Puede que Mario César Giménez Sanabria (40) no tenga el sentido de la vista, pero tiene dos manos, dos pies y -sobre todo- muchas ganas de salir adelante. Al comienzo de sus días no todo fue oscuridad, pues desde niño, en su Loma Grande natal (a 68 km de Asunción, en el departamento de Cordillera), soñaba con ser ingeniero agrónomo. Se recibió en 1998 y por 7 años trabajó en su profesión. Todo iba bien hasta que en 2001 fue intervenido de una hernia de disco. Pero jamás se imaginó lo que vendría posteriormente.
“Dos años después, volví a sentir los síntomas y comencé a perder la visión del ojo izquierdo, y en abril, del derecho. Me encontraron un tumor benigno en la cabeza, que me extirparon el 12 de mayo de 2004”, rememora. Luego de otra operación en setiembre de ese mismo año, Giménez se recluye en su casa, en Loma Grande. “Me quedé encerrado, tanto que algunos de mis amigos creyeron que había viajado a España”, dice.
Sin embargo, Giménez no bajó los brazos, se armó de coraje y decidió entrenarse en el INPRO. Consultando con los oftalmólogos, concluyeron que los nervios ópticos se habían atrofiado. “Pero no estaban sueltos, por lo cual -según los médicos- todavía había posibilidades de recuperación”, explica.
Seguir adelante
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Pero como la recuperación era solo una probabilidad, decidió no esperar y en agosto de 2007 acudió a la Asociación de Ciegos del Paraguay (ACIP) con la intención de aprender el sistema Braille. “Ya había comenzado a realizar algunas actividades dentro de la chacra, lo que sería una pequeña finca, para obtener fuentes de ingreso. En la ACIP me hablan de un programa denominado JAWS (Job Access With Speech), con el cual puedo manejar Word, Excel, entre otros, por comandos de voz, por lo que bajar información de Internet me es fácil”, relata quien hasta hoy no ha recuperado la vista.
Ya entrenado para el uso del bastón blanco, resolvió dedicarse a la docencia. Entonces, amparado por la Ley 2.479, que otorga un 5 % de cupo de trabajo para personas con discapacidad, acudió al Ministerio de Educación. “Como tuve la suerte de dar mis primeros pasos como ingeniero en la escuela agrícola ‘Carlos Antonio López’, de Itapúa, el director general de Educación Agraria (DEA), Ing. Agr. José Mingo, me preguntó si en mi zona había escuelas que contaran hasta el sexto grado y si yo me animaba a encarar el proyecto de iniciación profesional agropecuaria (IPA)”, refiere.
Giménez aceptó el reto y empezó a dar clases cerca de su casa, en la compañía Aguai’y, en la Escuela Básica Nº. 3903 “Mcal. José Félix Estigarribia”.
Proyecto
Actualmente, el Ing. Giménez ejerce la coordinación del proyecto, que se inició con la apertura del tercer ciclo en marzo de 2009 con el séptimo grado; el octavo en 2010 y el noveno en el año 2011.
El proyecto contiene cinco asignaturas técnicas: Avicultura, Horticultura, Manejo y Conservación de Recursos Naturales, Ingeniería Rural y Administración Rural.
Giménez explica que estar pendientes de su producción incentiva a los alumnos y “olvidan” que las clases terminan en noviembre. “Porque si empiezan con otra zafra, la del melón, en setiembre, como es de ellos, ya cuentan con ese dinero para Navidad. Y al año siguiente eligen la chacra de uno de ellos y así van rotando el cultivo. Todo eso queda documentado, porque deben sacar el costo de producción desde el inicio, la preparación de suelos, insumos, etc., para saber cuánto ganan con cada producto”.
El primer año tuvo seis alumnos. Ahora el promedio es de trece alumnos por grado.
Este es el cuarto año que Giménez está encarando el proyecto IPA.
La enseñanza más importante del tercer ciclo es que todo se puede sembrar, pero si uno planifica, además de saber que no se necesita un espacio muy grande para tener una producción permanente, e ir cambiando de siembra. Realizar el cultivo asociado, usar abonos verdes, cómo realizar la recuperación de suelo, explicarles cuándo usar el arado.
“Por ejemplo, se puede plantar café, que recién en cuatro años se va a cosechar, pero mientras tanto, se dedica a la horticultura, que en dos meses ya rinde dinero. Vamos a traer un calendario del Mercado de Abasto para ver qué demanda hay en cada mes y, conforme a eso calcular qué sembrar para lograr mejores ingresos”, explica.
Giménez destaca que con su trabajo pretende -sobre todo- dos cosas: hacerles comprender a los alumnos que no tienen necesidad de irse a trabajar en otro lado, porque en su chacra pueden ganar lo mismo y en lo que es suyo. “Y también concientizarles de que si uno no supera su realidad y se deprime por algún tipo de discriminación, entonces nunca va a crecer. Y si uno se esfuerza, se puede ser incluso mejor que antes”.
Semillero
En la escuela se enseña a los alumnos cómo hacer un tablón, y luego a mediados de año, se dividen en grupos de cuatro, y eligen una casa para hacer una huerta grupal. “Esta huerta luego va a ser un semillero. Y de aquí se llevan las plantitas de lechuga, tomate, etc. Esto se va a ir renovando cada mes, de manera que cada cuatro meses, en sus cuatro etapas, tengan su cultivo. Posteriormente, con el producto, se hará una feria teniendo en cuenta el precio del Mercado de Abasto. El ingreso va a ser para el grado, para ir comprando las herramientas para la huerta”, dice.
