La atención de las personas está capturada en otra parte. Casi todo sucede como si el mundo de nuestras relaciones fuera indiferente y ajeno al universo. Como si el límite superior de la atmósfera fuese también una inconsciente e insalvable frontera cultural.
Nuestro actual modo de percibir el tiempo prescinde del cielo y de las sombras. El brillo de las estrellas fue desplazado por las luces artificiales y gigantescas pantallas de la publicidad callejera.
Si para nuestros antepasados de la prehistoria observar el cielo y rezar eran una sola cosa, ahora, la nueva religión consumista hace que para nosotros hacer cola y comprar en el Black Friday sean la misma ceremonia del máximo ritual. Pronto nos llegará el Cyber Monday, que es lo mismo que el viernes negro, solo que se trata de compras por internet.
El afuera es tormentoso, lleno de raudales, inestable e inseguro, tanto que, para muchos, un recurso de protección esquizoide podría ser el encierro en uno mismo, no leer los diarios, no enterarse de las noticias, no mirar televisión, no caminar por las calles, no ir al supermercado y tampoco a la peluquería, no visitar a los vecinos y menos a los parientes. A todo eso podemos sumarle una pizca de manía persecutoria. No mucha, porque aquí te persiguen en serio, pero sí lo suficiente como para creer que la culpa de todo la tienen exclusivamente los demás, y que somos pobres y desamparadas víctimas inocentes en un mundo cruel y ajeno, en medio de la proliferación de foquitos, el atascamiento del tránsito, las despedidas de fin de año, las farras y los atracones.
La otra opción para un diciembre saludable podría ser desconectarnos de los aparatos celulares y enfocar la comunicación real con las personas que nos rodean. Levantar la mirada hacia la bóveda celeste y situarnos en silencio hacia el infinito. Permitir que el cosmos se nos manifieste en toda su inmensidad, y recuperar el vínculo que existe entre nosotros y el cielo, entre nosotros y las hermanas de la estrella de Belén. Porque por encima de las urgencias, por encima de las compras obligadas, por encima del dinero que no alcanza, por encima de los enojos, por encima de la locura consumista… hay estrellas.
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