Más de la mitad de su vida pasó Florencio López (42) trabajando como chofer. Fueron 25 años de salir de casa antes del amanecer y volver tarde, cansado, solo para dormir. “Ya ni siquiera les tenía paciencia a mis hijos, no podía disfrutar de nada. No era feliz”, dice.
Ahora, todo eso quedó en el pasado. Decidió cambiar su vida y la de su familia. Mucho tiempo pasó pensando qué podía hacer para ganar dinero dignamente, y seguir los pasos de sacrificio y honestidad que le brindó su padre, quien trabajó hasta jubilarse como barrendero de la Municipalidad de Asunción; pero sin tener que someterse a más jefes explotadores.
A veces, cuenta Florencio, no podía dormir porque su mente no paraba de buscar una salida a su situación. Así fue como “por inspiración divina”, según dice, en plena madrugada, visualizó su proyecto: reciclaría neumáticos para crear portaplanteras. Con determinación investigó todo lo que se necesitaba, consiguió negociar con sus patrones su salida del empleo y realizó las primeras inversiones.
En todo este proceso, comenta, su familia fue su principal sostén. “Mi esposa puso toda su confianza en mí y eso hizo crecer mi autoestima. Entendí que no estaba solo y podía aventurarme a vivir de lo que me gusta”, señala Florencio. Antes de eso, nunca pensó que ganar dinero y sentir gusto podrían relacionarse; o al menos para él.
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Lo primero que hizo fue recurrir a una gomería cercana a su vivienda, en el centro de Asunción. Les preguntó qué hacían de los neumáticos que ya no usaban y, al enterarse de que esos negocios deben pagar para deshacerse de todo, les preguntó si podrían regalarles algunos. Volvió a su casa con una buena cantidad de lo que hoy se constituye en su materia prima y empezó a experimentar.
Su primera creación fue un cisne. Su primera dificultad, conseguir cortar las partes de la goma que tienen metal. Probó con unas pinzas, luego con una sierra y no lo lograba, así que investigó en internet hasta descubrir que iba a necesitar una sierra eléctrica. “Cuando compré y probé por primera vez fue el momento en el que me dije que, definitivamente, sí me dedicaría a esto. Con lo otro era imposible, pero esta herramienta me devolvió la esperanza”, explica.
Vinieron más cisnes, un primer sillón, luego una mesa y otro juego completo de sillones. Los clientes eran apenas sus amigos más cercanos, pero cuando les entregaba su primer pedido, ya le hacían más. Todo su tiempo lo dedica desde entonces a crear más y más elementos.
Las primeras unidades, que no fueron sobre pedido, las sacó a la vereda de su casa. Los colores no pasaron desapercibidos para los transeúntes y, rápidamente, empezaron a llegar nuevos clientes. Cada compra y cada elogio aumentaban su confianza en su propia capacidad. Ya no tiene miedo a experimentar formas y colores.
Su taller, en el patio trasero de su casa, se va llenando de divertidas aves, algún delfín, camas para perros, planteras de colores, hasta un pequeño pozo que sirve también de portaplantera, sillones y mesitas.
Con el tiempo y el ritmo que va tomando, Florencio es capaz ahora de acelerar más su producción y también de aprovechar mejor los materiales. Utiliza las partes blandas como tirantes, e incluso, para hacer planteras pequeñas y económicas, una forma también de que todas las personas puedan acceder a sus trabajos y embellecer sus jardines a bajo costo.
Medioambiente
Los neumáticos que Florencio usa para hacer sus obras, antes de su llegada solo podían ser quemados, generando un grave impacto ambiental por la cantidad de componentes que tienen, tales como caucho, acero, óxido de cinc o carbono. A pesar de que el reciclaje sea una cuestión de “moda”, no hay suficiente cantidad de gente que lo haga y menos aún con regularidad, por lo que a diario se desechan miles de unidades en todo el país.
“Lo que más me interesó de este proyecto fue que, además de cambiar mi vida y la de mi familia, también podría aportar mi granito de arena para el cuidado del ambiente. La cantidad de ruedas que se tiran por día es impresionante y es una lástima, porque las opciones para reutilizar son numerosas”, dice Florencio.
En su taller, ubicado en República Francesa casi Cerro Corá, de nuestra capital, hay objetos desde G. 10.000 a G. 500.000, y en ocasiones es complicado no contar con un ingreso seguro y todo junto, pero siempre hay, al menos, una venta que salva el día. Por ahora, lo máximo que puede hacer son dos unidades grandes por día, pero pronto podría, incluso, contratar algún ayudante para acelerar el proceso.
“En mis últimos tiempos como empleado pasé muy mal. Me tocaba subir y bajar cargas muy pesadas, cuando estaba contratado únicamente como chofer; pero me arriesgué y estoy luchando. Claro que no es fácil ni todo color de rosas, pero creo que también es un talento que tengo, como cada persona tiene el suyo, y este es el mío. Me hace muy feliz haberlo encontrado”.
Hace unas pocas semanas, cuando su historia se hizo viral por la publicación de un hombre que pasaba de casualidad por su taller, y lo entrevistaron en televisión, la noticia llegó también al colegio de sus hijos. Uno de ellos, luego de escuchar a sus compañeritos alabar el trabajo de su padre, le dijo: “Papá, estoy orgulloso de vos”. Solamente por esa frase, finaliza Florencio, vale la pena todo el sacrificio.
Fotos: ABC Color/Roberto Zarza.
