La última resistencia del Mariscal

El 1º de marzo de 1870, amaneció “tibio y húmedo” en Cerro Corá. En el extenso llano de los confines del territorio nacional, rodeado de bosques, cerros y ríos, que el Mariscal Francisco Solano López había elegido para la última resistencia.

El mariscal Francisco Solano López. A poco menos de cuatro meses para cumplir sus 44 años cuando fue asesinado en Cerro Corá. Última fotografía tomada en el campamento de Azcurra, inicios de 1869. Algunos autores afirman que murió con este uniforme.
El mariscal Francisco Solano López. A poco menos de cuatro meses para cumplir sus 44 años cuando fue asesinado en Cerro Corá. Última fotografía tomada en el campamento de Azcurra, inicios de 1869. Algunos autores afirman que murió con este uniforme.gentileza

Allí se instaló con los restos de su ejército y decenas de mujeres y más de un centenar de heridos, desde el 8 de febrero anterior. Habían completado una larga y penosa travesía de 179 días, que se iniciara el 13 de agosto de 1869 en el campamento de Azcurra, desde lo más alto del cerro de Ka’akupe. Aún antes de su arribo, sabía ya López que aquel “anfiteatro digno de evocaciones griegas” sería el marco propicio para su “oración en el huerto” o de su “adiós a la vida”, como certeramente definiera Arturo Bray al momento que se avecinaba, inexorable.

En cuanto el contingente hubo llegado hasta el centro de aquellas formaciones montañosas y cerca de una isleta de arbustos, el Mariscal dispuso su campamento. Se despejó el lugar de la vegetación más baja dejando las más robustas para que dieran sombra a los coches y carretas cargadas de equipajes. A esas alturas, algunos de estos vehículos ya eran tirados por los mismos soldados debido a que los bueyes y burros fueron progresivamente faenados desde noviembre pasado para alimento de la columna de hombres y mujeres, militares y civiles, sanos, heridos o enfermos. Aún con estos auxilios, la gente era acosada por el hambre y echaba mano a cualquier recurso para apuntalar las menguadas energías: naranjos agrios y frutos silvestres como el pakuri, jakarati’a (*) y piñas de yvyra, aunque no estuvieran maduros; los frutos del pindo o el jata’i, cogollos de palmera y “el corazón del arbusto del amambái”. Y hasta serpientes o lagartos que se pusieran al alcance. En cuanto al vestuario, ya todos se encontraban semidesnudos contando como toda indumentaria, algunos colgajos de tela, restos de uniformes ajados y rotos, pendientes de la cintura.

También cerca de una isleta y próximo a la tienda de López, se instaló la Mayoría. En los dibujos de Alberto Baumgart, se señala la misma con una carpa. Y es probable que así fuera el recinto del “Estado Mayor” a partir de los “campamentos en marcha” utilizados durante el penoso trajinar por montes y llanos, desde el abandono de Azcurra. Elisa Lynch y sus hijos se hallaban en un coche, a 100 metros de distancia; y en otro, como “...a 900 metros, se encontraban guardando reclusión la madre y las hermanas del Mariscal”.

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El resto de la tropa acampaba –dispersa– en los alrededores de la Mayoría. Y también en las cercanías, aunque en el mismo campamento, se ubicaron el vicepresidente Francisco Sánchez, los sacerdotes y las mujeres. En los días en que llegó a presentirse como inminente el ataque brasileño, estas pidieron armas y autorización para pelear. Pero como en las ocasiones anteriores en que se planteara lo mismo, López se mantuvo firme en que las mujeres no accederían a las armas “...mientras hubiera un paraguayo vivo”.

Finalmente, al otro lado del camino desde el Paso Takuaras, a una distancia de 300 metros, se instaló el hospital con 120 enfermos. El que también es señalado en el ya mencionado mapa, bajo el cobijo de una carpa.

Cerro Corá no tendría ya fortificación alguna, a diferencia de las defensas hechas en Azcurra o en la línea del Pikysyry. No hubo tiempo ni medios, o recursos humanos disponibles. Pero consciente de la inminencia de la que sería la batalla final, López articulaba la disposición de sus hombres en el terreno, para “vender cara la derrota”. En el paso del arroyo Takuaras distribuyó 90 efectivos, “con dos piezas de artillería ligera”. El grueso de sus tropas, compuestas de 280 hombres, fue colocado en el paso del Aquidabán. Un número insignificante comparado a los 15.000 combatientes que el general José Antonio Correia da Cámara movilizaba en aquel momento desde Concepción. Aquella fuerza se hallaba bajo el mando de los coroneles Juan de la Cruz Ávalos y Ángel Moreno con la asistencia de los tenientes coroneles Francisco Santos y Ciriaco Gómez.

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La boca del Chirigüelo quedó bajo la guardia del general Francisco Roa y en Cerro Corá, en el centro, “...cerca del Cuartel General estaban los rifleros comandados por el sargento mayor Zacarías Cardozo”.

(*) Fruta que puede ser consumida asada o hervida y que proviene de un árbol característico de los bosques húmedos.

jorgerubiani@gmail.com

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