Cuando tras tantos peldaños los pies aterricen finalmente sobre la blanca arena de la Praia do Sancho, cuando la vista se empape de las aguas más transparentes que uno haya visto, entenderá por qué los nativos dicen que la isla principal del archipiélago brasileño de Fernando de Noronha es el lugar para quienes tengan un gran apetito por la vida…
Aventurarse en Fernando de Noronha –la isla principal de un archipiélago de 21 islotes nacidos de una milenaria erupción volcánica– es como resignarse a cometer voluntariamente miles de pecados vinculados a los sentidos, sabiendo bien que la redención, aunque imposible, quedará menguada por el deleite…
Nadar con los delfines. Bucear o hacer snorkel con tortugas marinas. Pasearse como Nemo cerca de los arrecifes de coral mirando algunas de las más de 230 especies de vida marina. Contemplar ocasos o amaneceres en cualquiera de las playas que bordean la isla como un cinturón acuático. Es bucear en los sabores de cocinas extravagantes, en sabores marinos y toques secretos… Recorrer historias lejanas que vienen desde el siglo XVI; atravesar guerras, desembarcos y naufragios. Es como deslizarse en caída libre hacia un abismo en el cual uno quiere sumergirse voluntariamente.
A cuatro horas de San Pablo, a 50 minutos de Recife, la isla pernambucana Fernando de Noronha habría sido avistada ya alrededor del 1500 por Américo Vespucio. Y aunque las primeras certezas vengan recién con el siglo XVII, la isla, además de exhibirse sin pudor en una exuberante naturaleza y en placeres para absolutamente todos los sentidos, también acompaña lo suyo con historia. Fortaleza, presidio por más de 200 años para presos políticos y hasta la principal base brasileña en época de la Segunda Guerra Mundial, Noronha ha sobrevivido a todo… y va por más.
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El edén tiene su precio
Felicidades si logró posar sus pies en la isla. Eso significará que ha aceptado pagar una tasa de conservación de unos 130 reales y otra mínima de 42 reales por cada día que pase en este edén. Pasando los diez días, la tarifa subirá exponencialmente. Cada centavo será reinvertido en aminorar el impacto de su presencia en el equilibrio del ecosistema, en darle los servicios básicos para que su estadía sea placentera con servicios que nada envidiarían a los resorts más lujosos del planeta y… en recoger la basura.
Una vez a la semana, un barco zarpa hacia el continente americano. Lleva a bordo parte de las 6 ton. de basura que se producen al mes más los envases de unas 10.000 botellas de agua que se consumen. La basura orgánica se recicla en la isla y el vidrio vuelve picado, listo para ser reutilizado en la construcción de algunas de las pasarelas que se están instalando para recorrer la isla a pie, de punta a punta. La concesionaria Econoronha (parte de la misma empresa que cuida las Cataratas del Yguazú o los caminos que anualmente los paraguayos recorremos para llegar a las playas) tiene como obligación contractual usar materiales reciclables para montar su infraestructura turística. No pueden tocar un solo árbol ni mover una sola hoja de su sitio.
El “continente”, como le llaman los isleños, queda a una hora por avión y 48 horas en barco.
Diariamente llegan y salen unos 450 turistas distribuidos en tres vuelos. Año Nuevo es una fecha en la que mayor afluencia tiene con picos que trepan a los 1000 turistas por día. “Es lo máximo que aceptaremos”, dice Ricardo Araújo, máxima autoridad del Parque Nacional Marino, creado por decreto en 1988 y subordinado al Instituto Chico Mendez Bio (ICMbio, la secretaría ejecutiva medioambiental). El Panamar, como lo llaman, impone sus decisiones en todos los ámbitos en la isla si bien un gobernador –desde el continente– ejerce su autoridad civil.
Los habitantes de Noronha no pasan de unos 3000. “Para trabajar en la isla debe haber un puesto vacante. No se puede venir simplemente porque gustó el paisaje o parezca romántico vivir aquí. Ni los mismos brasileños pueden venir solo porque se les antoja. Si no vienen de turistas, deben venir con un trabajo ya pactado, saber dónde van a dormir, con quién van a trabajar. El turismo emplea el 90 % de los habitantes de la isla”, dice Araújo.
Únicos en el mundo
Noronha se jacta de que sus visitantes pueden disfrutar de varios espectáculos únicos en el mundo: El Parque Nacional Marino tiene aguas color verde esmeralda y playas de arena blanca reconocidas como las más lindas del Brasil. Templadas tirando a cálidas, las aguas tranquilas son ideales para hacer snorkel y solazarse en ellas sin temor a chapuzones violentos. Las playas de Sancho, Atalaia, Baía do Sueste, Baía dos Porcos y Leâo están consideradas como las más bellas del Brasil.
Mar adentro, mirando hacia el Brasil, hay como diez playas y dos bahías que enmudecen a los visitantes. Una de ellas es conocida como la Bahía dos Golfinhos (bahía de los delfines), un sitio donde cada amanecer los turistas se convocan para ver desde las alturas el horizonte azul de las aguas y aguardar la llegada de los delfines. Los animalitos llegarán, inexorablemente, a descansar en sus costas sin que haya una explicación científica para este retorno que emprenden irremediablemente desde viejos tiempos.
