Ciudades invisibles, ciudades imposibles

Con actividades en la Estación del Ferrocarril, el Teatro Municipal, el Centro Cultural de España Juan de Salazar y el antiguo barrio asunceno Ricardo Brugada, más conocido como La Chacarita, tuvo lugar esta semana en la capital paraguaya la XI Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo. Uno de los proyectos realizados en La Chacarita es la «Casa Visokolán», a cargo del arquitecto Lukas Fúster, restaurada con materiales donados y con la ayuda de los estudiantes del Taller E de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional y de la Escuela Taller de Asunción. Ese edificio, la casa natal del recordado actor Rubén Visokolán, «Visoka» (y morada otrora, según cierta leyenda, del escritor Narciso R. Colmán, «Rosicrán»), albergó en estos días la exposición «Ciudades invisibles, ciudades imposibles».

Pabellón Paraguay / Casa Visoka. Proyecto: Lukas Fúster, Nicolás Berger, Sergio Ybarra, Guido Martinez.
Pabellón Paraguay / Casa Visoka. Proyecto: Lukas Fúster, Nicolás Berger, Sergio Ybarra, Guido Martinez.César Viveros

«Muy lindo tu pesebre», pero…

La expresión arriba transcripta (aunque sin el «pero») constituía una formula de cortesía muy usada en una hoy desaparecida costumbre navideña local: la de visitar pesebres (1). Esta costumbre fungía al mismo tiempo de práctica de cohesión comunitaria y de prestigio social competitivo.

Vistos (también) como «navidades» en cierta forma, los foros de arquitectura (a caballo entre la cohesión profesional y el prestigio competitivo) suelen destacar las virtudes de tales o cuales proyectos singulares. Y esta práctica, inherente –claro– a las funciones propias de estos foros no deja de resultar saludable y necesaria.

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Pero no menos saludable y necesario es preguntar: ¿cuáles son las condiciones sociales de producción del espacio, y, más concretamente, cuál el contexto urbano en el que se insertan los proyectos?

Así, sin aspirar a novedad alguna y desde interrogantes abiertos, esta muestra busca –antes que respuestas– generar algunas preguntas sobre la presente relación proyecto/ciudad; sobre el lugar del proyecto en la ciudad. O –inversión para nada retórica– sobre el lugar de la ciudad en el proyecto.

Impostación, invención, interacciones

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A este efecto (a modo de «disparador») se impostó la cartografía de Roma de Giambattista Nolli de 1748, la cual –más allá de sus valores referenciales topográficos, matemáticos y plásticos– consignaba desde su particular relación figura-fondo los usos privados y públicos del espacio urbano (2).

Se seleccionaron así proyectos programática y temporalmente muy diversos (desde el siglo XVIII hasta la actualidad) en los que sin embargo cabría ubicar como denominador común una interacción (¿deseable?) obra-ciudad.

Sea que esta interacción se sustantive visualmente (continuidad espacial, transparencia, porosidad) o funcionalmente (potenciales usos públicos o al menos diversos del espacio interior proyectado) o desde ambos parámetros.

Cabe aclarar que estos parámetros se asumieron como relativos y aun problemáticos; como un territorio «gris» –dicho así– cuyas fronteras –lábiles– no quedarían del todo delimitadas. Por el contrario: se trataría de territorios siempre variables/negociables, que hacen a la propia problemática que se busca poner en foco (3).

Como sea: a partir de los citados proyectos se propuso la construcción de una ciudad ficticia, de collage; una «contra-Asunción», en cierta forma, vista la progresivamente fragmentada y excluyente condición de nuestro espacio urbano actual.

Pero también una «pro-Asunción» posible, atendiendo a que la construcción de cualquier ciudad resulta tanto de lo pragmático/material/factual como de la invención que –finalmente– impulsa el deseo.

Aunque no taxativamente, se propone entonces una suerte de «muestrario relacional» espacio público/espacio privado (proyecto/asentamiento) desde sustantivaciones temporales concretas de estos nexos, en proyectos de programas muy variados, según se señaló.

Por ejemplo: las galerías frontales de las tipologías habitacionales de los siglos XVIII y XIX (no improbablemente con antecedentes en las viviendas colectivas de los pueblos misioneros de indios del XVII) tendían a fusionar lo público y lo privado en esos espacios de transición (galerías). Y posteriormente, entrado el XIX, cabría identificar en programas entonces novedosos (como fue el caso de la estación ferroviaria) similares persistencias relacionales proyecto-ciudad.

Vinculaciones que desde otro lenguaje se prolongaron en obras referenciales de la modernidad arquitectónica local (como el hotel Guaraní o el Colegio Experimental Paraguay-Brasil, entre otros). Vinculaciones que tampoco resultaron ajenas a ciertos proyectos de las décadas de 1970 y 1980 (edificio Parapití, Círculo Paraguayo de Médicos, atendido, al menos, el diseño original de este último).

