Un monumento en problemas

Posiblemente, el “Oratorio” o el “Panteón” asunceño sea uno de los monumentos más queridos por la ciudadanía. Es el lugar -el ágora- por excelencia donde los ciudadanos expresan sus emociones, sus alegrías o sus tristezas. Así como es receptor de las emociones colectivas, también da pena su estado de conservación.

Todavía está fresca en la memoria aquel 3 de febrero de 1989, cuando en tropel la gente fue a celebrar la caída de un régimen oprobioso en la calle Palma y en los jardines del Panteón Nacional de los Héroes. Y quién no fue hasta allí para celebrar los triunfos deportivos de a Albirroja o cualquier otro motivo de festejo colectivo.

Es el lugar común por excelencia. Es el punto donde, atraídos por una vibración incluyente, decimos ¡Presente! cada tanto. Ignoro por qué, pero el Panteón -o el Oratorio- tiene un no sé qué parecido a un imán. En algún momento de nuestro cotidiano vivir, quien más quien menos, estamos allí. Todos juntos. O solos.

Así, un día. Un día de esos en que uno quiere estar consigo mismo, habíamos ido hasta el Panteón. Pese al tumultuoso tráfico automotor de la zona, al entrar dentro del hermoso edificio, uno ingresa a otra dimensión. No puede ser de otra manera, porque el lugar es un sitio sagrado. Doblemente sagrado, porque además de ser el ámbito natural de la Patrona de la ciudad, guarda en su cripta las reliquias más caras de la heroica historia nacional.

Pero... (¡siempre hay un “pero”!), el monumento edilicio está en tan lamentable estado de conservación que, en vez de ser el mausoleo que pretende ser, tiene más de depósito que de Panteón. Y de Oratorio...

La dueña de casa

La imagen de la Patrona de la ciudad que se encuentra en el Oratorio de la Virgen de la Asunción y Panteón Nacional de los Héroes -así, en ese orden- es originaria de talleres napolitanos, fue adquirida por el canónigo de la catedral, don Alonso Delgadillo y Atienza y llegó a Asunción en 1742.

Su adquisición se hizo como respuesta a los asunceños que deseaban tener una imagen auténtica de la advocación que profesaban, pues hasta entonces era venerada como Virgen de la Asunción de María, una imagen de la Virgen de la Concepción de María, conocida como La Conquistadora, y que había acompañado a los españoles cuando llegaron a esos lares, y fue entronizada en una capilla dedicada a la Virgen de la Encarnación de María. Vaya mejunje, ¿no?

Parece ser que la imagen asunceña no llegó a sustituir a La Conquistadora, porque quedó en poder de la familia del doctor Delgadillo y Atienza. El motivo no lo sabemos, pero podemos conjeturar que allí entra a tallar una curiosa leyenda que rodea a la imagen.

Dicen que cuando vino la imagen comprada en Nápoles, en realidad vinieron dos en el mismo barco: la Virgen de la Merced y la Virgen de la Asunción. La primera para la ciudad de Corrientes y la segunda para la ciudad de Asunción. Pero hete aquí que -el diablo mete la cola en el lugar menos pensado- los embalajes habrían sido erróneamente etiquetados y la imagen de la Virgen de la Asunción -dicen- habría sido bajada en la ciudad de Corrientes; y -por lo tanto- la que llegó a Asunción fue la Virgen de la Merced. Dicen. Después de siglos... ¡Vaya uno a saber la verdad!

Bien de familia

Lo cierto es que don Alonso Delgadillo y Atienza regaló la imagen a su sobrina Lorenza Delgadillo y Garay, casada con don Juan Antonio de Zavala. Fue así que la imagen quedó en poder de una tradicional familia asunceña.

Atendiendo a los insistentes pedidos de la feligresía e incluso del Clero, los dueños de la imagen accedieron a que la imagen sustituyera a La Conquistadora, pero con la condición de que la misma permaneciera bajo el cuidado y propiedad de la familia. De esa manera la imagen pasó a “ejercer” el patronazgo de la ciudad.

