado un piano. Tendrían que haber comprado cuatro.

ruiznestosa@gmail.com