Para todo esto, la navegación era fundamental, aunque se imponía la necesidad de reponer piezas, efectuar reparaciones a las desgastadas naves o construir nuevas. Acrecentado el conocimiento de los hombres sobre los cursos de agua y mejorada la rudimentaria industria naviera, la navegación había dejado atrás los problemas de los primeros años. “...Bajo la dirección de maestros vizcaínos” se construían “... barcos, botes, canoas, garandumbas (*) y piraguas”, y el río se ofrecía con las mejores posibilidades. Los colonos del Paraguay se permitían soñar que con estas herramientas podían llegar “hasta el mar y hasta España y el resto del mundo”.
¿Qué has hecho a tu pueblo, Hernandarias?
Unos 27 años después de que emergiera la nueva Buenos Aires, Hernandarias asumía su tercer mandato de gobierno. Corría el año 1607 y la dilatada provincia del Paraguay ya no tenía solamente a Asunción como única presencia, pues habían surgido pueblos fundados por los Mendoza, Díaz de Melgarejo, Garay o Vera y Aragón con gente de la matriz asuncena.
El gobernador iba y venía entre uno y otro pueblo, de un confín a otro del extenso territorio, trayendo y llevando pobladores, utensilios, pertrechos, armas. Enorme y costoso esfuerzo que le indujo al solicitar a Felipe III la división de la provincia. Antes de la decisión, el rey reclamó el parecer del virrey del Perú, marqués de Montesclaros. Todavía entonces, todo el mar que entornaba el estuario del Plata era identificado en los mapas de navegación como “mar del Paraguay”, y Asunción era por antigüedad y prestancia la capital de toda la gran provincia. Pero en España poco y nada se sabía de esto.
Mientras se tramitaba el pedido, Hernandarias abandonó el poder y el asunto quedó olvidado. Pero de retorno al gobierno, en 1615, con más edad y menos aprestos físicos, el gobernador ya no habría estado dispuesto a recorrer la provincia de confín a confín, por lo que resolvió reiterar la antigua solicitud. Revueltos los cajones reales en busca del documento, solo se encontró el desgraciado dictamen de Montesclaros. Pero la propuesta que este había redactado demostró que conocía aún menos que el desaprensivo Felipe III sobre los dominios del Plata; pues proponía a Buenos Aires como centro de la provincia y que el otro segmento tuviese como capital a Asunción. “...Donde oy está la cathedral de Paraguay y tiene la misma o poco menos dificultad de ser visitada desde Buenos Ayres....”. Con estos argumentos, la cédula real que legitimaba la división fue firmada el 16 de diciembre de 1616, condenando al Paraguay como el único territorio de ultramar de todo el reino de España sin costas marítimas.
Paraguay financia defensas marítimas
Ya excluido el Paraguay de los beneficios del mar y de sus costas, estaría claro para los que firmaron esta sentencia que si todos los dominios eran de la Corona, las particiones no significaban más que procedimientos administrativos destinados a mejorar la organización y control de los territorios. Y aunque a miles de kilómetros del mar, las cartas indicaban que las provincias que fueran alejadas de la costa formaban parte del mismo reino. Esa era la teoría elaborada en las penumbras de la corte europea. Pero en la estrepitosa claridad del trópico, la realidad fue muy distinta.
Sometido el Paraguay al aislamiento, los pueblos y provincias ubicados entre Asunción y la costa empezaron a gravar “...con impuestos y tributos los productos paraguayos, en beneficio de las ciudades del sur”. Tales gravámenes fueron creados en el siglo XVII por cédula real “...para la defensa de Buenos Aires y, en el siguiente siglo, para la defensa de Santa Fe y la fundación de Montevideo”.
Nunca faltaron a partir de entonces motivos para mantener sisas, alcabalas, gabelas, derechos de romana, de mojón, puertos precisos y arbitrios. Los impuestos cobrados a los productos paraguayos financiaron hasta las defensas “...de Chile contra los araucanos y de las costas del Sud, contra los corsarios ingleses que infestaban el Atlántico”.
“El virrey del Perú –escribía Efraím Cardozo– también puso la mano sobre la yerba paraguaya para satisfacer necesidades militares” que en nada concernían a la provincia. Pues entre los años de 1728 y 1730, el marqués de Villagarcía “...ordenó que en la Villa de Potosí, se gravara con doce reales cada arroba de yerba” –del Paraguay, por supuesto– “con destino a la defensa de los puertos de Lima y Chile, amenazados por los piratas del Pacífico y hasta completar los dos millones de reales”. Y aunque esas instalaciones fueran construidas o desaparecieran los peligros que las habían justificado, los impuestos jamás se eliminaron.
Al respecto, Luis Alberto de Herrera sentenciaba: “...la adversidad geográfica creó al Paraguay el problema permanente de su propia existencia. Romper ese encierro físico fue anhelo secular, pasando en consigna de una generación a otra desde los días de la colonia”. Y aunque suene paradójico, insiste el escritor y político uruguayo, la clausura del Paraguay se agravó aún más después de los tiempos de la independencia. Pues “...las sociedades litorales acentúan su localismo y restringen, a capricho, el tránsito naviero. Entonces, cada provincia ribereña impone su férula aduanera y política en aguas de su frente: el correntino le cobra peaje al paraguayo, el entrerriano al correntino y, a la puerta de salida, a todos exprime el monopolio y el prohibicionismo de Buenos Aires. Cada cual atrincherado en su interés, en su abuso, en su arbitrariedad”. Pero el Paraguay pagaba el interés, los abusos y la arbitrariedad cuatro veces, habiendo fundado, sostenido y protegido a todos los “abusadores” durante centurias enteras.
Total en el lejano y oculto paraje solo progresaría la desolación y la miseria. Pero había conventos, muchos. Como si olvidados de Dios y de su rey, a sus habitantes pudieran salvar las plegarias.
(*) Las garandumbas “eran embarcaciones de costados planos que, exceptuando la parte comprendida de la amura a la proa, en que se redondeaban algo, semejaban verdaderas bateas”.
