Kevin Johansen y Liniers: una forma de estar juntos en tiempos de inteligencia artificial

Liniers y Kevin Johansen volverán a Paraguay a compartir con el público.
Liniers y Kevin Johansen volverán a Paraguay a compartir con el público.Emmanuelle NEMOZ

Kevin Johansen y Liniers regresan a Asunción para el cierre de su gira y la presentación de su nuevo disco Desde que te Madrid y el libro Es nuestra forma de comunicarnos. Será el 22 de abril en el Teatro del Hotel Guaraní, en una noche para disfrutar de su música y sus dibujos en un espectáculo que combina humor, creatividad y complicidad.

Cada regreso a Asunción parece confirmar algo que ya no necesita explicación: lo de Kevin Johansen y Liniers con el público paraguayo dejó de ser una simple visita para convertirse en un evento esperado.

Ellos mismos lo dicen sin rodeos y sin “ningún tipo de demagogia”, aclara Johansen: cada vez que vuelven, la experiencia se siente distinta. “La pasamos bomba, son muy anfitriones… es un lugar de esos que realmente siempre uno quiere volver”, dice, con esa mezcla de cercanía y humor que atraviesa toda la conversación.

Ese tono mitad complicidad, mitad improvisación es también la puerta de entrada a entender lo que sucede entre ellos arriba del escenario. Es que con el paso del tiempo, lo que empezó como una colaboración terminó mutando en otra cosa. El público ya no los percibe como dos artistas que coinciden en escena, sino como una entidad compartida, difícil de separar. Cuando se les plantea esa idea, Liniers responde sin dudar: “Un monstruo con dos cabezas”. Johansen, en cambio, lo reformula con otra imagen más blanda, más orgánica: “Es como una ameba”.

La metáfora no es casual. Lo que ocurre en sus shows escapa a estructuras rígidas. No hay una tensión jerárquica ni una necesidad de protagonismo constante. De hecho, Johansen reconoce que ese desplazamiento del foco le resulta cómodo: “A mí me gusta, por un lado, que no haya una tensión visual hacia mí… me relaja bastante. Al contrario de lo que pensarían muchos músicos, a mí me encanta que haya como un foco visual en algo que está sucediendo en el momento, que el amigo Liniers está haciendo, está creando”.

Ese “algo que está sucediendo” nunca es igual. Y ahí aparece una de las claves del proyecto. “Nunca ensayamos nada, siempre fue en base a improvisación el espectáculo”, dice Johansen. Y no lo dice como un gesto romántico sino como una decisión sostenida en el tiempo, incluso frente a presiones externas: “A veces dicen ‘che, habría que guionar’ o hacer un upgrade de tal cosa… pero nos atamos a esa frescura”.

Esa idea incluso se filtra en el título del nuevo disco en vivo, Desde que te Madrid, donde, cuenta, incluyeron una pequeña frase casi como declaración de principios: “Hecho con IE, con Inteligencia Emocional”.

Liniers, por su parte, lleva la explicación hacia otro terreno: el de la amistad previa al escenario. “Cuando tiramos ahí el número en la ruleta hace 16 años, era muy difícil que salga un dibujante con un músico”, recuerda. “Los dibujantes somos medio aparatos… ¿qué músico se va a bancar al lado a un dibujante que esté haciendo monigotadas?”.

Sin embargo, algo funcionó. Y, según él, no fue casualidad: “Nos hicimos amigos antes de hacer el show. Entonces la primera vez que estábamos arriba ya éramos amigos. Ya nos mirábamos y nos reíamos”. Esa confianza inicial, casi invisible para el público, terminó siendo estructural. “Esa falta de respeto que uno tiene con sus amigos creo que era importante para que ande esto”.

El contraste con otros proyectos es claro: “A veces vemos colegas que se juntan, pero esa complicidad no está armada… los ves medio asustados en el escenario”. En su caso, en cambio, la lógica fue otra desde el principio: “Estábamos los dos ahí para que sea una fiesta”.

El anti-ego: por qué nunca se rompió

En el imaginario del rock (y de cualquier escena artística) hay una idea que se repite casi como una ley natural: las duplas (o bandas) terminan rompiéndose. Es parte del mito. Las tensiones, los egos, las diferencias creativas: los Beatles, Pink Floyd, Oasis.

