La guitarra, según Cayo Sila Godoy

Aprovechando que acaba de concluir la XV Feria Internacional del Libro «Caaguazú Lee», celebrada esta semana en Coronel Oviedo con el lema «Centenario de Cayo Sila Godoy 1919-2019», hoy recordamos al gran concertista y compositor de guitarra clásica nacido en esa ciudad –entonces llamada Ajos–.

Cayo Sila Godoy, álbum ‘El Mundo de la Guitarra’, recopilatorio (Aramí Concierto).
Cayo Sila Godoy, álbum ‘El Mundo de la Guitarra’, recopilatorio (Aramí Concierto).GENTILEZA

Entre sus nervios luminosos la guitarra retiene la vejez del mundo. Hay que buscarla en el regazo de la fábula, en las rodillas de los antiguos dioses, donde brilla como diamante nocturno. A veces nos familiarizamos tanto con las cosas que olvidamos desde qué enormes distancias nos llegan, de qué profundidad del tiempo cae en nuestras manos un objeto. Así nos pasa con la guitarra: apenas la vemos como una oscura y diminuta estrella apagada. Admiramos su juventud y no pensamos en su admirable vejez.

La guitarra nace del nebuloso mundo mítico como una luna que se levanta del mar. Cuenta Homero que el alado adolescente Mercurio robó las vacas de Apolo y para aplacar la ira del dios construyó la primera cítara con un caparazón de tortuga forrado con el pellejo de un animal. Con esa primitiva guitarra, Mercurio se hizo perdonar el delito.

La primera cítara llega desde entonces hasta nosotros atravesando la noche de los tiempos con el nombre apenas cambiado. Podemos reconocerla en la quittara omega, reminiscencia etimológica muy nítida de cítara, y luego en la guiterna hispano morisca, que ya preforma el nombre definitivo, con todos sus derivados: vihuela, sistro, laúd, bandurria, gusla, mandolina. Este legendario origen define desde el principio su destino.

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La guitarra sería entonces un producto de sublimación, puesto que nace como desagravio de un delito. Y este, el de la corrección, es en verdad el sentido profundo del arte: impulso de transfiguración, desplazamiento hacia la luz desde la zona crepuscular y fangosa del alma humana. Para pagar su culpa con música, Mercurio fabrica una guitarra y su arte devuelve la alegría a Apolo. Luego el instrumento de estirpe mítica se enriquece en manos de los hombres a través de sucesivos avatares que acompañan las peripecias de la raza humana.

La guitarra canta, llora o suspira en los campamentos sobre el pecho de los guerreros, peregrina a lo ancho de la tierra cruzando fronteras sin más pasaporte que su embrujado sonido, escala balcones a hombros de juglares y trovadores, se desliza en cámaras regias, solloza en humildes caseríos. Anda y anda, porque en su destino trashumante no hay reposo posible. Su profunda mirada se posa en todos los paisajes y cuando suena en el silencio de las noches del mundo, en alguna parte, estremecida de alegría se enciende una lámpara temblorosa y es como si ardiera en medio de la niebla una mecha empapada con el aceite de un tiempo infinito.

Esta es la fabulosa riqueza de experiencia encerrada en el corazón de madera de la guitarra. Un mundo como un reino íntimo, delicado y profundo, como una gran ciudad de diamante que resplandece en la oscuridad y se ve diminuta por la distancia. Su voz nos llega de lejos, suavizada por la brisa de las colinas, alisada, constelada por las mil voces que la envuelven, luciérnaga que cruza el valle de la sombra.

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Este es el regalo y el poder de la guitarra que mana de ella como el olor de la fruta fresca y madura, vida de cuerpo joven, tenso por el amor: «Tiene la boca de fuego y la cintura de azogue. Que nadie la bese, que nadie la toque».

Porque la guitarra está henchida de misterio, porque sigue siendo la luna emergida del mar de la fábula, el tocador de guitarra se nos aparece siempre sombreado por un leve aire de magia. Un son de guitarra es una puerta que se abre donde nunca la hubo y es el guitarrista quien entra con sus quimeras, apoya las manos vertiginosas en el cordaje y dispara flechas de fuego con el mítico arco de seis cuerdas. El resto son puras fantasías.

El maestro de la guitarra culta cuyo nombre completo es Cayo Evaristo Sila Godoy Echauri nació el 4 de diciembre de 1919 en la compañía Santa María (actual colonia Carlos Pfannl), Ajos (actual Coronel Oviedo), donde su abuelo Concepción Godoy tenía una estancia. En 1922, a los tres años de edad, se mudó con sus padres, Evaristo Godoy Alfonso y Basilia Echauri Cáceres, a la ciudad de Villarrica, de donde era oriunda su madre. Sila Godoy llevó con orgullo su doble gentilicio de guaireño y ovetense, y aunque casi todas sus biografías lo presentan como oriundo de Villarrica, en su partida de nacimiento Ajos figura como su pueblo natal. Falleció en Asunción el 2 de septiembre de 2014. En su homenaje, todos los materiales editados por el Fondo Nacional de Cultura (Fondec), la Municipalidad de Coronel Oviedo (Resolución 027/19) y la Gobernación de Caaguazú (Resolución 0764/19) llevan este año el lema «2019 Centenario de Sila Godoy».

catalobogado@gmail.com

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