En la primera etapa del romance los enamorados expresan sus sentimientos hasta con la respiración. En la fase pasional los códigos están marcados por las hormonas y las palabras casi son innecesarias. Transcurrido el tiempo de las llamaradas y las chispas, suelen quedar brasas de aspecto sereno, que pueden ser tanto o más ardientes y hasta mucho más quemantes que los primeros fogonazos.
Es entonces cuando comienza a entrar en juego el verdadero sentimiento profundo del amor, y quien no tome consciencia de ello reforzando la fogata de diversas maneras, corre el riesgo de amanecer un día entre frías y apagadas cenizas.
Una de las formas de mantener el fuego encendido es la palabra. Sería un excelso placer oír susurros amorosos insinuantes de boca de quien nos acompaña en la vida. Palabras que nos den un cierto reaseguro acerca de nuestra siempre dudosa queribilidad. Pero la cuestión no es tan simple como decir te quiero, te amo. Hay que hallar el modo de comunicarlo de forma creíble. La necesidad de sentirse amada es una de las principales necesidades emocionales de toda persona humana. Pero cómo nos cuesta transmitir ese sentimiento a la persona que amamos.
En nuestras más vanas conversaciones desgastamos la palabra amor que la misma ha perdido su contenido. La usamos en miles de formas. Decimos amo a los pájaros y un momento después amo a mi madre. Amo jugar al fútbol, amo correr, amo la comida, amo a mi mascota, amo el dinero, amo la lluvia, amo el pasto, amo las flores.
Quién no ha escuchado, entre cónyuges, conversaciones sociales tóxicas matizadas con repetidos “mi amor”, que suenan a dardos envenenados antes que a olorosas mieles. Parejas que se exponen juntos en la vida show-off, mientras en la intimidad son dos soledades separadas por muros de silencio y palabras heladas.
¿Es posible evitar la llegada a ese estado de letargia anestésica conyugal? Quién sabe, pero vale la pena intentarlo. Si Por algo se puede empezar es por el tiempo de calidad. De atención plena, de interés sincero. Sin teléfonos ni televisor encendidos. Si no se puede recuperar o recordar el protocolo verbal, por qué no recurrir a los susurros, a la comunicación gestual. Explorar códigos visuales. Los ojos interrogan, prometen, estimulan en un arte de estocadas ópticas.
Expresar sentimientos con creatividad sensorial, conducir a quien se ama, como quien traza un mapa e indica el camino a tomar. El erotismo más tórrido y refinado no siempre es penetración. Crear un espacio romántico para el encuentro. Caricias insinuantes, gestos amorosos, conversar sobre deseos y fantasías. Y a veces, por qué no, hasta puede ser un simple contacto apropiado y oportuno que comunica calidez, seguridad y amor.
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