“Una señora me pidió que use tapabocas, pero quiero que me disculpen, yo en lo personal ya no creo en el coronavirus, ya no creo. Ya no me trago ese cuento”, manifestó Miguel Prieto, intendente municipal de Ciudad del Este. Su declaración se viralizó y obtuvo un masivo rechazo en las redes sociales. Gente que así se expresa puede ser causante de que el virus continúe propagándose con graves consecuencias para la población.
Por otra parte, existe una sobredosis de información equivocada, falsa, que agobia y produce infodemia, es decir, exceso de datos referidos al coronavirus.
Quienes nos quedamos en casa, nos lavamos las manos reiteradas veces con agua y jabón, usamos barbijo y respetamos el distanciamiento físico y social, estamos protegiendo nuestra salud y la de la gente que nos rodea.
Las redes sociales son el caldo de cultivo perfecto para las noticias falsas, para las medias verdades, para las teorías de conspiración y cualquier tema del que no se tenga evidencia, pero que brinden un sentido al mundo de quien las propaga.
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Compartir en las redes información conspiranoica otorga una sensación de poder y de que se tiene cierto control sobre la realidad.
De ahí viene el interés egocéntrico y autocomplaciente, de compartir teorías de complot para que los demás piensen como yo. A veces, los teóricos de las ideas conspirativas acceden al poder y se vuelven muy destructivos. Stalin le tenía pánico a los médicos, porque pensaba que intentarían matarlo. Mao, el líder chino, en su vejez se negó a recibir tratamiento contra sus achaques debido a que también temía que sus enemigos lo asesinaran.
Las ideas de complot emergen en las crisis, pero siempre el ser humano buscará regresar a su realidad cotidiana. Karl Popper sostenía que las conspiraciones rara vez triunfan, y si lo hacen, el resultado es distinto al buscado.