Ignoraba la existencia de Charlie y no conocía a los periodistas que fueron masacrados. Por lo tanto, busqué la opinión de quienes estaban informados.
En la revista Panamá, bajo el título ¿Quién era Charlie?, escribe Dardo Scavino y aquí compartimos un fragmento: “Desde los años 60, Hara Kiri y Charlie Hebdo encarnan lo que podríamos llamar el espíritu del Mayo francés: una izquierda insolente, anárquica, blasfema y deliberadamente procaz, en la línea de los goliardos medievales, la carnavalización rabelesiana y los laberintos ilustrados (…) libertarios, antifascistas y ecologistas (…). Cuando Charlie se burlaba del cristianismo, judaísmo o el islam, no estaba atacando a creyentes sino, por el contrario, los defendía de charlatanes que los habían embaucado. Los vientos conservadores que empezaron a soplar a partir de los años 80 desde los Estados Unidos volvieron ilegibles estas posiciones. La blasfemia dejó de percibirse como una aliada de la liberación y empezó a interpretarse como una hostilidad hacia un derecho fundamental de las minorías: practicar libremente sus cultos. Burlarse de las religiones significaba injuriar a los creyentes, lastimar el núcleo íntimo de su identidad. Esto explica por qué muchos norteamericanos –empezando por el New York Times– se negaron a mostrar en estos días las caricaturas de Charlie Hebdo con el pretexto de que resultaban insultantes para ciertas comunidades”.
Por su lado, en Rebelión.org, Pablo Stefanoni expresa, entre otras cosas, cuanto sigue:
“A mí no me gustan muchas de las caricaturas de Charlie Hebdo. Por ejemplo, la de Mahoma follándose una cabeza de cerdo y una voz atrás que dice: ‘No tengo plata para pagarme una puta de nueve años’; no creo que sirva –como a veces se argumenta desde la izquierda ‘laica-civilizatoria’– para combatir el fundamentalismo, tampoco creo que sirva para frenar los casamientos/violaciones de las niñas yemeníes obligadas a casarse a los 10 años (…). El problema de la sátira es que es más graciosa cuanto más lejos esté de nosotros el objeto de burla. Además, una cosa es defender que los humoristas digan lo que quieran y otra, considerar que lo que dicen es aceptable o no desde ciertas convicciones político-morales. (…) Yo puedo ser Charlie por solidaridad moral, sin compasiones narcisistas, sin sobreactuaciones emocionales y sin pretender elevar a cada quien ahora a un podio en el que no estaba antes (…).”
Dos periodistas encarando el caso Charlie, cada uno a su manera. Aunque la sátira no cambió al mundo, la risa sigue siendo un antídoto contra los venenos del espíritu.
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