Las estatuas itinerantes de Cristóforo Colombo

Nada hubo tan cambiante como las conmemoraciones continentales del 12 de octubre a lo largo de cinco siglos. Secuencialmente, en ese día se festejaba, primero, el Descubrimiento de América, después, en la era fascista, El Día de la Raza; apuntando a la corrección política, evolucionó al Día de la Hispanidad, del Encuentro de los Mundos, aunque, para los progres, siempre fue el De la Opresión Europea o del Genocidio.

Estatua de Cristóbal Colón
Protesta de mujeres en el pedestal donde el Gobierno de la Ciudad de México retiró el año pasado la efigie de Cristóbal Colón.Sáshenka Gutiérrez

Cristóbal Colón no era Saddam o Trujillo, no se atreven a destruir sus estatuas. Los populistas se limitan a firmar una orden de desalojo, ubicando en su lugar alguna indígena o mestiza.

No obstante, hacemos la salvedad de que, en Paraguay, la proclamación de República en 1813 tuvo lugar un 12 de octubre, pero fue silenciosa, disimulada en un aburrido Reglamento de Gobierno. Y casi nadie se enteró porque, en esencia, nada cambió y solo entró en obsolescencia el vocablo Provincia. Seguían vigentes la esclavitud, la división racial en castas, la necesidad de permiso gubernamental escrito para mudarse de poblado, viajar o casarse, y siguen las firmas.

Volviendo a Colón, fue uno de esos individuos que cambiaron la historia. Gracias a sus estudios, lectura y práctica de pilotaje naval, diseñó la ruta de ida y vuelta a lo que él creyó era el Japón y la publicó. Con eso, revolucionó el mundo del Mare Nostrum romano y la cultura del Mediterráneo se transformó en la apertura atlántica.

Del Renacimiento a la modernidad

Con él, se sale del Renacimiento provinciano para ingresar a la Modernidad global. Los viajes permiten importar del Nuevo Mundo el oro, la plata y hasta la comida que faltaba. Europa era incapaz de alimentar a sus habitantes. El hambre era la constante y la hambruna letal de cada década mantenía a la población en cantidades limitadas hasta que la humilde papa del Titicaca se convirtió en la dieta básica de irlandeses, rusos, alemanes y polacos. Y dejaron de morir por inanición. Hasta los judíos adoptaron a la papa para celebrar el Hannukah con los deliciosos latkes.

Resultó obvio después que Colón tenía deudas kármicas. Todavía en vida, el continente que él descubrió para los europeos pasó a llamarse América en homenaje a un diseñador de mapas que ni siquiera hizo los viajes originales, Amérigo Vespuci, florentino y amigo de Lorenzo “El Magnífico” de Medici. En connivencia con el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller, el libro Universallis Cosmographia bautizó al nuevo continente como América.

Colón se tuvo que contentar con premios consuelo, Colombia en Sudamérica, el Río Columbia en Norteamérica y la Columbia Británica en el Canadá. Ni se libró de ser reflejo de todo lo negativo en el diccionario, colonización como sinónimo de opresión; colonia, eufemismo de pueblo débil y sometido, la descolonización como antesala a la libertad y el colono como alguien potencialmente humano, pero inferior al ciudadano.

A Vespuci tampoco le fue muy fácil. Por mucho tiempo, al nuevo continente los amos españoles denominaban Las Indias Occidentales o Las Posesiones de Ultramar o el Hemisferio Occidental. Pero América terminó imponiéndose gracias al sonido poético. El término era amigable. No desentonaba con el resto de los continentes: Asia, África y Oceanía. Siempre listos para llevar la contraria a España, la Declaración de Independencia de 1776, concluía así, “Nosotros, por lo tanto, Representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso General…”

El recuerdo positivo

A pesar de la Independencia, que deshizo su logro original, el recuerdo positivo de Colón siguió vigente. La Exposición de Chicago de 1893 se denominó “The Columbian Exhibition”. En el siglo anterior, el centro de estudios terciarios más antiguo y prestigioso del Estado de Nueva York tomó el nombre de Columbia University, en 1780, en reemplazo del aristocrático King’s College. Cuando se separó Panamá de Colombia, un puerto importante se llamó Colón, pero no antes de una seria disputa con los patrones yankis, quienes preferían el nombre de Spinwall. Por una vez, se impuso la colonia a la Madre Patria.

