Madrid, un mundo que cabe en una ciudad

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Con un envidiable sistema de transporte, una riqueza cultural que parece no tener fin, peculiares bares y floridos parques, Madrid, la capital española, tiene argumentos de sobra para convertirse en la ciudad preferida de cualquiera que visite Europa.

Pese a haber atravesado por una crisis económica de la cual aún se está recuperando, el corazón de la Madre Patria abraza a ciudadanos de todo el mundo.

Es andaluz, pero siempre la tiene presente a Madrid. Hablamos de Joaquín Sabina, uno de los nombres más laureados de la música española, quien supo plasmar en su Yo me bajo en Atocha una obra artística de estrofas pinceladas con colores madrileños y barnizadas con un sonido nostálgico.

No es para menos. Con sus más de tres millones de habitantes —una cifra que se duplica contando a los moradores de las periferias—, la capital española recibe a ciudadanos de todo el mundo, que se mimetizan en el aura de la ciudad real que, en épocas antiguas, empezaba en la popular Puerta de Alcalá.

Puerta del Sol

El recorrido por Madrid empieza, en forma casi imperativa, en Puerta del Sol, una plaza que sirve como punto de encuentro desde el cual se puede surcar a pie parte del casco histórico de la ciudad. Decenas de artistas que personifican a íconos de la pantalla grande son rodeados en forma constante por turistas invitados por la peculiaridad de los trajes y números artísticos de estos trabajadores anónimos.

Entre el trajinar del vuelo y el desempaque en el hotel surge la primera necesidad: el hambre. Madrid sabe cómo complacer a sus visitantes con una amplia gama de platos que convierten a la gastronomía de la ciudad en un abanico de distintos colores, que incluye comida de distintas regiones de España. Las patatas bravas, los bocadillos de calamares, las tostas, los pinchos y las tortillas pueden degustarse en los mercadillos, como los de San Miguel, San Antón, San Idelfonso, entre otros o, simplemente, en la barra de un bar.

Una de las costumbres que más despierta curiosidad en los comensales es el hecho de que una “cañita” (vaso de cerveza) venga acompañada de una “tapa” (aperitivo). Por 1,30 euros (lo que cuesta en promedio una “caña”), el visitante puede degustar una versión en miniatura de la comida de la ciudad que viene incluida con la bebida. Esto es algo que toma desprevenido, pero que sí genera simpatía a cualquiera que no conozca el concepto de salir de “cañas y tapas”, ya que, en la Europa turística, comer y beber por cinco o seis euros es un sueño.

Catedral gótica

Con la panza llena y la sed saciada, el visitante casual puede deslumbrarse con la arquitectura gótica de la catedral de la Almudena, el lujo del Palacio Real, la imponente basílica de El Escorial, la cosmopolita plaza de Callao y la amplia Plaza Mayor, donde no viene nada mal tomarse otra “cañita” para seguir el recorrido.

Es una buena idea posponer el recorrido por los museos para el día siguiente y terminar la jornada en el Parque del Retiro: 118 ha de verde que relajan. El césped —siempre mantenido al ras— se convierte en un colchón para descansar, al son del seseo español que arrulla y, en varias ocasiones, divierte.

El desplazamiento no es un problema en Madrid. El sistema de transporte público —bien ponderado por varios países de la Unión Europea— es sencillo y bien distribuido. La red subterránea del metro de Madrid posee 327 estaciones con 12 líneas, que recorren poco más de 320 km, que conectan —literalmente— cualquier punto de la ciudad.

Desde el metro no se logra ver Madrid, pero sí se puede sentirla. La mezcla de acentos e idiomas que se escucha en los vagones y el impacto visual de las tribus urbanas, amén de la diversidad racial, reconfirman que la Madre Patria alberga a hijos de distintas partes del mundo, que pueden expresarse con total libertad sin miradas que juzguen las apariencias y las elecciones distintas a las consideradas “normales” por las sociedades que, culturalmente, están más rezagadas.

Museos

Al igual que las capitales europeas más icónicos, el acervo cultural de España tiene su espacio en una cantidad importante de museos, de los cuales tres son cuasi obligatorios: el Reina Sofía, en el que pueden verse el Guernica, de Pablo Picasso, y obras de Salvador Dalí y Joan Miró; el Thyssen-Bornemisza, que posee obras de la familia cuyo apellido lleva el nombre del lugar; y el gigantesco Museo del Prado, que contiene Las Meninas, de Velázquez; Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío, de Goya; El caballero de la mano en el pecho, de El Greco; Las tres Gracias, de Rubens, y La maja desnuda, de Goya. Visitar los tres en un solo día sería recibir una sobredosis de arte que bien puede ser mitigada si se distribuyen los recorridos en distintas jornadas.

Madrid te abraza de día y de noche te echa un pícaro guiño. Cuadras enteras de bares pueden encontrarse en las zonas de Malasaña, Lavapiés, La Latina y Chueca, donde saborear un “chupito” (trago que se sirve en un vasito similar al del shot de tequila), un vino de las regiones vitícolas de la Rioja, de la Ribera del Duero o una “caña doble” de las marcas Mahou, Cruzcampo o Estrella Galicia, se convierte en toda una experiencia para el amante de las actividades nocturnas.

Al terminar la marcha madrileña, y haber visto toques de cultura alternativa y underground esparcidos por el ambiente, el regreso al punto de origen no es un problema después de las 1:30, hora en la que el metro cierra sus puertas. Tomar un taxi es lo más cómodo, pero caminar hasta la Cibeles para tomar el bus nocturno —al que se lo conoce popularmente como “búho”— es una experiencia con ribetes de odisea, dependiendo de la distancia de este punto. La efectividad del transporte y la seguridad son dos aliadas para el disfrute.

Tiendas de distintas marcas están repartidas en toda Madrid, pero es la calle Fuencarral, desde la estación de metro Tribunal hasta Puerta del Sol, con variadas tiendas de España y distintas partes del mundo. En la Europa de hoy no existe un estándar de moda, aparte de las “reglas” que generaron la movida hipster; al no existir un parámetro, la vestimenta es libre y los caprichos —tanto los clásicos como los extravagantes— son respetados por la sociedad local.

Luego de haber saciado el apetito comercial, un paisaje es necesario: el del Templo de Debod, un edificio egipcio muy pintoresco desde donde se tiene una vista que permite ver el atardecer madrileño. La postal atrae y desata un suspiro que termina enamorando a cualquiera de la bella ciudad.

Clásica, extravagante, pintoresca, artística, movida, pacífica y cultural, así de volátil es Madrid. Una ciudad que abraza y enamora a cualquier ciudadano del mundo, incluso a los que llegan a la capital española para “ver qué tal”. Los más escépticos, al despedirse, siempre prometen volverla a ver y ella, como en todas las ocasiones, jura esperarla con los brazos abiertos, una cañita, una tapa y ¡olé!

olopez@abc.com.py