Solo 5000 personas pueden permanecer en el pequeño pedazo de tierra de 2700 ha. Allí están prohibidas las grandes construcciones y el uso de automotores. Posee 35 km de costa, con playas arenosas y rocosas, especiales para el ecoturismo. Su peculiaridad es su ambiente natural, rústico, sin coches ni motos, solo bicicletas y lanchas.
Cada 15 minutos sale un barco hacia la isla para transportar a una veintena de turistas o a los habitantes que se trasladan a los pequeños poblados, al otro lado del océano Atlántico, para abastecerse de alimentos o realizar gestiones de servicios que no tienen en el lugar. La distancia es de unos 6 km, a 30 o 40 minutos dependiendo de si el destino es el puerto de Brasilia o de Encantadas. El tique para el barco cuesta 27 reales por persona, ida y vuelta –G. 54.000 al cambio actual de G. 2000 cada real–.
A fin de preservar su estado natural, solo 5000 personas pueden permanecer en la isla. Un panel electrónico instalado a la entrada del puerto muestra minuto a minuto la cantidad de personas que en ese momento se encuentra.
Los visitantes ocasionales se quedan en los pocos hoteles y posadas (22 en total) que hay en la isla. Hacen camping o regresan a Pontal do Sul en el último barco que zarpa a las 20:00. La tarifa para pernoctar oscila entre 100 y 300 reales la noche, dependiendo del tipo de alojamiento. Los hoteles son más caros.
La isla tiene 2762 ha de extensión, de las cuales el 81 %, o sea poco más de 2200 ha, es área ecológica. Su punto turístico es la Gruta de Encantadas, de 20 m de altura. En Brasilia, además de las hermosas playas, se puede visitar la Fortaleza Nossa Senhora dos Prazeres, su mirador y El Farol das Conchas, que desde 1872 guía a los navegantes en la bahía de Paranaguá.
La fortaleza fue construida en 1767 por el rey don José I de Portugal. Su función era proteger la bahía de Paranaguá de los piratas españoles, según la historia. Durante la Primera Guerra Mundial, se instalaron en la fortaleza 12 cañones (ocho permanecen abajo) y otros dos en el mirador, ubicado en la cima del cerro. Algunos tienen impresa la leyenda: “Arsenal de Guerra de Río de Janeiro 16 de abril de 1910”.
Visitar el mirador de la fortaleza o el farol exige destreza y buena condición física a los turistas, porque deben subir por un empinado y sinuoso sendero. Llegar a la cúspide y observar el hermoso paisaje compensa cada gota de sudor.
Al otro extremo de la isla, además de la gruta, hay hermosas playas arenosas y costas rocosas de cara al inmenso océano Atlántico, donde las olas de tres metros de altura atraen poderosamente a los surfistas. “Vienen muchos turistas extranjeros en el verano, pero los brasileños son los que más visitan la isla, especialmente los días feriados”, nos dijo en un portugués muy cerrado Fernandes (48 años), responsable del timón del barco que nos transportó hasta la pequeña porción de tierra, mar adentro.
Fernandes trabaja desde hace una década en el barco al igual que su ayudante Eduardo (35 años). Ambos se identificaron solo con su nombre de pila por el que todo el mundo los conoce.
La pequeña isla de aguas tibias, hermosas playas con grandes oleajes, atrapa a todos los visitantes. No tiene discotecas, cines, bares, solo una exuberante vegetación, que invita a vivir una jornada apacible y serena, lejos del ruido y la vorágine de las grandes urbes. Es un verdadero paraíso ecológico.
El único medio de locomoción que utilizan los lugareños para trasladarse de un extremo a otro es la bicicleta. No tiene carreteras porque no permiten coches ni camionetas, solamente lanchas, que son usadas como taxis por los turistas para ir de un extremo a otro de la isla o hasta el puerto Pontal do Sul, a una tarifa de 10 reales por persona. Se conserva en su estado natural. Tiene angostos senderos en los bosques. Tampoco hay bancos, cajeros automáticos ni cobertura de telefonía celular. Internet solo funciona unas horas en los hoteles.
Tiene dos puestos de salud, uno en Encantadas y otro en Brasilia. Tampoco tiene farmacias.
No se permite arrancar las plantas y flores, y mucho menos cazar animales.
Para comer hay pequeños y rústicos restaurantes en las distintas playas, en los que ofrecen todo tipo de comidas, especialmente las hechas a base de mariscos. Una de las comidas típicas de la isla es el arroz lambe lambe, con mariscos, pero en el menú no faltan los pescados y camarones fritos, nos explica Marcos Volpato, propietario de un restaurante improvisado en un viejo barco.
Uno de los eventos más importantes de la isla es la fiesta de Nossa Senhora dos Navegantes, que se celebra del 31 de enero al 3 de febrero.
Isla de la Miel pertenece a una de las ciudades más antiguas del Estado de Paraná: Paranaguá, una metrópolis de suma importancia gracias al puerto Don Pedro I.
La isla fue declarada patrimonio mundial por la Unesco en 1992. También, el Instituto Ambiental de Paraná la declaró reserva ecológica.
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