Graciela Quintana moldea el barro con la habilidad de pocos y se posiciona con sus trabajos hechos en barro negro. Su hogar, en la ciudad de Itá, es su fuente de inspiración. Allí, en compañía de su esposo, “amasa” el barro y le va dando forma a una de las representaciones más tradicionales de la historia: los belenes, que, por estos tiempos navideños, son infaltables. Así, el Niño Dios, San José, la Virgen María, los ángeles, los tres Reyes Magos, el cordero, el burro, el buey renacen del barro para ser exhibidos en los hogares, en las iglesias.
Graciela es hija de Rosa Brítez, afamada artesana. Pero no utiliza el nombre de su madre porque quiere que su talento sea reconocido y valorado. Hoy, su desafío, es ponerse a los ojos del mundo para que sus productos tengan una cultura, una identidad y, por supuesto, un valor económico y social, tal como sueña. “Es la primera vez que me hacen una entrevista”, expresa con una sonrisa que lo dice todo. “Siempre decía que alguna vez asẽvaera la diariope ha avy’a koanga”, expresa.
Su alegría y simpatía no tienen igual. Una broma tras otra mientras trabaja. Sin duda, visitarla es contemplar esos trabajos artesanales bellísimos y pasar un buen momento. “De mi madre heredé su talento”, agrega mientras no despega sus manos del barro. Solo necesita una mesita, un recipiente con agua, un palillo y ¡manos a la obra!
Desde chiquita se inició en este menester; tenía una incontrolable necesidad de expresarse creando. Aprendió las formas de una manera autodidacta, mirando a sus alrededores, buscando cualquier cosa que le sirviera de inspiración y, sobre todo, contando con su mejor mecenas: su madre, claro.
Su sello son los nacimientos gordos. Cuenta que estas figuras salieron de un sueño. “Soñé con unas imágenes con formas grandes; ni bien me levanté, dibuje en la pared con un carbón para no olvidarme”, confiesa. Al principio, esas formas no tenían mucho sentido, pero luego consideró que eran los tres Reyes Magos, así que con la visión que tuvo creó a Melchor, Gaspar y Baltazar, y por supuesto al Niño Dios y a todos los representantes. De esta manera nació este pesebre único y muy paraguayo, que hoy simboliza su clarividencia, su inventiva, su ingenio.
Recuerda que la primera pieza que “horneó” guardó bajo su cama para que nadie le copie. “Vino a mi casa Osvaldo Codas, le mostré y me dijo que no le muestre a nadie hasta participar de una muestra que se realizaba en el Brasil. Él me anotó y mi pesebre tuvo un reconocimiento”, cuenta, feliz.
De ahí en más no paró. Hoy exhibe piezas en barro negro, naturales y otras pintadas con barro rojo. “En eso me ayuda mi marido”, expresa riendo y lo mira cómplicemente... Y vienen las historias matrimoniales... las idas y vueltas; en fin, anécdotas que hacen a la vida en pareja, pero que lejos de tomarla a la tremenda lo hace con mucho humor...
Su marido ríe. Él complementa sus labores. Es quien le prepara el barro, le ayuda en la cocción y en la pintura. Juntos tienen nueve hijos, la mayoría casados. A todos ellos alimentó, educó, vistió con su trabajo. “El menor de ellos estudia y juega al fútbol en el Club Libertad”. Tiene futuro, según cuenta.
Graciela es muy creyente. Pone todo en manos de Dios y en Él confía a la hora de sortear contratiempos. “En Él hay que confiar; con la fe todo se puede”, dice ya más seria. “En varias ocasiones el Señor nos demostró su presencia en momentos difíciles, en momentos en que con mucha convicción pedimos y se nos concedió”. Graciela también es muy generosa. No se queda con su arte, enseña, va a los colegios, y traspasa sus conocimientos a los niños con la esperanza de que surjan nuevos talentos y que la artesanía paraguaya perdure. En fin, llegar hasta su casa y participar de todo el proceso fue muy bueno. Pero el tiempo apremia, así que llegó el momento de despedirnos; además, su marido estaba de cumpleaños. “Esta noche es tu noche, mi amor”, le dice con la picardía que le determina. “Le voy a aplastar por la pared”, agrega. Con este carácter alegre, Graciela va por la vida, transfiriendo su habilidad, siendo el sustento familiar y alegrando los hogares en estas fechas navideñas. A través de sus creaciones: los pesebres gordos, es la portadora de la cultura y el arte. Su artesanía reproduce modelos y formas tradicionales, y utiliza materias primas locales. Y lo que es mejor: contagia el espíritu navideño con sus obras. Ese que nos lleva a ser generosos, bondadosos, altruistas, que nos llena de esperanza y optimismo.
Graciela evoca el Nacimiento del Niño Dios con pasión. De sus habilidosas manos salen las figuras que adornan los hogares.
ndure@abc.com.py