Por eso, cuando la conversación deriva hacia ese terreno, la sorpresa es inevitable. ¿Cómo hicieron ellos para no quebrarse? Liniers responde primero, pero lo hace desarmando la expectativa desde el humor: “Yo estoy medio decepcionado, te voy a decir la verdad… mi ilusión era vivir las experiencias del rock and roll. Y una de las experiencias del rock and roll es que todos se pelean, pero después llega Kevin con un: hola, ¿cómo estás’. Viene con buena onda todas las veces”, ríe. Johansen recoge la broma y la traduce: “Él quiere que seamos los Gallagher”.

Pero cuando aparece la pregunta real sobre cómo se sostiene una relación así en el tiempo, la respuesta se vuelve más precisa. “No tomarse nada tan en serio” podría ser una síntesis rápida, pero se queda corta. Johansen lo plantea de forma más compleja: “Es una cosa muy consciente… más allá del respeto a la amistad, también está el respeto de lo que hace cada uno”.

Esa doble capa de irreverencia y cuidado parece ser una de las claves. No se trata de evitar el conflicto, sino de ubicarlo en otro lugar. “Ese dejar hacer al otro lo que sabe hacer se prioriza”, explica. Y con los años, esa dinámica se afina: “La confianza y la complicidad nos permitió encontrar cosas que a ambos nos gustaban, y cuando a alguno no le cierra algo también lo dice”.

Pero incluso ahí, en el espacio donde podría aparecer la fricción, hay un límite claro. “Lo que queremos evitar es que sea desde el ego”, dice. Y lo ejemplifica con una escena casi caricaturesca: “Que no sea desde un lugar de ‘no hagas tal cosa que me eclipsa’”. Liniers lo lleva inmediatamente al absurdo: “Kevin, esta era mi parte de brillar”, dicen riendo.

Hay, además, un reconocimiento explícito del lugar del otro. Cuando se menciona esa idea —la de saber qué hace cada uno y hasta dónde llega—, Liniers responde sin rodeos: “Si yo pudiese tocar o cantar como hace Kevin, ahí sí estaría tratando de destruirlo”. Johansen remata: “Por eso no lo dejo”.

El chiste cierra la idea, pero también la revela. Lo que sostienen no es solo una colaboración ni una amistad, sino un equilibrio poco frecuente: una relación donde el talento del otro no se vive como amenaza, sino como espacio. Y quizás ahí, más que en cualquier otra parte, está la explicación de por qué este proyecto, esa ameba, ese monstruo de dos cabezas, sigue creciendo sin romperse.

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El disco en vivo: mostrar los hilos

En un ecosistema musical cada vez más atravesado por la producción, la corrección y la posibilidad infinita de editar, elegir grabar un disco en vivo sigue siendo, en cierto sentido, una declaración. No tanto de principios, pero sí de intención.

Para Kevin Johansen y Liniers, Desde que te Madrid no es un gesto nostálgico, sino una extensión natural de lo que ya venían construyendo en escena. La decisión, sin embargo, no fue abstracta. Hubo un momento y un lugar. “Cerraba la gira en Madrid y cerraba por todos lados que fuera ahí”, cuenta Johansen. La elección tenía algo de lógico, pero también de afectivo: amigos cerca, colaboradores que podían sumarse, una sensación de cierre compartido. “Estaban Las Migas, estaba el amigo Drexler… era como ‘¿cómo no vamos a invitar a los amigos a la fiesta?’”.

La palabra “fiesta” no es menor ya que el disco se pensó como una fiesta. Pero hay otra capa, más sutil, que aparece en la lectura de Liniers. Él no se detiene tanto en el contexto como en la forma. En lo que el disco deja ver o, mejor dicho, en lo que decide no ocultar. “Kevin tiene otros discos en vivo con banda… están buenísimos”, reconoce. Pero este es distinto. “Acá está Kevin solo con la guitarra… es el ‘acusticazo’”.

Esa desnudez cambia todo. “Ahí es donde te das cuenta lo bien hechas que están las canciones”, dice, y lo explica con una observación que parece simple pero no lo es: hay músicas que, sin producción, se desarman.

Lo que aparece entonces es otra idea: la de la canción en su estado más básico, más cercano a su origen. “Como se le debe haber aparecido a él en algún cuarto… no sé si frente al zoológico o en Alaska”, lanza, mezclando biografía y mito en la misma frase.

Y ahí, casi sin forzarlo, aparece uno de los conceptos más interesantes de todo el artículo. “Ahora que estamos tan rodeados de inteligencia artificial… me parece que estos discos y estos shows quieren que se vean los hilos”, dice Liniers. “Queremos que se vea la mano humana, el error, el detalle”.

