Fue el antropólogo Edward Hall quien se dio cuenta de que existen distancias medibles entre las personas cuando interactúan entre sí, y que estas distancias son diferentes de acuerdo a cada cultura. Hall hablaba de proxémica en los años 60. Sin embargo, aún ahora, se sigue mencionando la existencia de esa distancia invisible, y hasta ha sido medida en metros y centímetros. Quién no sintió más de una vez que su espacio vital estaba siendo invadido. Ese metro cuadrado imaginario, esa burbuja que solo se disuelve con personas de confianza.
Se dice que los nórdicos europeos son fríos, distantes; todo lo contrario de nosotros, los latinoamericanos, o de los italianos y españoles. Esa diferencia se percibe cuando se encuentran un asiático y un paraguayo, por ejemplo. Las distancias proxémicas son de costumbres muy diferentes.
Edward Hall se refiere a cuatro clases de distancias sociales. La distancia pública, en la que no existe contacto sensorial. Se da en salas de conferencias, discursos, en la calle, en los aeropuertos, en relaciones formales. La distancia habitual se da en el ambiente laboral, entre compañeros de trabajo, en una discoteca, en un restaurante, en un ascensor. La distancia de interacción personal se establece desde los 45 cm hasta el metro y medio; esta distancia ya incluye el contacto físico y se da entre amistades que se saludan con besos, se dan abrazos, se miran a los ojos. Por último viene la distancia mínima o íntima, que es menor de los 45 cm. En este caso ya existe un alto grado de confianza entre las personas que se sienten cómodas estando tan cerca la una de la otra.
El aspecto físico que nos rodea es una realidad que determina la mayoría de los estímulos sensoriales: visuales, auditivos, térmicos, olfativos, etc. Ese espacio físico es el punto de origen en el que se nutren las diferencias humanas y las diferentes formas de la comunicación, de la conducta misma; transmite informaciones desde el lenguaje gestual y establece códigos que permiten evaluar, por ejemplo, el significado de la espera, aceptar o rechazar la pertinencia de un juicio de valor, o la tolerancia al retraso cuando asumimos un horario.
Los grandes líderes toman cursos de gestualidad y aprenden sobre el valor de la mirada. Saben que no deben ser fotografiados delante de la gente con los brazos cruzados.
Dicen que uno de los líderes que mejor gestión hizo siempre de su lenguaje corporal y verbal es Bill Clinton. Con su mirada es capaz de hacerte sentir una persona única cuando te habla y a través de su acercamiento es capaz de ganarse en un segundo tu confianza. Incluso en sus discursos puede convertir una distancia pública en una personal, acercándose a sus oyentes y creando con ellos una conexión de cercanía. Claro que en un espacio íntimo, demasiada cercanía también puede marcar la diferencia entre confianza e intimidación. En cualquier caso, acércate más, pero no tanto; alguna cautela nunca está de más.