En términos actuales, hoy, se supone que tener la información adecuada, la posta, permite tomar las decisiones acertadas, ejercer la ciudadanía y comprender la realidad. Esa información permitiría una postura crítica y constante ante el entorno, no un estado pasivo o final, esencial para reducir la incertidumbre.
Pasa que, ahora, lo que más se publica y consume es la desinformación. Un instrumento clave, una amenaza que genera inestabilidad y desgaste en la democracia, crea polarización política y dinamita la coexistencia y los consensos. La capacidad de alterar la información o los datos, factores decisivos para la obtención del poder, se convirtió en una amenaza para los procesos democráticos, pero también en una herramienta al servicio de una confrontación tecnológica, ideológica y digital que determina una nueva bipolaridad en la agenda internacional. Sin embargo, la verdadera capacidad ofensiva de la palabra como arma no reside tanto en el contenido del mensaje como en el poder de viralización y penetración que le permiten las redes sociales.
Ucrania lo mismo que Gaza e Irán, son guerras viralizadas, retransmitidas en tiempo real a través de las redes sociales; narradas a partir de fragmentos de imágenes que, en pocos segundos, intentan reflejar amenazas, miedos, heroicidades y devastación. Y no siempre el relato online coincide con los hechos offline. La guerra en Siria (iniciada en 2011) se considera como el primer laboratorio de la guerra viralizada o de redes sociales, difundiendo en tiempo real imágenes crudas de protestas, bombardeos y crisis humanitarias a través de plataformas como Facebook y Twitter (X). Ante la falsedad de la información, el periodismo replicante y las noticias engañosas ¿Qué podemos hacer para sobrevivir con dignidad la ciudadanía planetaria de a pie?
Para el filósofo Byung-Chul Han, quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia contra la sociedad del rendimiento y la hiperconexión. Propone el hogar como un bastión de libertad y silencio que permite frenar la auto explotación, recuperar la soberanía sobre el tiempo propio y rebelarse contra el imperativo de ser productivo las 24 horas.
A mi modo de ver, otra manera de desactivar el poder de viralización que tienen las noticias falsas, las mejores formas de defensa del pensamiento crítico son la verificación de la seriedad de las fuentes y sobre todo la desconexión emocional. Para mí, por ejemplo, tanto Trump como el tilingo del micrófono y otros similares, son portadores virales de noticias falsas, así que ya no los veo, no los leo ni los escucho y poco me importa lo que de ellos se diga a favor o en contra. Desactivar el impacto de las noticias falsas implica no difundir, no reenviar contenido dudoso, sensacionalista. Pausar, pensar y reflexionar antes de compartir para neutralizar y romper la cadena de viralidad.
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