No es una crítica directa a la tecnología (eso vendrá después), sino una afirmación de lo que eligen mostrar. El error no como falla, sino como prueba de presencia. El disco, entonces, no solo registra un momento sino que expone un proceso y deja ver cómo está hecho.

Y en ese gesto de mostrar en lugar de ocultar se empieza a perfilar una respuesta más amplia a una pregunta que todavía no había aparecido del todo, pero que ya estaba flotando en la conversación: qué significa hacer arte hoy.

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Inteligencia artificial: lo humano como respuesta

La transición es casi natural. Venían hablando de lo vivo, de lo imperfecto, de dejar ver los hilos. Y entonces aparece, el tema que atraviesa todo: la inteligencia artificial, algo que no solo afecta a la música o al dibujo, sino también al periodismo, a la forma en que circulan las imágenes, a la experiencia misma de lo real.

Liniers es el primero en girar la perspectiva. En lugar de preguntarse qué puede hacer la inteligencia artificial, propone cambiar la pregunta: “Siempre nos estamos preguntando al revés”, dice. “Es como: ‘mirá lo que puede hacer la inteligencia artificial’. Pero lo que nos tenemos que preguntar es por qué consumimos arte. ¿Querés algo hecho perfecto o querés encontrar algo hecho por un ser humano, con todas las fragilidades, los desastres, las inseguridades?”, plantea.

La idea no es nueva, pero en este contexto adquiere otro peso. Porque lo que está en juego ya no es solo una estética, sino una experiencia. Una forma de vincularse con lo que se ve o se escucha. “Si uno quisiera perfección, estaríamos todos escuchando a Beethoven y mirando la Capilla Sixtina”, dice. Pero no es así. “Leemos Macanudo y escuchamos a Kevin Johansen… porque queremos un gesto de humanidad en la obra”.

Ese “gesto” es clave. No es el resultado lo que importa, sino la huella de quien lo hizo. Liniers lo explica con una imagen muy concreta: esos videos virales que parecen reales y después se revelan como artificiales. “Nadie se pone contento”, dice. “Es como… ‘ah, esto no pasó, no me interesa’”. La decepción no viene del engaño, sino de la ausencia. De la falta de un acontecimiento real, de una experiencia que haya sido vivida por alguien.

Johansen, desde la música, se mueve en una línea similar, pero con otra preocupación: la del vínculo. “Si es artificial, es menos inteligente, desde el vamos”, dice, medio en broma, medio en serio, y añade que el problema no es solo lo que se produce, sino lo que se pierde.

“En vez de contratar a un trompetista o un vocalista, ya puedo hacer una trompeta o una voz con IA”, señala. Y ahí aparece algo que va más allá del sonido: “Se pierde la magia de compartir, de tomarse un café, de aportar ideas… de que en esa conjunción salga otra cosa”.

La palabra “conjunción” vuelve a aparecer como valor. No es solo el resultado final, sino el proceso compartido. Y entonces la reflexión se expande hacia algo aún más cotidiano: el recuerdo de ir a cobrar derechos de autor y encontrarse con otros músicos en la fila. “Un tanguero, un cumbiero, un metalero… y compartías”, recuerda. “Hasta eso extraño”.

La inteligencia artificial, en ese sentido, no es solo una herramienta nueva. Es parte de un movimiento más amplio, donde el contacto humano empieza a volverse prescindible. Liniers lo lleva todavía más lejos, conectándolo con otros ámbitos de la vida: el cine, las citas, los encuentros. “Nos están empujando a espacios con cada vez menos gente”, dice. Y lo plantea casi como una sospecha: “No sé la decisión esta de quién fue”.

La comodidad aparece como moneda de cambio. Todo es más fácil, más rápido, más accesible. Pero en esa transacción, algo se diluye. “Antes para ver una película tenías que ir al cine… ahora te dicen que no es necesario”, señala. Y aunque reconoce la ventaja, marca la pérdida: la experiencia compartida, el grito colectivo en una escena de terror, el estar con otros.

Así la conversación, que empezó en la música, termina tocando algo más amplio: una forma de estar en el mundo. Y en ese contexto, el tipo de espectáculo que hacen —ese cruce entre música, dibujo e improvisación— adquiere otro significado. Ya no es solo una propuesta artística particular, sino casi una resistencia, un espacio donde todavía ocurre algo entre personas en tiempo real, sin mediación, un lugar donde como decían antes, todavía se pueden ver los hilos.

