La noche del 5 de enero, una niña coloca agua para los camellos, tres galletitas y una carta cuidadosamente doblada debajo del zapato. Sabe —o empieza a sospechar— que algo hay detrás de esa historia de estrellas y caravanas. Pero, aun así, decide creer.
En esa decisión íntima se juega mucho más que un regalo: se ejercita su imaginación, su capacidad simbólica y un tipo de seguridad emocional que no cabe en ninguna caja envuelta.
El poder de los rituales
Psicólogos infantiles explican que los rituales como los Reyes Magos crean un “escenario protegido” donde fantasía y realidad pueden convivir sin conflicto.
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El niño entiende, antes de poder explicarlo, que hay varios niveles de verdad: la literal —no ha visto a Melchor entrar por la ventana— y la emocional —se siente querido, esperado, tomado en cuenta—.
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Ese es el germen del pensamiento simbólico: algo puede no ser “real” en sentido físico y, sin embargo, ser profundamente verdadero para ellos.
La carta a los Reyes es un entrenamiento discreto en introspección. Para escribirla, los niños deben detenerse, pensar qué desean, ordenar prioridades, tolerar que no todo será concedido.
El ritual les ofrece un lenguaje para negociar con la frustración: a veces llega el juguete soñado, a veces un libro inesperado. En ambos casos, el mensaje es el mismo: alguien se ha tomado el tiempo de pensar en él.
También es un ensayo de confianza. La víspera está llena de pequeñas renuncias: irse a dormir pronto, dejar los zapatos listos, compartir turrón “para los Reyes”. El niño entrega control y espera.
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Cuando al despertar encuentra huellas, envoltorios y migas de galletita, se confirma una intuición esencial: el mundo puede ser un lugar previsible, donde los gestos tienen consecuencias y las promesas, continuidad.
Qué pasa cuando descubren la verdad
Muchos padres temen el momento de la revelación. Lejos de ser una traición, los especialistas la consideran una transición.
El niño no pierde la magia; la reubica. Descubre que ahora puede ser parte activa del secreto, cómplice con los adultos en mantener vivo el juego para hermanos pequeños o primos. Pasa de receptor de ilusión a creador de ilusión.
Quizá esa sea la verdadera herencia de los Reyes Magos: enseñar que el mundo no viene dado, sino que también se imagina.
Que creer, por un tiempo, en coronas y camellos abre la puerta a creer, más adelante, en proyectos, cambios y futuros posibles. Porque antes de construir cualquier realidad, alguien tuvo que atreverse a soñarla.
