“Nuestro arte paraguayo ha dado geniales interpretaciones de la resurrección, como la de Herman Guggiari en la Iglesia asuncena de La Crucecita, o como el original –aunque no litúrgicamente correcto– Cristo del Encuentro, que se funde en cariñoso abrazo con su madre en la ceremonia del Tupãsy Ñuguaiti que viene realizándose cada año desde la época de las misiones jesuítico-guaraníes”, detalla el museólogo Luis Lataza, director del Museo de Arte Sacro de Asunción.
Sin embargo –señala el docente–, la mayoría de las imágenes de la resurrección que conservamos en nuestros templos y museos paraguayos son más tradicionales. “Fueron hechas para la contemplación más que para una interpretación narrativa. Generalmente siguen la rica y compleja iconografía cristiana que llegó con los españoles, pero que, en realidad, fue desarrollándose y cambiando a lo largo de dos milenios de historia”.
Las imágenes y sus significados fueron cambiando con los siglos, por ello es que tendemos a desconocer o malinterpretar lo que fue hecho en tiempos pasados. “Para poder apreciar el valor de las imágenes sacras cristianas –sea que las consideremos por su contenido religioso, artístico, sociocultural o meramente documental–, el primer paso es siempre la identificación y comprensión del tema representado”.
Primeras representaciones
La Resurrección de Jesús de Nazaret –después de ser apresado, torturado y muerto por crucifixión– es lo que se celebra en la llamada Pascua cristiana. Las sorprendentes y sucesivas reapariciones de Cristo después de su muerte y durante cuarenta días confirmaron las profecías previas e impulsaron a sus discípulos para la difusión de su doctrina y en la perseverancia en sus enseñanzas, con la esperanza de lograr también una vida eterna tras la muerte física. Según el apóstol San Pablo: “Si no resucitó Cristo, es vacía nuestra predicación y es vacía también vuestra fe”, destaca el profesor Lataza.
“La figura de Jesús de Nazaret y sus enseñanzas constituyen la base y centro del arte cristiano que fue desarrollándose a medida que esta religión fue expandiéndose en los distintos territorios del Imperio romano. Sus primeras representaciones fueron de carácter simbólico, muy próximas a la tradición judía, pero con el correr de los siglos fueron adquiriendo semejanza con las omnipresentes y dominantes imágenes naturalistas grecolatinas”.
Por más de trescientos años se aludió a la resurrección en forma simbólica o representando pasajes del Antiguo Testamento que se consideraban una prefiguración de ella: Daniel en el foso de los leones o Jonás y la ballena. Cuando el cristianismo se volvió la religión oficial del Imperio, cayeron los últimos temores en el uso de las imágenes, sin embargo, las representaciones naturalistas de la resurrección tardaron aún más en aparecer, prosigue el especialista.
Iconografía de la resurrección
“La resurrección es el episodio final del ciclo iconográfico llamado la Pasión de Cristo. Si bien a nivel simbólico es más importante aún que la crucifixión, fue menos representada que esta. Ello se debe principalmente a que los Evangelios no dan descripciones del momento mismo en que Jesús vuelve de la muerte. Esas imágenes que todos conocemos de Jesús emergiendo triunfante de la tumba son elaboraciones posteriores basadas en su ascensión a los cielos, un episodio que sí fue descrito por sus testigos”.
En nuestro arte sacro paraguayo –basado en el barroco hispano– proliferan también las imágenes devocionales que se asemejan a la del Resucitado, pero que corresponden en realidad a otro ciclo iconográfico: el ciclo de la segunda venida de Cristo. A este ciclo pertenecen las imágenes devocionales de Cristo en su gloria, Jesucristo junto a la Trinidad a la derecha del Padre, y los muy representados Cristo Salvador y Cristo Redentor del Mundo. Estas imágenes de Cristo Juez, basadas en el Apocalipsis y el juicio final, fueron ampliamente desarrolladas por nuestro barroco hispano-guaraní que lo representó en forma de hombre adulto, como adolescente o como niño. Esos encantadores “Niños Jesús” bendiciendo y con el orbe en sus manos, que son tan propios de la piedad barroca y que vemos en tantas iglesias, museos y hogares paraguayos, no representan en verdad a Jesús en su infancia, sino que son una interpretación simbólica de la pureza del espíritu de Cristo Resucitado y deben interpretarse como una poderosa promesa de vida, renovación y alegría eterna, concluye el profesor Luis Lataza.