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El libro: otra forma de decir

Si el disco en vivo expone el proceso, el libro aparece como una extensión natural: tomar algo que ya existe (las canciones) y mirarlas desde otro lenguaje. En Es nuestra forma de comunicarnos, el cruce entre Kevin y Ricardo se desplaza del escenario al papel, pero no pierde su lógica original. No se trata de ilustrar canciones en el sentido más literal, sino de habitarlas desde otro lugar.

Para Liniers, el proceso tuvo algo de inmediato, casi automático. “Kevin me dice el año pasado: ‘vamos a sacar el disco en vivo en Madrid’… y yo le dije: ‘pongamos Kevin Johansen y un chiquitito Liniers’”, recuerda. La preocupación era concreta: en un formato como Spotify, su presencia se diluía. “La gente no va a ver nada, te va a escuchar a vos cantando”. Pero la respuesta de Johansen fue otra: sostener la idea de proyecto compartido. “No, es nuestro show, juntos”.

A partir de ahí, la solución no fue conceptual sino práctica: dibujar. Dibujar mucho. “Bueno, entonces te voy a llenar el disco de dibujos”, dice Liniers. Entonces cuenta: “Me senté una noche y dije: voy a dibujar una de las canciones… y salió casi sin pensar. Me di cuenta de que tenía todas estas canciones tan interiorizadas… nunca dibujé tan rápido tanto material”.

El tiempo, en este caso, también dice algo: “lo dibujé en un mes, un mes y medio”, señala, casi sorprendido. No por la velocidad en sí, sino por la naturalidad. “Lo tenía adentro”. Esa frase resume el espíritu del libro. No es una traducción externa, sino una relectura desde la cercanía y el haber convivido con esas canciones durante años, desde haberlas visto nacer, transformarse, repetirse en distintos escenarios.

Y en ese proceso, aparece también el ida y vuelta. Las mañanas de gira, los dibujos recién hechos, la reacción de Johansen. “Le decía ‘mirá, hice otra’… y Kevin se ponía contento: ‘Ricardito, qué lindo’”. Y en esa escena se percibe algo totalmente cotidiano, algo que escapa a la lógica industrial de un lanzamiento editorial. Es, otra vez, el gesto humano.

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Tradición, humor y una forma de mirar

En ese cruce entre música, dibujo e improvisación también se percibe una tradición como una herencia que aparece casi naturalmente en la conversación. Cuando surge el tema, los nombres no tardan en aparecer: Les Luthiers, Quino, Roberto Fontanarrosa. Figuras que, cada una a su manera, trabajaron ese mismo territorio donde el humor y la observación conviven.

Johansen cita a Mark Twain: “El problema con el humor es que nadie lo toma en serio”. Pero en su caso, y en el de Liniers, el humor es una herramienta. El vínculo con Les Luthiers es particularmente significativo. No solo por la admiración, sino por la afinidad en la búsqueda: “la creatividad, la imaginación, la originalidad”, enumera Johansen. Una tradición donde lo musical y lo teatral no se separan, donde el ingenio es tan importante como la técnica.

Liniers, en tanto, habla de formación, de lo que implica haber crecido en un contexto donde esas referencias estaban disponibles. “Yo siento que tengo un extra”, dice, comparándose con colegas en Estados Unidos, donde actualmente vive. “Leí Mafalda… vi a Les Luthiers… escuché a Charly García”. No es una reivindicación nacionalista, sino una conciencia de pertenencia, de haber sido atravesado por una manera particular de entender el humor, el arte, la ironía. Y eso está presente en lo que hacen juntos. En esa mezcla que nunca se vuelve completamente solemne, pero tampoco superficial.

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Los ciclos que no terminan

Hacia el final de la conversación aparece, naturalmente, la idea del cierre de esta etapa para ambos. Liniers lo explica con tranquilidad: “Este año estamos medio redondeando este ciclo”. Incluso cuando parecía que el ciclo terminaba antes, aparecieron nuevas razones para seguir: el disco, el libro, la gira que se estira. “Bueno, tenemos que volver a hacer todo”, dice, sin que suene a obligación. Más bien a continuidad.

Y ahí aparece una idea que atraviesa toda la entrevista: el disfrute. “Disfruto tanto trabajar con Kevin que cualquier excusa me sirve”, reconoce. No importa demasiado el formato: un show, un libro, incluso una hipotética deriva televisiva, lo que importa es el espacio compartido.

No hay cierre definitivo, entonces, quizás solo pausas o momentos que se ordenan. Quizás porque lo que sostienen no depende de un formato específico, sino de algo más difícil de fijar: una forma de estar juntos en el escenario y fuera de él.