LA CANASTA MECÁNICA

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Dice el cuento que un sabio recibió la visita de un amigo que se puso a hablar mal de otro amigo del sabio. El hombre ilustre escuchó en silencio y luego expresó: “Me visitas después de mucho tiempo para incurrir ante mí en tres infracciones. Primero, procuras que odie a una persona a la que estimo. Segundo, tus advertencias me intranquilizan, porque traen preocupación a mi espíritu. Y tercero, rebajas tu persona al convertirte en un ser malediciente”.

La maledicencia es hablar mal del prójimo más de la cuenta, por inocente que sea el comentario, peor todavía si la murmuración incluye traicionar confidencias. Las personas frustradas y rencorosas sienten alivio hablando mal de los demás. Suelen quejarse del poco reconocimiento que reciben por sus logros, envidian los aplausos que otros reciben, y practican la avinagrada costumbre de emitir juicios desgraciados y perjudiciales sobre quienes la están pasando bien, por su talento, fama, dinero, etcétera.

La discreción es lo opuesto al chismorreo. La cultura inglesa convirtió a la discreción en una virtud de la nobleza británica y considera al chisme una práctica de mal gusto, cosa de plebeyos, de peones, de la chusma.

Discreción es sinónimo de prudencia, moderación, sensatez. Es una cualidad que valora proteger las intimidades de la vida propia y ajena. Existen cuestiones personales que no hay necesidad de andar ventilándolas, algunas por pudor, otras por razones de seguridad.

En nombre de una falsa franqueza y en supuesto rechazo a la hipocresía, se exponen al público las peores miserias humanas. Quien revela el secreto de otros comete traición y quien revela su propio secreto pasa por imbécil, dice Voltaire. Una anécdota relata un hecho que tuvo como protagonista a San Felipe Neri, quien –según la historia– confesaba con asiduidad a una señora que admitía cometer maledicencia todo el tiempo. En un momento, el santo se cansó al ver que no existía propósito de enmienda en aquella feligresa, así que le dijo: “Señora, un día de viento, vaya a la cima del cerro y desplume una gallina”. A la semana siguiente, cuando la mujer volvió a confesarse, San Felipe escuchó el testimonio y le contestó: “Ahora vaya y recoja las plumas, señora”. Está muy claro. El daño que causa hablar mal del prójimo puede ser irremediable.

Es extraño que sea más fácil repetir y esparcir lo que dicen las malas lenguas, y pareciera difícil comentar las alabanzas y buenas palabras que un ser humano prodigó sobre otro ser humano.

Según el proverbio árabe, tu lengua es como un león: si la guardas contigo, te defenderá. Pero si la dejas escapar, terminará por devorarte.

Para que una persona hable mal de otra necesita alguien que la escuche. Quien oye un vituperio sin manifestar desacuerdo es tan culpable como quien vitupera. Como dijo el dramaturgo Tito Maccio Plauto: “Quienes propagan el chisme y quienes lo escuchan deberían ser colgados. Los propagadores por la lengua y los oyentes por las orejas”.

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