La Leyenda Negra, inventada por los débiles ingleses para denigrar a los poderosos españoles, eximió a Colón de la crítica en los EE.UU., y el 12 de octubre hasta finales del siglo XX era conmemorado como “El Día de Colón”, antes de reciclarse como “El Día de la Herencia Hispánica.”

Que los anglosajones hicieran propaganda de la “crueldad” española era falaz. En comparación a los británicos en el Nuevo Mundo, los españoles parecían filántropos. Se casaban con las indias y reconocían a sus hijos. Los británicos querían la tierra de los indios, aunque tuvieran que exterminarlos. Después, engendraban hijos con las esclavas africanas y luego vendían a ambos al mejor postor. Los españoles llegaron a practicar campañas de vacunación contra la viruela, la cual, junto con el sarampión fueron agentes del verdadero genocidio, causa de muerte de millones de indígenas, muchos más de los que la “crueldad” hispana podía perpetrar. En compensación, el Nuevo Mundo envió a Europa sus instrumentos de muerte, la sífilis y el tabaco.

Auge del indigenismo

En sentido contrario a la reputación colombina, el indigenismo folclórico y autóctono crecía sin pausa. La Revolución Mexicana del siglo XX comenzó a reivindicar al indígena en literatura y arte. Fueron los primeros en repudiar a los conquistadores. En manos de pintores marxistas como Diego Rivera, el anteriormente gallardo Hernán Cortes pasó a tener joroba y nariz de cuervo. Hace poco, el sitio donde el conquistador, en 1520, lloró la pérdida de Tenochtitlan, de Alameda de “la Noche Triste,” pasó a denominarse Plaza de la Noche Victoriosa.

No está libre de obstáculos ensalzar excesivamente a los aztecas, que eran mucho más crueles que los carapálidas y tan invasores por la fuerza. De hecho, Cortés con menos de 500 hombres pudo sojuzgar a millones de aztecas gracias a la ayuda de las otras naciones indígenas oprimidas por los sanguinarios hijos del sediento dios sol de la guerra, Huitzilopochli, que tomaban prisioneros y los marchaban a las pirámides donde con un cuchillo de piedra les sacaban el corazón latiendo antes de desollarlos y vestir la piel del enemigo vencido por varios días, inventando así la primera aromaterapia. Eso cuando no degustaban el menú caníbal, favorito de toda la región.

Cuando los sacerdotes cristianos prohibieron la antropofagia de modo terminante, recibieron un curioso pedido de los indígenas en materia de ingesta proteica, “traigan más de esa carne de cerdo, que es lo más parecido en gusto a la humana”.

La esclavitud

Los europeos, después, intentaron armar sus plantaciones agrícolas con el trabajo forzado de los indios, estos resultaron incompetentes porque, muy pronto, en cautiverio, caían presos de la melancolía y morían en hordas. Para paliar la escasa mano de obra, ingleses y portugueses enviaron cargamentos de esclavos africanos, más inclinados a lo que ahora se llama resiliencia.

Si bien se involucraron en el tráfico, los españoles tuvieron poco que ver con la introducción de la esclavitud y llegaron a desarrollar relaciones peculiares con sus siervos. En Asunción, cuando el amo era muy pobre, el esclavo salía a mediodía a pedir limosna para que ambos pudieran comer. No era el epítome del bienestar, pero era preferible al látigo y los perros guardianes de los algodonales de Alabama y Mississippi o a los pocos años de promedio general de vida en el Brasil portugués, donde eran tan explotados que casi no dejaban descendencia.

Nuevo modo de vida

La obra de Colón dejó de ser un simple viaje marino a lo desconocido al convertirse en un modo de vida para metrópolis y colonia. Su ejemplo fue seguido más tarde por las demás potencias europeas que extendieron sus imperios coloniales al África y a la India, hasta bien entrado el siglo 20.

