La versión de los demarcadores era falsa

Las consecuencias en esta parte del mundo de la firma del Tratado de 1750 entre España y Portugal forman una cadena de acontecimientos graves y complejos.

Ruinas de la Catedral de San Miguel Arcángel
Ruinas de la Catedral de San Miguel ArcángelArchivo, ABC Color

El regreso de los marcadores portugueses a Sacramento y de los indígenas a Buenos Aires, en lugar de aclarar lo que había sucedido durante el encuentro de ambos grupos en Santa Tecla, sólo sirvió para oscurecer aún más los acontecimientos. No sólo cada grupo tenía su propia versión, sino que incluso cada individuo, interrogado de manera aislada, daba la suya propia, estableciéndose una enorme diferencia entre unas y otras.

«Y la razón o sin razón que para esto tuvieron, cual pudo ser, sino la ya insinuada de buscarle algún fundamento a la calumnia que ya sin ninguno se había levantado en Castillos antes que ellos saliesen de allí para Santa Tecla. Y este fundamento ya ellos veían que totalmente se desvanecía, si se refería con fidelidad y sin quitar ni poder algo al dicho de los indios. Porque diciendo estos, como dijeron, que el gobernador así se lo tenía mandado, precisamente su dicho (si era verdadero) se había de referir no al tiempo presente del tratado ya sabido y publicado, sino solamente al pretérito y antecedente al tratado mismo o a su publicación y noticias que de él nos trajeron los reales comisarios cuando vinieron a ejecutarlo. Y que en este tiempo, en que ciertamente lo mandó el gobernador, lo mandasen también o lo encargasen el padre superior y el padre cura, y aun el provincial (que entonces fuese) y el padre general a quien también dicen los indios que citaron no había inconveniente ninguno en que todos así se lo mandasen o encargasen; antes lo podían haber en que así no lo hiciesen. Y por esto está tan lejos eso de ser vituperable en los padres misioneros o no misioneros, que cede en mucha alabanza suya y prueba la uniforme fidelidad con que todos consignaban, cuanto estaba de su parte, aguardarle a la corona de España estos sus dominios libres de la usurpación que de ellos ya se sospechaba que pretendían hacer los portugueses por este lado de oriente, como se sabía que por los del poniente y norte se los iban furtivamente usurpando» (1).

«Casi o sin casi, por la misma causa omitieron los calumniadores del nombre del padre provincial que el del gobernador porque también era claro que el provincial que tal hubiese mandado o encargado a los indios no podía ser el presente, que jamás había estado en sus pueblos, antes bien era el que siempre desde la provincia y retirado por más de doscientas leguas de ellos desde que empezó su provincialato había empezado con todo ardor a dar forma de que se les persuadiese a los indios no solamente que dejasen entrar a los portugueses a sus tierras, sino también a que se las dejasen todas, juntamente con sus pueblos. Con que era preciso que el padre provincial a quien citaban los indios no fuese el presente sino algún otro de sus antecesores en el oficio; y por consiguiente el mandato tampoco era del presente ni de después de la noticia del tratado, sino de otro o otros anteriores a ella. Y en fin, por la misma y aún más urgente razón suprimieron el nombre del padre general de la Compañía los demarcadores, si fue verdad que los indios (como ellos dicen) lo expresaron. Y fue mucho que no expresasen también el del papa; como no hay que dudar que lo hubieran expresado si se les hubiera ofrecido que conducía a su negocio, o favorecía a su intento; así como los calumniadores, porque conducía al suyo dejaron de expresar al gobernador y al provincial porque con eso les parecía (aunque mal) que dejaban probado con el testimonio falso o verdadero de los indios que el padre superior y el cura actuales, ahora de presente les habían encargado a los mismos indios que no dejasen entrar en sus tierras, y mucho menos en sus pueblos, a los portugueses. Sí. Porque suprimida la mitad de dicho testimonio es, a saber, que el gobernador y el provincial lo habían mandado; quedaba sola la otra mitad de que lo habían mandado o encargado el superior y el cura. Como si no hubiese habido en las misiones jamás otro superior que el de entonces, ni en el pueblo de San Miguel más cura que pudiesen haber hecho un tal encargo a los indios, y más cuando por diez o más años habían dado dichos portugueses tan claros indicios de que pretendían o furtiva o astutamente, o de otro modo, apoderarse de dichas tierras, como expresamente se lo dijo el año de 1740 el padre provincial Antonio Macioni a los padres misioneros cuando en su visita le dijeron estos los artificios o patrañas con que se dejaban ya ver los exploradores portugueses, que ya dije, en las tierras, y aun en los pueblos de los indios» (2).

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«Reducido todo a pocos términos: de la misma manera habla el sentimiento de los indios respecto del gobernador y provincial, que respecto del superior y cura, respecto de los dos primeros habla de mandatos, órdenes o encargos antiguos, y no modernos: luego de antiguos y modernos habla respecto de los otros dos segundos. A más de que aunque los indios hubieran hablado como los demarcadores quisieron entenderlos, y como lo necesitaban para no dejar en el aire y sin fundamento la calumnia que se levantó en Castillos, no más porque se quiso; decir qué otra cosa podía sacarse sino que los indios por llevar adelante su empeño, les dijeron a los demarcadores una mentira totalmente increíble, y que los demarcadores, porque les tenían cuenta a sus intentos de calumniar a los misioneros con algún fundamento aunque fuese levísimo, la creyeron como si fuera un Evangelio, o los que la decían fuesen unos evangelistas» (3).

«Y para ver que la tal mentira era increíble y sin verosimilitud ninguna, no es menester más que hacer alguna corta reflexión sobre lo que ya queda dicho de lo que hizo con los dichos miguelistas así el superior como el cura o los dos superiores y los dos curas que en aquel corto tiempo tuvieron. Porque o hablaron del superior que acababa de serlo, y ese fue el que la primera vez les persuadió que se sujetasen a la mudanza; o del que acaba de entrar a serlo; y este también es constante que por lo menos dos veces les habló y con todo ardor sobre lo mismo en medio de sus albortos, y que en la una de ellas, cuando ya se despedía de ellos, pareciéndole que los dejaba ya convencidos a sosegarse y a mudarse, le dijeron por despedida que por lo que tocaba a la mudanza no había ya nada en lo dicho; y en la otra le perdieron más a las claras el respeto, y es cierto que no sería porque les aconsejase que no dejasen entrar en sus tierras a los portugueses. O hablaron del cura que actualmente tenían. Y ese ya dijimos lo que padeció con ellos sobre persuadirles que se mudasen, hasta llegar por esa causa a caer gravemente enfermo» (4).

«Del otro que se huyó de ellos porque no le quitasen la vida, ya también se dijo algo de cuánto antes hizo y padeció por esa misma causa de persuadirles que dejasen su pueblo y tierras a los portugueses, con la advertencia que todo lo que de él queda dicho, lo saqué de la declaración que él hizo jurada verbo sacerdotis. En conclusión, de ningunos otros misioneros podía decir tal cosa con menos credibilidad que de los cuatro. Por eso de ninguno de ellos se dijo, ni del tiempo entonces presente y después de la noticia del tratado, sino de antes de ella, como decíamos antes» (5).

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Notas

(1) Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

(2) Ibid.

(3) Ibid.

(4) Ibid.

(5) Ibid.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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