La Conquistadora posteriormente pasó en poder de la familia López. Cuando estalló la Guerra de la Triple Alianza, esta imagen desapareció y luego fue encontrada en la iglesia de Villa Occidental, donde se la veneraba bajo el título de Nuestra Señora de las Victorias. Algún tiempo después, un incendio arrasó con el templo y dañó seriamente la La Conquistadora. Con relación a la imagen de la Virgen de la Asunción, podemos agregar que las esculturas de los niños que flanquean la imagen y que representan la Pasión y la Resurrección de Jesucristo, fueron adquiridas en la subasta pública de los objetos de la Compañía de Jesús (cuando su expulsión, en 1767) por el canónigo Juan Antonio de Zavala y Delgadillo, quien las legó a la Virgen en 1796.

Las andas y el arco de plata con rayos flamígeros y rectos fueron fabricados con los materiales donados por don José Canales y constituyen magníficas piezas de la platería colonial.

Las mayordomas

Durante muchos años, la imagen napolitana era guardada en la casa colonial que tuvo como últimos dueños a los Escobar Abente Haedo, hoy demolida y que quedaba detrás del Lido Bar, a pasos del Oratorio. En esa casona vivieron las mayordomas de la Virgen, descendientes de los Zavala Delgadillo. La primera mayordoma fue doña Lorenza Delgadillo y Garay, sobrina de Alonso Delgadillo y Atienza. A doña Lorenza la sustituyó doña María Josefa Rodríguez de la Peña, esposa de don José Antonio de Zavala y Delgadillo.

Posteriormente heredó la imagen doña Petrona de Zavala y Rodríguez, pretendida por el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, quien -desairado- persiguió tenazmente a la familia, a tal punto de hacer apresar y, luego de varios años, hacer fusilar a su marido, don Juan José Machaín.

A la muerte de doña Petrona de Zavala, heredó la imagen su hija Marta Machaín y Zavala. A la muerte de esta, la imagen pasó en poderde su hermana Bárbara Machaín de Haedo, quien tuvo que resistir la pretensión del Gobierno de hacerse con la venerada Virgen de la Asunción.

Un arreglo amistoso hizo que doña Bárbara donara la imagen al Estado y a la Iglesia paraguaya, pero convirtiéndose en mayordoma oficial de la imagen, en 1878.

A la muerte de doña Bárbara, ocupó el mismo cargo doña Vicenta Haedo Machaín, de quien heredó doña María Haedo de Abente. Cuando culminó la construcción del edificio originalmente destinado a capilla de la Virgen, fue convertido en Panteón Nacional de los Héroes por el Gobierno del presidente Rafael Franco. Luego del derrocamiento del mismo, el nuevo Gobierno, del doctor Félix Paiva, restituyó el edificio al culto religioso, rebautizándolo como Oratorio de la Virgen de la Asunción y Panteón Nacional de los Héroes.

Pero cuando fue terminado el altar, la imagen de la Virgen de la Asunción fue trasladada allí, siempre al cuidado de los descendientes de doña María Haedo viuda de Abente: doña Josefina Abente Haedo de Escobar, doña María Victoria Escobar Abente de Rodríguez y la actual, doña Ana María Rodríguez Escobar de Pederzani.

El Oratorio de la Virgen de la Asunción

El 13 de octubre de 1863, el presidente Francisco Solano López Carrillo decretó la edificación de una capilla para la Virgen de la Asunción, en el sitio donde antaño se encontraba la casa particular del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia.

Los primeros días de enero de 1864 empezaron las tareas, dirigidas por el arquitecto italiano Alejandro Ravizza. A finales de ese mismo año, la obra estaba en avanzado estado de construcción, pero los últimos sucesos de política internacional llevaron a interrumpir los trabajos, ante el inicio de la Guerra contra la Triple Alianza.

