Mientras las gaviotas hacen una parada sobre las rocas que sobresalen en las costas del Río de la Plata y los barcos demarcan el horizonte, un grupo de jóvenes se reúne para una sesión de yoga en el césped. Otros practican rugby, en tanto que los gremios de pescadores hacen un recuento de sus actividades.
Entre las flores del paseo central de la avenida aguardan ansiosos dos enormes perros que van a pasear sujetos con las cuerdas que sostienen sus dueños. Hay quienes van caminando en amena conversación, quienes chorrean de sudor en bicicleta y los que realizan el footing habitual más placentero. Los automóviles pasan sin molestar, al tiempo que los peatones se sienten dueños de las veredas y los ciclistas tienen su propia senda.
Tampoco faltan quienes realizan ejercicios con diversos equipos de gimnasia, veleros a punto de salir o que acaban de encallar en un embarcadero y playas con blancas arenas.
Una solitaria joven practica el clarinete en la solemnidad del Memorial del Holocausto Judío.
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Un muchacho lee amenamente el último best seller, recostado contra el muro de contención mientras las picadas aguas lo salpican.
Una mujer en patineta se cruza con quien empuja el carrito de un bebé y unos jóvenes con el torso desnudo se lanzan sobre la blanca arena de las dunas.
El pleno sol de esta época no se siente tanto en Montevideo sino después de concluida la caminata, que es cuando uno se da cuenta de que tiene la cara roja como un camarón.
Para los montevideanos, la Rambla es un fuerte espacio de encuentro, un sitio que permite disfrutar a pleno del río que bordea la ciudad y del sol que la baña. Un lugar lleno de recuerdos donde quien más, quien menos guarda una anécdota y miles de historias. Para algunos es un vicio, una obsesión, el lugar que hace amar a una urbe y recordar a los antepasados.
“En la Rambla abundan los recuerdos personales. Me son muy gratos rememorar los momentos de mi adolescencia. Siempre salía antes de hora del liceo, hasta había días en que faltaba a alguna materia para organizar con mis compañeros de clase salidas hacia la Rambla”, comenta Facundo Franco, un joven uruguayo.
Aunque la Rambla es un hervidero día y noche, los jóvenes normalmente prefieren acudir en horas de la noche, sean tibias o heladas.
La prolongada avenida, que tiene unos 22 km de extensión, bordea toda la costa de Montevideo y la demarca con gran personalidad.
Más que un “torrente sanguíneo” para la circulación vehicular, permite disfrutar de la costa de otra forma que no sea necesariamente bajando a la playa, y además es considerado como un amplio “espacio democratizador” de la ciudad, pues en ella se encuentra gente de distintos estratos sociales y de todas las edades, profesiones y orígenes. “Prácticamente no hay montevideano que, en algún momento, tanto del día como de la noche, no se haya planteado el paseo de la Rambla”, añade Facundo.
No es para menos. “La Rambla es escenario de las más variadas actividades que dependen del grupo etario y de la época del año. Mucha gente la utiliza como un lugar para hacer deportes, y sale a correr o caminar; otros simplemente como lugar de encuentro para tomar un mate o una cerveza con sus allegados”, se explaya.
También es el lugar ideal donde muchas parejas se encuentran mientras dan un paseo. No es raro que terminen jurándose amor eterno en una iglesia cercana. Los recién casados y novios están a los arrumacos contemplando la puesta del sol o la salida de la luna.
"La Rambla significa mucho para los montevideanos, incluso para los que nunca bajan a ella. Hace poco, en una entrevista, el cantante de No Te Va Gustar –la banda de rock más popular del país– dijo que era un placer saber que tenés la Rambla con el mar ahí nomás, aunque nunca vayas, pero sabés que está ahí", apunta César Bianchi, periodista televisivo.
No solamente se constituye en un paseo ciudadano por excelencia, sino en una importante vía de comunicación que interconecta la Ciudad Vieja con la nueva, el centro con la periferia, la Plaza Independencia con el Mercado del Puerto.
La Rambla ha sido propuesta como candidata a patrimonio de la humanidad de la Unesco en el año 2010. Por ella salieron a caminar o trotar los presidentes de Latinoamérica durante la última cumbre de presidentes de la región celebrada en Montevideo. El entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe, no daba crédito a poder salir a caminar sin guardaespaldas por la Rambla, sin que nadie lo moleste.
Su construcción comenzó hacia 1900 como una de las obras más ambiciosas y complejas de Montevideo, que cambió su fisonomía y marcó su existencia. El conjunto vial se hizo por tramos. Aunque no llegó a obtener la declaración internacional propuesta, la Rambla es considerada hoy un monumento histórico nacional, un balcón sobre el Río de la Plata y un verdadero antídoto contra el estrés.
La guinda la pone César Bianchi: "Es un lugar bellísimo, que le aporta identidad al país todo –lo que más extrañan los uruguayos en el exterior es el dulce de leche y la rambla, sin dudas– y me arriesgo a decir que es la envidia de Buenos Aires. Montevideo vive de cara al mar, Buenos Aires de espaldas a él. Debí decir río, Río de la Plata, pero es que aquí decimos que es río ancho como mar".