Persistencias relacionales ciudad-proyecto que aún se sustantivan en contextos de tenencia privada del espacio, como en los casos más recientes del Cepes, Teletón, la sede de la Conferencia Episcopal Paraguaya o el Centro cultural de España, que, si bien se ubican en solares privados, no excluyen por eso un potencial usufructo público-ciudadano.

Espacio y Política/ Políticas del espacio: algunas preguntas

En este sentido: ¿la relación proyecto/ciudad remitiría finalmente de una cuestión política en la doble acepción de polis y ciudadanía?

Si la condición humana, el modo esencial de ser en el mundo –a más de por la Labor y el Trabajo– pasa fundamentalmente por la Política (Arendt dixit) y esta se sustantiva básicamente en el espacio público en tanto posibilidad metafórica y literal/efectiva de «ver y ser vistos», entonces: ¿cuál sería el lugar del espacio público hoy (vale decir, de la propia ciudadanía, asimetrías incluidas (4) en entornos urbanos de progresiva y excluyente compartimentación social, concomitante con la ausencia de lugares compartidos?

Correlativamente (y esto es vieja cosa sabida, de «manual») la mercancía comporta un carácter homogéneamente abstracto –contradictoriamente diferenciado al mismo tiempo– a fin de facilitar su intercambialidad (5).

Y a este axioma del capital no escapan ni el proyecto ni el propio espacio urbano que, de hecho, hoy parece habernos mutado de «ciudadanos a consumidores», según propuso García Canclini (basta rememorar programas paradigmáticos del capital global, shoppings –vistos ahora desde otro lugar–, supermercados o gasolineras, puestos por caso, que son similarmente «clonados» en Quito, Asunción o Sao Paulo).

¿Se trataría entonces de abordar desde lo político (urbano) no solo la recuperación de la ciudadanía sino también la del propio tópos, en tanto especificidad locacional, que aparecería hoy secuestrada por la lógica intrínseca del capital global/ubicuo? Obviamente, no responderemos aquí estas ni otras tantas preguntas vinculadas. Tampoco –se dijo– es esa la finalidad de esta muestra, sino lo contrario.

Pero si –más modestamente– podríamos propiciar algún mínimo escenario –por sesgado que pueda parecer– para hablar de estas cosas, dado que en los foros de arquitectura (también) se habla de estas cosas, naturalmente.

Se trataría en breve –y ojalá que así sea el caso– de «tirar la(s) piedra(s)… sin esconder la mano».

Notas

(1) Décadas atrás, antes de que el consumo y las industrias culturales anexas tomasen nota de los rituales públicos y privados, las familias visitaban los pesebres de sus vecinos y la citada expresión –previa ingesta de clericó, versión local de la sangría– hacía las veces de agradecimiento y despedida para los visitantes.

(2) Mutatis mutandi, naturalmente, atendiendo a que las modalidades de sociabilidad del siglo XVIII distan abismalmente de las presentes; pero de eso precisamente se trataría: de preguntar/dialogar/repensar la condición de lo público en el presente.

(3) Después de todo: ¿qué tan incorrecto resultaría afirmar –según otros ya han señalado– que los espacios públicos hoy, las plazas, más concretamente, no se sustantivan en los chats de internet y en los shoppings –virtualmente en el primer caso y físicamente en el segundo?

(4) Sin que esta necesidad de verse –y oírse– mutuamente implique ausencia de individualidades o aun de asimetrías o diferencias entre los sujetos; diferencias que admiten una relativa intersubjetividad que (potencialmente) daría pie a una «negociación» en y desde el espacio público: «…la realidad de la esfera pública radica en la simultánea presencia de innumerables perspectivas… en las que se presenta el mundo común, para el que no cabe inventar medida o denominador común. Pues, si bien el mundo común es el lugar de reunión de todos (la “mesa” común representada por el espacio público), quienes están presentes ocupan diferentes posiciones… Ser visto y oído por todos deriva su significado del hecho que todos ven y oyen desde una posición diferente»; Hanna Arendt, La condición humana, Buenos Aires, Paidós, 2009, p.66 (entre paréntesis agregados).

(5) «Al mismo tiempo que se desarrolla ante nuestros ojos la tendencia hacia una absoluta homogeinización de nuestro entorno, podemos observar una tendencia opuesta hacia su extrema diferenciacion (excluyente) y fragmentacion (social)… Guetos de todo tipo proliferan en nuestras ciudades, incluyendo zonas exclusivas… Nuestro hábitat es constamentente fracturado en parcelas y lotes para facilitar su venta y compra», Patricio de Stefani, El espacio abstracto o la mercancía como espacio, ordenartificial.worldpress.com; consultado: 08/2019.

javierraz@yahoo.es

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