Mar afuera, mirando hacia África, hay otras cuatro playas, una bahía, dos áreas de contemplación y un conjunto de piscinas naturales hundidas en las rocas. Inmensos acuarios naturales rodean la isla y hacen que Noronha sea un paraíso para los buceadores por la transparencia de sus aguas y la facilidad para la observación del mundo marino. Excursiones diarias llevan a turistas a bucear mientras embarcaciones especiales, con pisos traslúcidos, permiten navegar y atiborrarse de colores y formas de seres vivos, observando delfines, tortugas, enormes mantarrayas, pez espada o tiburones.
Otra de sus particularidades es la de hospedar la ruta federal pavimentada más corta del Brasil, de unos 8 km, de una punta a otra de la isla. El trayecto puede ser recorrido en pintorescos buggys listos para alquilarse; un buen consejo es cuadricular la isla y dedicarse a recorrerla por sectores si existe el tiempo suficiente para regocijar la vista con los distintos miradores.
Las playas Americano y Boldró son balcones que dejan atónitos por el espectáculo de los ocasos. Turistas aplauden cuando los últimos rayos de sol sucumben ante la inmensidad del océano y ávidos de emociones nocturnas giran la vista hacia la gastronomía isleña.
Sabores celestiales
La pesca ecológica está permitida solamente en algunas de las islas y al mero efecto alimentario. Hay solo cuatro agricultores en todo Noronha, que producen el 15 % de los alimentos, porque los habitantes prefieren dedicarse al turismo que a la producción. Todo el resto de la comida viene del continente.
“Lo más barato en Noronha siempre es más caro que en cualquier otra parte”, admite Ricardo Araújo. “La isla es turismo vip, no se puede pensar en algo menos que unos 120 reales por día, el costo de lo que sería un cuarto con su desayuno”, explica.
Elegantes posadas, hospedajes, cuartos en casas de familia, todos están categorizados en delfines. Un delfín, dos, tres, cinco, sustituyen las famosas estrellas con las que la Secretaría de Turismo del Brasil (Embratur) clasifica los alojamientos. Y los sitios van desde los más modestos y accesibles para turistas de clase media hasta aquellos más refinados y exigentes, como el que escogieron Penélope Cruz y Javier Bardem para reponerse del estrés de ser padres primerizos.
Una red de restaurantes también pelean por satisfacer exigentes paladares cubriendo ofertas gastronómicas en base a frutos de mar sazonados con hierbas, frutas tropicales, jugos, panes y una oferta de postres que se olvida que la materia prima recorre un largo trecho para llegar a la mesa.
Noronha tuvo una larga discusión al interior del Brasil. Se debatió duro la posibilidad de dedicarla exclusivamente a ser base de proyectos científicos marinos, como reserva o parque nacional, o dedicarse de lleno al turismo. De alguna manera, en 1988, el Gobierno brasileño zanjó la discusión declarando Parque Nacional vía decreto y apostaron al equilibrio entre ambos desafíos. Es así como hoy conviven en una celosa armonía, vigilada de cerca por lugareños y guardaparques, las tortugas marinas, los delfines rotadores y los arrecifes de coral que están en vía de extinción.
Restaurante de Tinho
Cae la noche. Ha sido un largo día de caminatas, emociones, subir y bajar por la montaña rusa de Noronha, zambullirse en sus aguas, caminar sus senderos, ver puestas de sol, equilibrarse haciendo rapel… Emocionarse hasta las lágrimas por la naturaleza que se abre, se vuelca y rebosa en ese otro mundo que está bajo las aguas.
El hambre llama cuando arribamos al restaurante de Tinho. Se oye y se intuye el mar a unos metros, pero la oscuridad impide percibir más allá de lo que las velas insinúan. Cojines en el suelo y una larga mesa para no más de una docena de comensales nos aguardan en medio de una habitación ni muy grande ni muy pequeña.
Los cinco periodistas y dos acompañantes nos acomodamos. Dos turistas europeos se sumarán más tarde cuando ya los platillos empiecen a quedar regados sobre la mesa. Rodajas de piña asada, arroz cocido simple y otro con sabor a coco, rúculas frescas y crujientes empapadas con sabrosos aderezos, papas asadas, purés… No tardará en hacer su entrada el plato principal, un enorme pescado adobado en especias… La carne blanca deshaciéndose en la boca acompañada por esas mezclas voluptuosas de sabores. Tinho, el dueño de la casa-restaurante, se mueve con agilidad acompañado por dos jovencitas. Sirve un plato y otro. Va narrando algunas de las especias que nos contará y otras que callará para transmitir solo a sus hijos.
Sus abuelos, refiere, llegaron a Noronha desde Seará, Fortaleza. Sus padres ya nacieron en la isla y tuvieron nueve hijos, 47 nietos y 16 bisnietos. Uno de sus abuelos tiene 28 hijos, 85 nietos, 75 bisnietos y 23 tataranietos. “Era una época donde hacer criaturas era el único entretenimiento”, dice Tinho con mucho humor. La alegría que le nace de ese título de profesor de Historia que abandonó porque lo tenía prisionero por horas para reemplazarlo por el trabajo de ser concejal durante el día… empresario gastronómico durante la noche.
Y es que Fernando de Noronha invita a hacer cosas mágicas. O desafiantes. Es una provocación al deleite de los sentidos. Es para quien está ávido de saborear aventura, diversión o más aún… para aquel que tiene apetito por la vida.