Durante casi setenta años, el inconcluso edificio del Oratorio ofrecía un lastimoso aspecto de abandono, agravado por un irreverente guapo’y que echaba raíces entre los ladrillos de la cúpula. Hasta bien entrado el siglo XX, en el atrio del inconcluso templo funcionaba la florería del señor Fukuoka , el primer japonés llegado al país; el negocio se llamaba Jardín Japonés, con un letrero enfrente en donde se ofertaban “coronas, canastas, cruces, bouquets y flores sueltas”.

La construcción, ubicada en la intersección de las calles Palma y 25 de Diciembre, actual Chile, estaba rodeada de antiguos edificios. Luego de varios infructuosos intentos, que incluyeron la expropiación de los edificios ubicados en la manzana -uno de los cuales fue vivienda del mariscal López- en agosto de 1929, a través de la Ley Nº 1.074, para ubicar en ella los jardines que debían rodear al Oratorio de la Virgen de la Asunción, se reiniciaron los trabajos de terminación de la obra.

El inicio de la guerra paraguayo-boliviana nuevamente interrumpió la obra, hasta que, en 1936, el Gobierno del presidente Rafael Franco resolvió terminar la construcción del Oratorio, pero dedicándolo a Panteón Nacional de los Héroes, para depositar en el lugar los restos del mariscal López.

Para la ejecución de los trabajos fue contratado el ingeniero de nacionalidad polaca Bruno Paprowsky, quien dirigió la obra, además de diseñar los perfiles de la ornamentación.

Le acompañaron los técnicos compatriotas Paleari, Bedoya, Pastor Gómez, Roque Saldívar y Miguel Angel Alfaro.

Del decorado del monumento se encargó a don Jaime Miquel, un profesional de origen catalán, egresado de la Escuela Superior de Bellas Artes de Barcelona, que había llegado al país en 1915.

Don Jaime realizaba los diseños de Paprowsky en arcilla y, luego, los vaciaba en moldes que aplicaba a los muros, arcadas y techos. El frontispicio fue diseñado por el arquitecto Tomás Romero Pereira, presidido por un grupo escultórico de corte fascista, muy en boga entonces; en el que estaban representados militares, agricultores, obreros, mujeres y niños.

Los capiteles de estilo corintio -que rematan las columnas que soportan el frontón- tienen unos 300 kilos de peso cada uno. Las escamas de la cúpula fueron hechas del mismo material del revoque. El piso fue confeccionado con varillas de aluminio puestas en forma de serpentina y cuyos huecos fueron rellenados con granito. El revoque fue hecho con una mezcla de arena blanca y cemento blanco.

El 12 de octubre de 1936 fue inaugurado el Panteón Nacional de los Héroes, siendo depositados en él los supuestos restos del mariscal Francisco Solano López y de un soldado paraguayo caído en la guerra del Chaco.

Luego de derrocado el Gobierno revolucionario y del retorno de representantes del régimen liberal, la primitiva capilla fue restituida al culto religioso, sin descuidar su condición de mausoleo.

Algún tiempo después fueron depositados en la cripta los restos de algunos próceres de la independencia, y de algunos héroes de la Guerra de la Triple Alianza y del Chaco. Hace poco más de una década, se hizo lo propio con los restos del presidente Eusebio Ayala, repatriados desde la Argentina.

S.O.S.

Dicen que no hay males que duren cien años, ni cuerpo que los aguante. Así también, que pasen ciento cuarenta años no evita a nadie sufrir los achaques. Tal el caso del señero edificio del Oratorio, o del Panteón, como comúnmente se lo llama.

El edificio, diseñado por el italiano Alejandro Ravizza, pero concluido hace poco menos de setenta años, tiene todos los síntomas de que se está poniendo viejo. El paso de los años y la cambiante realidad circundante -especialmente en lo que atañe al tráfico automotor- van introduciéndose en los resquicios de las paredes, dejando sus huellas en los viejos muros del añejo edificio.

