Estaban dispuestos a morir combatiendo

El Tratado de 1750 firmado por las coronas de España y Portugal requirió el abandono, por parte de los indígenas, de siete pueblos de las misiones de la provincia del Paraguay que ellos y sus antepasados habitaban desde hacía más de un siglo y medio. Las consecuencias en esta parte del mundo forman una cadena de acontecimientos graves y complejos.

Ruinas de la reducción jesuítica de San Miguel Arcángel, en Brasil.
Ruinas de la reducción jesuítica de San Miguel Arcángel, en Brasil.Archivo, ABC Color

Los acontecimientos de Santa Tecla no quedaron claros. Y si bien el encuentro entre los indígenas y los demarcadores portugueses no pasó de ser pacífico aunque tenso, ya que los nativos impidieron el paso a los europeos, tuvo sin embargo consecuencias importantes. La más grave fue la reacción del gobernador de Buenos Aires, quien amenazó a los indígenas con ir con un ejército para expulsarlos de sus tierras. Se basaba para ello en un artículo del Tratado de Límites entre las coronas de Portugal y España que le autorizaba a hacerlo en caso de que los nativos se negaran a abandonar esos siete pueblos que pasarían a formar parte de Brasil como parte de una cesión de tierras de 500.000 kilómetros cuadrados, el equivalente a todo el territorio español.

La carta del gobernador fue tomada muy en serio y los destinatarios, es decir, los indígenas, realizaron numerosas reuniones para tratar la respuesta que se le habría de dar. «Respondieron los seis pueblos», dice el relatorio del padre Juan de Escandón, «en otras tantas cartas separadas. En ellas convenían en primer lugar todos en que no se querían mudar y en la razón por qué no querían; y esta decían que eran: Porque no creían que fuese voluntad del rey el que ellos saliesen desterrados de sus pueblos, ni menos para dárselos con todas sus tierras a los portugueses, sus mayores enemigos; ni que quisiese este que les hiciese tal guerra, para con esa violencia quitarles lo que era suyo, ni obligarlos así a darlo de grado o por fuerza; y que antes era la voluntad del rey todo lo contrario. Y esto lo promovían, probaban y amplificaban allá a su modo de varias maneras, y con varias razones, unos con unas y otros con otras; pero que todas para ellos, y para su bien raro modo de concebir las cosas tenían una grande fuerza para que el gobernador quedase muy convencido de ellas. Y porque les traía el ejemplo de los borjistas, indios como ellos, ellos le traían también el ejemplo de otros varios gobernadores como él antecesores suyos; quienes los habían a ellos amado y estimado y favorecido e informado bien por ellos a su majestad diciéndole la verdad de su buen proceder, y tratándolos acá siempre muy de diverso modo, que su señoría ahora» (1).

«El que la voluntad de su majestad católica era contraria lo que el gobernador pretendía de que dejasen sus pueblos y tierras, se lo procuraban persuadir (y acaso a su parecer con eficacia) citándole varias reales cédulas, en que su majestad (o sus gloriosos progenitores) les prometían ampararlos en la posesión de sus pueblos y tierras, y otras también en que su majestad se daba por bien servido de ellos en las expediciones militares, en que primera y segunda vez les habían quitado a los portugueses la Colonia, y en fin les estaban otra, o otras reales cédulas en que el rey le encargaba que defendiesen de los portugueses aquellas mismas sus tierras que ahora el gobernador quería que les entregasen» (2).

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«Para convencer (a su parecer) de una vez al dicho gobernador le alegaban en especial los miguelistas, que él mismo por orden de su majestad, o a lo menos por razón de su oficio, cuatro años antes poco más o menos, les había encargado lo mismo en nombre del rey, y les había enviado a su mismo pueblo a don Franco Bruno Zavala con el dicho encargo, diciéndoles que por ningún caso dejasen entrar en sus dichas tierras a los portugueses, y para que justamente él viese cómo las guardan de dichos portugueses, y así fuese menester les enseñase el mejor modo de guardarlas. Quejábanse también de que a los soldados de Santa Tecla se les hubiese levantado el falso sentimiento de que hubiesen dicho algo contra los padres misioneros y les decían: No son los padres sacerdotes los que nos aconsejan lo que hacemos: ellos nos han hablado mucho sobre que nos mudemos; mas nosotros no queremos mudarnos; y esto supuesto no prosigáis en levantarles tales imposturas a los padre sacerdotes» (3).

«Pero en lo que más fuerza ponían para no creer que fuese voluntad del rey que se les quitasen sus pueblos y tierras, era en que su majestad era, como ya sabían, un rey bueno, junto y santo; y que así no podía querer que se les quitase a ellos lo que era suyo para dárselo a una gente tan mala como era la portuguesa, de que una de las cartas decía que era una gente tan mala que no pertenecía al gremio de la iglesia. Y que si a una tal gente le quería el gobernador dar tierras, le diese las de Santa Fe, o Corrientes, o unas y otras, y no las que ellos poseían como propias desde antes que en este mundo hubiese españoles. Y que en conclusión, así como no deseaba la tal guerra que se les intimaba, tampoco la rechazaban tanto que quisiesen comprar la paz a costa del perpetuo destierro de sus pueblos y pérdida total de sus tierras. Y que así si el gobernador quería hacerles dicha guerra, como les amenazaba que se la haría, ellos también procurarían su natural defensa, y con efecto se defenderían hasta morir o vencer; y que como el gobernador confiaba mucho en sus piezas de artillería con que les conminaba ellos confiaban mucho más en Dios que les había de entregar en sus manos al dicho gobernador. Pero que advirtiese que si él moría en la dicha guerra, se iría sin duda a los infiernos; y que por el contrario ellos si morían, se irían al cielo; a más de que en la justificación de su carta y en las oraciones de sus inocentes hijuelos que todos entraban dos o tres veces en la iglesia a encomendarlos a Dios, esperaban que no morirían, sino que vencerían, y que en todo caso o morirían o vivirían en sus pueblos y tierras» (4).

«Todas estas seis cartas de los indios se le entregaron al gobernador que las hizo traducir en castellano, juntamente con otra que le escribía al mismo tiempo el corregidor del pueblo de la Concepción. Y aunque no se aprobó que este corregidor por su pueblo escribiese por no ser él de los que se trataba de mudar, mas tuvo algunas razones para darse por especialmente sentido de que el gobernador quisiese con tanto ardor entregar a los portugueses los otro siete. Porque dejado aparte que la Concepción desde el principio de su conversión fue siempre como la capital población de aquellas provincias de una y otra banda del Uruguay; dos de los siete pueblos que se trataban de entregar, es a saber el de San Luis y el de el Ángel, eran divisiones o colonias suyas, y que él había fundado, o de él se habían dividido y por consiguiente todos los indios de ambas colonias eran sus parientes, y algunos bien inmediatos, pues aun vivía todavía el padre misionero que asistió a la fundación y división de la del Ángel. Con que naturalmente había de sentir, y mucho, si no era totalmente insensible, los daños y gravísimos perjuicios, que se les traba de causar a dichos sus parientes, a quienes sin culpa alguna suya, y como si la hubieran tenido muy grande se trataba de desterrar, y privar de todos sus bienes raíces y también de los muebles y semovientes que por consiguiente habían de perder. Y así no fue mucho que se le quejase al gobernador» (5).

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Notas

(1) Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

(2) Ibid.

(3) Ibid.

(4) Ibid.

(5) Ibid.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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