La gran batalla intelectual se trasladó a las consecuencias de la gesta colombina. Los autoctonistas lo ven todo negativo explotación, abuso, robo, racismo y para simplificarlo y enfocarlo hacia un solo origen de todo el mal, se apunta a Colón. Y como él ya no está físicamente entre nosotros, nada mejor que repudiar las estatuas que lo inmortalizan. Y si Colón alguna vez fue símbolo de unión e intercambio de civilizaciones, poco a poco se fue transformando en receptáculo de ira y odio, los dos sentimientos favoritos del populismo.

El presidente Evo Morales regaló a la Argentina una estatua de la combatiente independentista Juana Azurduy, originaria del Alto Perú. El Gobierno argentino quiere dar primacía a una patriota femenina y ordena ubicarla en el pedestal que correspondía a Colón, con vista a la Casa Rosada. Era una típica movida identitaria. Sacamos de en medio al hombre que dio inicio al proceso de opresión colonial y lo reemplazamos por una de esas raras mujeres guerreras que ayudaron a poner fin a la Colonia.

Expulsión del arte

Pero no iba a ser tan sencillo. La estatua de Colón había sido obra del destacado escultor florentino Arnaldo Zocchi y era en si una valiosa obra de arte, con alegorías de la vida de Colón. Para más, fue un obsequio de gratitud de la colonia italiana en el Centenario de la Revolución de Mayo. Pesa 623 toneladas, tiene 26 metros de altura y fue totalmente construida en Italia y transportada en fragmentos por el propio escultor, que supervisó el ensamblaje. La piedra fundamental fue colocada en mayo 24 de 1910, con discursos del Presidente, Hipólito Yrigoyen, y del Canciller, Honorio Pueyrredón. La obra se inauguró al llegar la totalidad de la estatua en 1921. El promotor fue Don Antonio Devoto y la suscripción se hizo con aportes de todos los inmigrantes agradecidos, desde los potentados hasta los más humildes.

Fue una obra colectiva. Para más, los bombardeos de la aviación en 1955 para desalojar a Perón de la Casa Rosada, habían dañado la estatua, pero las cicatrices pasaron a ser parte de la historia. Nada de ese célebre pasado fue óbice para que el Colón de bronce fuese expulsado de su pedestal, material y espiritual. Juana Azurduy adornaba ahora la Plaza Colón, a la que no le cambiaron el nombre porque la Municipalidad estaba a cargo de opositores a los peronistas, que no aplaudieron la movida.

Así las cosas, en las elecciones de noviembre de 2015 se hizo cargo del gobierno federal justo el partido que regía la Municipalidad bonaerense y la que tuvo que aprontar valijas fue la mariscala del Ejército boliviano y generala del argentino, doña Juana Azurduy. Se mudó al frente del Centro Cultural Kirchner. De consuelo le quedó que Colón no retornó a su sitial original, pues fue ubicado en la Costanera Norte, cerca del Aeroparque con vista al mar, lugar más decoroso para un almirante.

En México y USA

El siguiente operativo desalojo de estatua de renombre tuvo lugar el año pasado en Ciudad de México. La escultura del descubridor colonizador original fue trasladada del Paseo de la Reforma al Museo Antropológico. En su lugar, en la avenida principal, aparecerá la cabeza de una mujer indígena, esculpida en piedra gigantesca, al estilo azteca, por Pedro Reyes. Si bien el traslado fue pacífico, estaba programado para unos días más tarde una demostración cuyo lema era “Vamos a derribarla.” El Gobierno se les adelantó.

Paradojalmente, donde más violencia hubo contra Colón fue donde menos lo conocen. No fue coincidencia que el país con mayor cantidad de armas de guerra en manos de civiles fuera testigo de agresivos derribos y decapitaciones de estatuas de Colón, en ciudades tan disímiles como Boston, Minneapolis y Richmond. La justificación fue más que curiosa, el alevoso asesinato por policías del ciudadano negro George Floyd. Tampoco está fuera de carácter. Para muchos norteamericanos, Colón no solamente viajó a los Estados Unidos, sino que hasta llegó a vivir ahí. Por algo, cuando quieren acortar el kilométrico nombre de su tierra natal, se refieren a ella como América. ¿Y quién les parece que la descubrió?

rcaballeroa@gmail.com

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