Paraguay no es Tebas

De «las Antígonas que resisten y se enfrentan, y que todavía no somos» escribe hoy Julio de Torres a propósito de la obra de teatro “Antígona inmortal”, que presenta su última función esta noche en el Arlequín.

Roxana Lezcano en “Antígona inmortal”, que baja hoy de escena en el teatro Arlequín.
Roxana Lezcano en “Antígona inmortal”, que baja hoy de escena en el teatro Arlequín.Ana Gaona

Las «funciones» de los ocupadores de cargos públicos, políticos, como las «máximas» autoridades de los ministerios y secretarías ejecutivas, siguen suscitando en todas las dimensiones –a la cultural nos hemos referido el domingo antepasado– el cuestionamiento a la ética del funcionario público que, a sabiendas de los resultados de su mala praxis, sigue aferrándose al cargo. Incluso muchos funcionarios públicos con cargos dependientes lo hacen legitimando la infructuosa y perjudicial gestión de sus instituciones para «no perder la confianza de la máxima autoridad» con quienes, con la más repugnante flagrancia, violando todos los preceptos de la ética, deshonran a todos los ciudadanos.

Los círculos de poder en Paraguay son un caldo de cultivo que hace posible la proliferación del virus de la corrupción. El apañamiento entre los comensales es mutuo y no basta la eficacia de las redes sociales, que viralizan los diferentes casos de manera inmediata, para mostrarnos cuán equivocados estamos a la hora de no exigir o reclamar. De hecho, permitir semejante manoseo pone en duda nuestro honor, pues la alta traición de quienes están «arriba» sigue impune.

En cuanto al honor, hablar de Antígona es ineludible. La concepción del honor permanece inmutable con el paso de los siglos. Es imposible no admitir la contemporaneidad de los clásicos tanto de la antigüedad como del teatro áureo español e isabelino, fácilmente concebibles desde nuevas miradas discursivas y escénicas. En el caso de Antígona, la última de la trilogía tebana, Sófocles, sin saberlo, ha rendido culto a Eón, dios del tiempo eterno, inconmensurable, que ha bendecido la persistencia de su obra, y esquivado las dádivas cuantificablemente limitadas de Cronos. De hecho, las posturas decimonónicas que niegan hoy a Antígona su misión de reflejar la actualidad en sus episodios, por ejemplo, en el enfrentamiento de la honra con la «justicia» patriarcal, resultarían hasta vergonzosas.

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¿Quién, con dos dedos de frente, negaría que la firmeza de Antígona para salvaguardar la honra de su linaje es inversamente proporcional a la salvaguarda de nuestra honra hoy, en Paraguay, a la hora de reclamar, en la esfera pública, lo que nos corresponde? Y no, no han bastado los tremendos deslices con los que se atraganta el Ejecutivo y que tuvieron destaque notable en la prensa desde el caso del tratado de Itaipú, pasando por el caso Lamborghini y que terminan, por ahora, en el caso de la «fuga» de Arrom, Martí y Colmán a Finlandia, situación que nos remite a la debilidad absoluta de nuestras instituciones.

Antígona y su hermana Ismene dan cuenta de que Creonte, el nuevo rey de Tebas, prohibió darle sepultura a Polinices, hermano de aquellas, en represalia por su actitud destructiva. Antígona, consciente de que cualquier desacato a la ley podría costarle la vida y tras la prohibición de su hermana de cometer ninguna imprudencia, tras el primer agón de la tragedia termina por sepultar el cuerpo malhecho de Polinices y honrar a su familia. Esta actitud genera el incidente que desencadena el conflicto. El conflicto tiene su génesis en los deseos de Creonte de apresar a la responsable de la sepultura de Polinices, cuya orden termina siendo acatada. En la obra original, un guardián acaba encontrando a Antígona terminando la sepultura de su hermano. Apresada y a merced de Creonte, tiene lugar el segundo agón de la tragedia, de notable potencia. El Corifeo, secundado por Creonte, reivindica que Antígona, al igual que su padre, «no sabe ceder ante el infortunio», acusación similar a la que puede apreciarse en la precuela. Finalmente, Antígona es condenada a ser sepultada viva.

Antígona inmortal, la adaptación de Juan Méndez que se nos ofrece en Asunción y que baja hoy, rescata el enfrentamiento principal de la tragedia original entre la justicia y el honor. La ecuación perfecta que podría explicar y someter a debate la situación de Paraguay cuyos ciudadanos, conscientes de su situación, no obran ni en favor de la justicia ni en favor de su honor. En la Tebas de Antígona la ecuación es más compleja por el enfrentamiento de dos valores que están sobrepuestos y compiten entre sí, mientras que en Paraguay están ausentes.

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El entierro de Polinices suscitó la rabia de Creonte y, en su afán de hacer «justicia», condenó a Antígona a pesar de los vaticinios de Tiresias. No hay Sofrosina que soporte tanta hybris como la de aquél, lo que evidencia la postura asumida por Sófocles y su adscripción al honor en lugar de a la justicia. Es por eso que castiga a Creonte, quien, queriendo obrar a favor de esta, se hunde cada vez más en su horrible destino.

Volviendo al tema del honor de Antígona frente a la «justicia» de Creonte, personaje hoy concebible como un símbolo del régimen patriarcal, propio de la sociedad tebana y no poco extraño en la actualidad, es necesario poner énfasis en las posibilidades de enfocar Antígona desde el feminismo, lo cual es sumamente válido y verosímil. De hecho, los fragmentos de «Tumbas que cantan» de la poeta paraguaya Mónica Laneri integrados a la adaptación de esta Antígona inmortal remarcan un discurso del que la reivindicación de la identidad femenina rescata valores importantes. El enfrenamiento de Antígona a Creonte es transpolable a la situación de las mujeres de hoy ante la violencia de género, o a la situación de las «minorías» frente a la discriminación injusta. De ahí que se insiste con la contemporaneidad de un clásico que refleja su carácter de «oráculo» que ha deparado, hace siglos, el destino de la humanidad ceñida a ese eterno retorno que nos remite al origen constantemente.

En Antígona inmortal, y en especial en los fragmentos de Laneri, se nos muestran las Antígonas que resisten y se enfrentan, y que todavía no somos. Símbolo de resistencia en esta era del establishment, del statu quo, de la apatía y de la indiferencia, Antígona sigue siendo, para nosotros, una utopía. Por eso Paraguay no es Tebas. Ni en él se enfrentan los valores que, mínimamente, lidiaron en Tebas, en tiempos de Edipo, ni mucho menos uno de los dos valores sobresale en detrimento del otro. La ausencia del honor y de la justicia permanece y permanecerá.

En Paraguay, Polinices nunca sería sepultado.

Antígona en Asunción

Antígona inmortal, que baja hoy en Arlequín Teatro (Antequera 1061 casi Teniente Fariña) a las 20:00 horas, cuenta con las interpretaciones de Roxana Lezcano (Antígona), María Liz Barrios (Ismene), Juan Méndez (Creonte) y Alberto Pereyra (Tiresias). La dirección general es de Alberto Pereyra.

jj.detorrespy@live.com

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