“Yo el supremo”

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Se cumplen 40 años de la aparición de “Yo el supremo”, de Augusto Roa Bastos. Desde su aparición, en 1974, la novela se estudia del derecho y del revés –tal como el autor lo hace con nuestra historia– por los más pintados especialistas que coinciden en esta afirmación rotunda: es una de las mejores creaciones literarias latinoamericanas de todos los tiempos. Se trata de esas obras que rejuvenecen con los años para sorprendernos en cada nueva lectura por su vitalidad intacta.

Casualmente, en el mismo año, Alejo Carpentier publicó “El recurso del método”, y Gabriel García Márquez, “El otoño del patriarca”, que tienen en común la figura del dictador. Los antecedentes se remontan a “Tirano Banderas”, del español Ramón del Valle Inclán, y “El señor presidente”, del guatemalteco Miguel Angel Asturias.

Mario Vargas Llosa, en el año 2000, dio a conocer “La fiesta del Chivo”, inspirada en el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, que cambió el nombre de la capital del país por el suyo, a más de hacerse llamar el Benefactor, el Padre de la Patria Nueva, en fin, nada original.

Frente a estas obras que prestigian la narrativa mundial, se impone “Yo el supremo” no solo por la complejidad del personaje –Rodríguez de Francia no fue moldeado en la matriz de donde nacen los dictadores de estas tierras, como de una fotocopiadora–, sino, entre otros aciertos, por el tratamiento novedoso del protagonista, de su contexto, de su historia. Francia no se parece a los dictadores que fueron novelizados o no. Tampoco la novela de Roa es como las otras. No se limita a contar con maestría, desde fuera, los episodios que hacen a la naturaleza de un tirano. Roa le transfiere su imaginación al Dr. Francia para que este nos cuente su historia, y el Dr. Francia le corresponde con sus actos para que Roa concrete el relato. En casi toda la obra el lector se pregunta: ¿Dónde está el personaje? ¿Dónde el autor? O, mejor: ¿quién es el personaje y quién el novelista? ¿Quién habla por boca de quién? Consciente de esta situación, el autor asume el rol de “compilador” que no le salva de la responsabilidad de cuanto hace y dice su criatura.

Hay una atmósfera cervantina en nuestro Premio Cervantes que cervantiniza la obra. En el juego de palabras Roa alcanza una excelencia a la que muy pocos literatos han accedido. Igualmente en la invención de vocablos.

Dice Mario Benedetti en “El recurso del supremo patriarca” –en alusión a las narrativas de Carpentier, Roa y García Márquez– que en nuestro novelista “hay un lenguaje sobrehumano en ciertas constancias del Supremo”. Y transcribe “particularmente este párrafo impecable”:

“Estar muerto y seguir de pie es mi fuerte, y aunque para mí todo es viaje de regreso, voy siempre de adiós hacia delante, nunca volviendo ¿eh? ¡Eh! ¿Crecen los árboles hacia abajo? ¿Vuelan los pájaros hacia atrás? ¿Se moja la palabra pronunciada? ¿Pueden oír lo que no digo, ver claro en lo oscuro? Lo dicho, dicho está. Si sólo escucharan la mitad, entenderían el doble. Yo me siento un huevito acabado de poner”.

Junto al “lenguaje sobrehumano”, hay un trabajo sobrehumano. Roa cinceló, labró cada palabra para formar una frase y unirla a otra con una precisión que asombra, entusiasma y seduce.

La obra de Roa Bastos llega a los 40 años con su fama íntegra, sin fisuras, justificada por esta opinión de Mario Benedetti: “Aunque el juicio pueda parecer irreverente, estimo que, desde ‘Pedro Páramo’, la excelente narrativa latinoamericana no producía una obra tan original, tan inexpugnable como ‘Yo el supremo’.”