Límites en la educación

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Los límites en la clase son necesarios para la creación de un entorno seguro en la enseñanza y el aprendizaje. ¿Cómo lograrlo y qué se necesita? A solo un día del inicio oficial del año lectivo, la sicóloga Joanna Muñoz ofrece algunas reflexiones.

“Definitivamente, la etapa de la adolescencia es una etapa difícil”, dice la sicóloga Joanna Muñoz. “Algunos, en su búsqueda de identidad, suelen manifestar rebeldía y a veces inseguridad. Extienden esta actitud en las aulas como una necesidad de diferenciarse y ser originales. Por ello es sumamente importante que quien esté al frente de un grupo de alumnos, en esta etapa, tenga entrenamiento técnico en su manejo y esté preparado emocionalmente”, añade la profesional.

El método preventivo implica la organización de grupo, establecer las pautas y preparar el terreno. Eso incluye como mínimo normas básicas como, por ejemplo, poner límites desde el inicio de clases. Desde el primer día se deben dar a conocer reglas claras, de manera que los alumnos sepan qué es lo que está permitido y qué no y cuáles son las consecuencias de sus comportamientos. Al poner las reglas se tiene que tener en cuenta que los derechos de los demás finalizan cuando empiezan los derechos de los otros, y así funcionamos en democracia.

Muñoz habla también de observar las interacciones entre los alumnos, crear un ambiente armónico a través del respeto mutuo entre los compañeros, del docente hacia los alumnos y viceversa. “No permitir ni dar lugar a la falta de respeto. Este comportamiento es indispensable para establecer un ambiente de trabajo armónico, en el cual el docente y los alumnos puedan desenvolverse libremente sin afectar al otro”, insiste.

Añade que el maestro debe ser empático. Esto quiere decir ponerse hipotéticamente en el lugar del adolescente, sin perder su posición de autoridad dentro del aula. “Esta habilidad es una de las más difíciles de llegar a consolidar, es decir, el ser capaz de ponerse en la posición de los alumnos, pero sin que ellos lo sientan como un igual, porque en ese caso perderán todo respeto por dicho profesor”.

Muñoz aconseja la interrelación de profesores y alumnos. “En ese espacio deben compartirse ideas, puntos de vista, inquietudes, entre otras cosas, pero no lazos de índole amistoso, ya que puede ser distorsionado por el alumno o alumna, quien al ser un menor puede confundir la amistad con el abuso de confianza y no hacer diferencia alguna en su trato con el docente como el que tiene con personas de su edad e inclusive puede llegar a crear situaciones confusas que le perjudiquen más que beneficiarle”.

La comunicación es muy importante, saber escuchar y también estar para dar unas palabras cuando las necesitan; no sermones, más bien orientaciones. Se les debe enseñar a expresar positivamente las emociones. “La comunicación es importante en todo ser humano y la educación no es ajena a ella, porque solo a través de ella se puede comprobar la efectividad del proceso formativo. Identificando logros que mantener y deficiencias que superar”.

Los límites: he aquí la cuestión

Es cierto que la relación debe ser horizontal, es decir, debe tratarse de crear un ambiente democrático en el cual profesor y alumnos tengan la misma importancia. Aun así es indispensable marcar límites entre lo permisible y lo que no lo es. “Hay que entender bien los roles: uno es profesor y el otro es alumno; de lo contrario, se está dirigiendo al estudiantado por el camino del libertinaje y el descontrol. Hay que poner límites, los chicos piden a gritos que se les pongan límites”.

Y, por supuesto, dentro de la comunicación, el saber escuchar. “Los niños y adolescentes necesitan ser escuchados, exigen expresar sus inquietudes, dudas, problemas y otros dilemas. El docente debe estar dispuesto a brindarles su consejo y apoyo. A veces, esto es más importante que los contenidos que se trabajan”.

Claro que también es importante que el alumno sienta que es sincero en su hablar y actuar. “De lo contrario, se puede crear un ambiente desagradable, ya que los alumnos identifican cuando el profesor simula un comportamiento ejemplar”.

La exigencia también se encuentra dentro de los límites que se deben manejar. “Ser exigente no significa recargar de tareas al alumno. Al contrario, significa trazar siempre nuevas metas a las ya alcanzadas. Los alumnos deben sentir que son capaces de lograr lo que se proponen. Es la única manera de evitar formar personas conformistas y mediocres. Trabajar en la construcción de la confianza del individuo y del grupo en sus propias capacidades debe ser una de las metas principales en las aulas. Que el estudiantado se sienta capaz, confiado en las actividades a emprender es muy importante para su desarrollo y realización a futuro”.

¿Qué sucede cuando las relaciones no son buenas? Cuando las relaciones entre alumno y maestro no son buenas, los alumnos aluden con frecuencia a una sensación de que la profesora o el profesor “es injusto”, o no actúa siempre de la misma manera ante determinados alumnos o ante ciertas conductas. Por lo tanto, para que las relaciones en la clase sean positivas, es fundamental que los maestros y maestras posean esta cualidad –y la demuestren– de ser consistentes y justos con su alumnado.

Dentro del esquema del relacionamiento entre profesorado y alumnado se debe valorar también la individualidad. “Sabemos que es muy importante el trabajo en equipo –el ser humano no vive aislado, sino en sociedad–. Aun así no se debe dejar de lado el hecho de que cada alumno es un ser individual con sus propias capacidades y habilidades”.

Lo esencial es el ejemplo. Los alumnos necesitan saber que sus profesores son ejemplos que deben seguir, que deben imitar en lo posible. Esto no se consigue solo con buenas palabras, sino a través de hechos y reglas que se van estableciendo en lo cotidiano de su vida diaria. El respeto por el mundo de los otros y por la libertad de los demás es una tarea a largo plazo que tiene su origen en la propia infancia.

Pero para que el éxito esté garantizado, los adultos deben jugar un papel fundamental, sabiendo que sus propias reacciones y actitudes vitales se copian por ósmosis. Los niños que ven cómo actúan sus padres lo hacen de la misma manera cuando van siendo mayores. Lo mismo sucede en las aulas, en las escuelas, en los colegios.

Finalmente, Joanna Muñoz manifiesta que comprender a los jóvenes no significa dejarles hacer lo que ellos quieren. “La conducta del adolescente debe ser normada, sobre todo dentro de la escuela. Los adultos no deben manifestar dificultades para asumir un rol jerarquizado sobre los adolescentes y más aún en estos tiempos en los que las relaciones tienden a ser cada vez más horizontales, tanto entre padres e hijos como en alumnado-profesorado. El profesor de alumnos adolescentes debe ser firme, directo y creativo. Esto implica trazar permanentemente nuevas metas para los alumnos, innovar con ellos, acompañarlos en nuevos desafíos y, por sobre todo, es muy importante cumplir promesas. Y cuando se detecta un problema, se debe evaluar la situación, tener una charla privada con el adolescente, definir el problema con la ayuda del equipo técnico para ver un plan de acción”, puntualiza Muñoz.

Agradecimiento: Colegio del Sol y Monseñor Lasagna.

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