Encontrar el camino correcto de la propia vocación es asunto complejo. Es una decisión que busca respuesta alrededor de los finales de la adolescencia. Lo ideal sería encontrar el área donde moverse como pez en el agua, con base en el talento, a las inclinaciones, a las aptitudes con las que se cuenta. Si no existen condiciones atléticas innatas de resistencia, reflejos rápidos, velocidad, disciplina, espíritu de sacrificio y de equipo, es un engaño empujar a un chico a tantear el ingreso en las ligas inferiores; por más de que ese niño patee pelotas a los 3 años y a los 8 diga que quiere ser futbolista como Messi.
Si una niña muestra buenas condiciones para ser bailarina, por qué orientarla para que se haga monja.
Si existen condiciones para defender ideas y causas nobles, probablemente, lo indicado sería el periodismo, la abogacía, la política, a sabiendas de que alcanzar la excelencia en estas profesiones no significa precisamente hacer fortuna. Si la intención es ganar dinero a cómo cueste, la presión del entorno obliga a zambullirse en la carrera del dinero, a aflojar los principios, a negociar los escrúpulos, a afiliarse al partido, a convertirse en el candidato que ganará con la inversión de unos cuantos en su plata-forma de corrupción y reparto de zoquetes.
Vocación es aquello que cada quien posee para dar, que se corresponde con una necesidad en el mundo. Es disponer de un talento natural para hacer bien alguna actividad y ser eficaz en eso. Cuántos mediocres abogados, ingenieros, maestros, policías, peluqueros, arquitectos, periodistas, políticos, sacerdotes, etc., desoyeron su verdadero llamado y hubieran podido ser excelentes hortelanos, poetas, ornitólogos, electricistas, cantantes, aviadores, bailarines, psiquiatras o plomeros.
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Cuesta creer que se traiga innata vocación para la delincuencia, para la corrupción, para el contrabando. Me es difícil imaginar el resultado de un test vocacional que diga: “Usted tiene las cualidades necesarias para ser el mejor lavador de dólares”, o “tus dones naturales debes orientar al narcotráfico”. De todas maneras, qué se puede esperar si se le da pura manija a la gran pavada, a la insensibilidad, a la violencia. Como mi vocación para la felicidad prevalece sobre la tendencia a la constante queja, tengo la costumbre de ir por las calles recogiendo montones de felicidad que alguna gente va desperdiciando, a lo mejor sin darse cuenta. Ya tengo un ropero completo de esa felicidad acumulada, así que en cualquier momento voy a salir a repartir.