Si bien se están realizando algunos trabajos de estratigrafía en los muros interiores y exteriores y en las pesadas puertas de madera, el monumental edificio requiere algo más que una maquillada. Necesita un profundo trabajo de consolidación para preservarlo de la acción del tiempo y las condiciones ambientales desfavorables. La elegante cúpula deja ver peligrosas grietas, por donde se filtran las aguas de las lluvias y van humedeciendo los tabiques, minando la fortaleza a la estructura.

También el piso muestra deterioros en varios lugares. Resquebrajaduras y hundimientos van destruyendo el granito, mostrando un averiado aspecto. En varias partes del interior, los revoques están levantados, amenazando desprendimientos, como el registrado hace algún tiempo. En el exterior, la cosa no va mejor. También es posible notar desprendimientos de molduras y rajaduras en las juntas de tabiques.

Recorriendo la escalera y mediante la buena voluntad de don Dionisio Villalba, cuidador del edificio desde hace 30 años, uno puede ascender hasta el coro. La vista que se tiene del recinto sólo está permitida a unos pocos, además de los integrantes del coro. Y es sencillamente espectacular, porque posibilita apreciar los dos caracteres del edificio: su condición de Oratorio de la Virgen de la Asunción y de Panteón Nacional de los Héroes.

Pero así también, con profunda tristeza, le lleva a uno a descubrir de cerca los achaques del edificio: la notoria falta de conservación, con grietas y mugre que no condicen con el sagrado recinto. El gran problema de este -como de los demás monumentos- es que no tiene un responsable directo. O sea, está a cargo de nadie: la Municipalidad se limita a pagar al cuidador y emparchar uno que otro arreglo. El Ministerio de Defensa se encarga de la guardia protocolar. Y por allí nomás. El Ministerio de Obras Públicas, el estamento pertinente, cada tanto se encarga de pintarlo y costear algún que otro revoque. La Curia se encarga de los ritos religiosos y nada más. El cuidado de la imagen y el altar está a cargo de la mayordomía.

En fin, es el caso de que cuando hay muchos maestros... El resultado: con el paso de los años, el monumento viene degradándose paulatina, pero continuamente.

Esculturas en el Panteón

Décadas atrás, cuando recién fue terminado el edificio, fue colocado en su interior un grupo escultórico que representaba a Cristo resucitado, flanqueado por dos angelitos en posición de orantes; una obra del escultor Vicente Pollarolo. El paradero actual de esta obra se desconoce.

Pero en su interior existen otras esculturas, de autoría del escultor compatriota Francisco Almeida: son las que representan a los próceres José Gaspar de Francia, Carlos Antonio López, Francisco Solano López y José Félix Estigarribia. También es obra suya la mutilada Pantera, ubicada en los jardines del Panteón. Otras esculturas existentes en el Oratorio son las que representan a san Roque González de Santa Cruz y al arzobispo Juan Sinforiano Bogarín.

Una comisión para el altar

El 4 de noviembre de 1937, el arzobispo de Asunción, monseñor Juan Sinforiano Bogarín, creó la Comisión pro altar de Nuestra Señora de la Asunción, cuya principal misión fue obtener los recursos necesarios para la construcción de un altar digno de la Patrona de la ciudad capital.

Integraron la Comisión las siguientes personas: María Haedo de Abente, Delia Clara S. de Alvarez, Felicita Ferraro de Argaña, Juana P. de Ayala, Asunción Peña de Battilana, Itina Bogarín, Virginia Cardozo de Bozzano, Judith V. de Brun, Marietta Carnevale, Carolina Crosa, Arsenia Zavala de De Gásperi, Cristina Bello de Fratta, Rafaela Machaín de Guanes, Delia Mena Porta, Silvia Heisecke de Paiva, Manuela S. de Paredes, Angela Pecci Ardoine, Luisa Pettirossi, Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez Alcalá, Leovigilda C. de Rolón, Benigna Gaona de Sosa, Benigna Sosa Gaona y Ernestina Gaona de Zubizarreta.
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