La libertad y sus inconvenientes

Detrás de las estatuas, los obeliscos y los monolitos que vemos cotidianamente en plazas, parques y paseos existen a veces historias tan fascinantes como esta que, atravesada por las vívidas figuras del anarquista español Rafael Barrett, el poeta guaireño Ortiz Guerrero y el terrible coronel Albino Jara, entre otros ilustres, nos cuenta el escritor Catalo Bogado.

Estatua de la Libertad, Villarrica, Paraguay   
(SouthAmericanPostcard.com)
Estatua de la Libertad, Villarrica, Paraguay (SouthAmericanPostcard.com)gentileza

Hay gente que cree que los monumentos están de adorno o para descanso de las palomas en las plazas. Pero no. Detrás de cada estatua, obelisco o monolito hay motivos: la libertad, la democracia u otros anhelos intangibles. En nuestro país, muchos de los que vemos en parques y paseos son obras del escultor Francisco Almeida (Asunción, 1882-1960), que realizó sus estudios artísticos en prestigiosos centros de enseñanza de Roma y París.

Entre las numerosas obras de Almeida están las figuras de Rodríguez de Francia, Carlos Antonio López, Francisco Solano López, José Félix Estigarribia, el león del Oratorio de la Virgen de la Asunción y Panteón Nacional de los Héroes, la estatua del fundador de la ciudad de Asunción, de la Libertad en Concepción, San Bernardino y otras ciudades. Pero hoy hablaremos de la Libertad de Villarrica y de los seis años de retraso en su construcción.

En 1911, en todo el país se proyectó festejar el primer centenario de vida independiente de Paraguay. Pero las manifestaciones que recorrían las calles, en especial las de Asunción, Villarrica y otras ciudades, pronto degeneraban en expresiones hostiles al presidente de la República, coronel Albino Jara, contra quien los manifestantes proferían gritos de repudio: ¡Muera el tirano!

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En medio de esa turbulencia, el Centro Estudiantil del Guairá, integrado por Ortiz Guerrero, Ramos Jiménez, Facundo Recalde, Natalicio González y otros amigos, había solicitado permiso a la Municipalidad para encumbrar una réplica de la «dama que con su antorcha encendida ilumina el mundo inspirando la Libertad». Con la anuencia de la Junta, el Centro había iniciado los trabajos a cargo del maestro constructor don Cipriano Brizuela, pero, debido a «inesperados» hechos políticos, apenas lograron levantar «una columna piramidal» que fue solemnemente inaugurada el 14 de mayo, descubriendo la placa con la leyenda «1811-1911. A los Próceres de Mayo. Centro Estudiantil del Guairá».

Mientras tanto, en Asunción, la situación se hacía insostenible para el presidente Albino Jara por haber llevado al extremo sus actos de violencia: apaleamiento a manos de esbirros policíacos de los estudiantes que intervenían en manifestaciones; censura de la prensa en general y clausura de los órganos opositores. Ya el órgano de combate del español Rafael Barrett y el argentino José Bertoto, Germinal, había sido clausurado, y los periodistas, llevados presos por haber publicado un artículo contra el coronel Jara. Visitados en su celda los redactores por el presidente, este, revólver en mano, exigió a Bertoto que se tragara el papel donde estaba impreso el artículo, siendo obedecido en el acto. Invitado a hacer lo mismo, Barrett dirigió a Jara una glacial mirada de desprecio, diciéndole:

–Todo lo hubiera creído de usted, coronel, menos que fuera un cobarde.

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Estas palabras, pronunciadas con admirable serenidad y presencia de ánimo por un hombre indefenso, desarmaron al airado militar, que, avergonzado de sí mismo, enfundó su revólver y se retiró.

Tiempo después, amenazado por una interpelación promovida en el Congreso a raíz de los hechos de violencia, el coronel presidente llegó al colmo de arrancar sus renuncias a los parlamentarios opositores a cintarazos que administraba personalmente, como lo hizo con el anciano senador don Francisco Campos en prisión.

Los abusos del coronel Jara parecían no tener freno, hasta que un día un jefe de su máxima confianza y amistad, el mayor Tomás Mendoza (Mendocita), lo sorprendió, lo encerró en una prisión y lo apremió a entregarle su dimisión. Viéndose abandonado por sus adictos, Jara tuvo que renunciar y resignarse a ser embarcado el 5 de julio rumbo a Buenos Aires.

Reunido el Congreso, aceptó la renuncia del presidente y, sin más preámbulos, designaron presidente provisional de la República al señor Liberato Marcial Rojas, quien conformó su gabinete con las siguientes personas: doctor Alejandro Audibert, ministro del Interior; doctor Francisco L. Bareiro, ministro de Hacienda; doctor Teodosio González, ministro del Exterior; doctor Federico Codas, ministro de Justicia, y coronel Américo Benítez, ministro de Marina y Guerra.

Pero pronto el coronel Jara volvió cruzando el Paraná para vengarse de las humillaciones. Villarrica abrió sus puertas a los rebeldes que venían de Encarnación a la orden del coronel. Los oficiales Sosa y Oliver, que fueron comisionados para repeler un amotinamiento en Ñeembucú, habían entregado todas las fuerzas de sus comandos a su antiguo jefe Jara en Humaitá. Dueño de la dirección suprema de todas las unidades militares, el coronel Jara se trasladó por las Misiones a Ka’i Puente –Coronel Bogado–, donde se le unió el comandante Núñez con su regimiento. De allí, el ejército jarista, con más de dos mil hombres armados y numerosos jefes y oficiales, se dirigió a Villarrica; una vez en esta ciudad, dispuso instalar su cuartel general, ocupando todos los establecimientos públicos y varias casas particulares, en especial de las personas contrarias a sus planes.

Al segundo día de la ocupación de la capital guaireña, el coronel Jara, comandante de las fuerzas revolucionarias, mandó llamar al intendente de la ciudad, Arturo Voigt, y le obligó a entregar todo lo guardado en el arca municipal. El monto «prestado» al coronel ascendió a dieciocho mil pesos fuertes, suma que estaba reservada para el pago al señor Shalmann por la construcción del Teatro Municipal. Para tranquilidad del jefe municipal, el coronel expidió un hermoso recibo con su firma y la leyenda, en mayúsculas: «Por préstamo de inversión».

También la estatua de la Libertad fue postergada. Recién en febrero de 1917, a propuesta del señor Alberto Figón, se volvió a licitar su construcción, fue adjudicado Francisco Almeida, quien la realizó por la suma de diez mil pesos, se inauguró el 25 de noviembre y desde entonces se yergue en la plaza que lleva su nombre en Villarrica.

En el año 2015, bajo los auspicios de la Comisión de Damas Guaireñas, el arquitecto Albán Martínez y su equipo de trabajo restauraron el monumento a la Libertad con la esperanza de que ningún déspota vuelva a manchar su nombre.

catalobogado@gmail.com

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