Volviendo a la realidad, si cada casa instala su propio generador eléctrico, no sé qué será peor: el ruido o la oscuridad, la falta de acondicionador de aire o la estridencia, la heladera que se descongela o el estruendo de los aparatos que reemplazan a nuestras dos hidroeléctricas.
En un arranque de intensa necesidad de serendipia podríamos convocar a las hadas, a los gnomos, a los duendes, a los ángeles y arcángeles, para que nos prodiguen luciérnagas que iluminen esas oscuridades de los apagones.
En la 23.ª edición del Diccionario de la Real Academia Española (2014) obtuvo su reconocimiento en sociedad esta encantadora palabra: serendipia, hermana, quizás, de vocablos que suenan divertidos, como chiripa y carambola. Serendipia viene de Serendip, nombre que recibía la isla de Ceilán, antiguamente, hoy Sri Lanka. Es en Serendip donde sucede el cuento de Los tres príncipes de Serendip, cuyos problemas se resolvían mediante increíbles casualidades. Es el escritor inglés Walpole quien crea la palabra serendipity y lo escribe en una carta en 1754.
Hoy, serendipia, es considerada una palabra “mágica” que nos transporta a un mundo de predestinación, donde acontecen cosas maravillosas tan inesperadas como deseadas en algún lugar oculto dentro de nosotros.
Serendipia podría ser para los científicos el descubrimiento de la penicilina —un regalo en un descuido de Fleming—. También el hallazgo de la pastilla azul, Viagra, que se encuentra al buscar solución a una angina de pecho. El mismo descubrimiento de América fue de pura de chiripa–serendipia. Cada vez más gente advierte en su día a día la serendipia, como esa casualidad favorable que se manifiesta a veces al conocer a un amor, un amigo, encontrar un trabajo… Una situación que parece caída del cielo, como una luciérnaga iluminando tu noche, como si Dios, el universo, lo nouménico te señalase con su dedo.
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