Un fructífero silencio

«Apenas el comandante echó la firma, vio partir al sacristán con pasito menudo y rápido camino a la Asunción, la muda de ropa liada en la cintura y el hatillo de provisiones en la punta del báculo echado al hombro». Una historia de tiempos del Doctor Francia.

Grabado del libro de Charles Washburn The History of Paraguay, 1871
Grabado del libro de Charles Washburn The History of Paraguay, 1871Archivo, ABC Color

Cuentan que en la época del Dr. Francia vivía en Villa Rica un buen hombre conocido como Pa’i José. La dictadura de Francia lo había encontrado desempeñando en la iglesia el puesto de sacristán, y lo confirmó en él, con el aplauso de toda la villa.

Recordemos que cuando Francia asumió la dirección del país y de la Iglesia paraguaya canceló todas las prerrogativas sacerdotales. Nombraba, destituía, premiaba y castigaba a los curas y sacristanes como mejor le parecía. De entrada, dieciocho de los cuarenta sacerdotes terminaron en los calabozos del Estado. Las causas no eran graves, pero eran causas.

Los sacristanes, convertidos en recaudadores de los honorarios eclesiásticos, tenían que rendir al Estado anualmente rigurosa cuenta de su administración. Estos personajes que tenían un pie en la Iglesia y un pie en la administración estatal eran a veces más fanáticos que los sacerdotes, pero corrían más peligro, porque manejaban fondos públicos, materia donde la inflexibilidad del Dictador Francia llegaba hasta su propia persona.

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En los primeros tiempos de la emancipación nacional, todo iba a pedir de boca, porque se recolectaban pesos en abundancia, pero con los años fueron aquellos menguando. Con el estanco del comercio exterior y el acoso a las gentes de cierta alcurnia, los ingresos del sacristán disminuyeron enormemente; en tanto, las exigencias de su familia fueron cada vez más grandes. Así, cada fin de año vino a ser para Pa’i José época de tormentos, porque con el Dictador Francia las cuentas había que rendirlas, y depositar de manera puntual y exacta los pesos.

En los primeros apuros familiares echó mano a sus pequeños ahorros, pero al final no solo había agotado sus recursos sino que estaba lleno de deudas, de deudas con la Patria. El año había pasado y la mejora económica no había aparecido. Entre tristes meditaciones, el sacristán vivía recordando sus obligaciones con el Estado. Al siguiente año las interpelaciones se repetían, volvían las excusas y los plazos, hasta que sucedió lo que finalmente tenía que suceder: el comandante tenía preparado el informe al Dictador sobre la morosidad, y bien sabía lo que significaba esta falta en el ánimo de Francia, a lo que ha de agregarse, para desdicha del sacristán, el pésimo concepto en que el Dictador tenía a todos los guaireños, considerados hostiles a su política.

En la carta de intimación, el comandante le ordenó el inmediato cumplimiento de su obligación dentro de un término perentorio. El aterrador requerimiento agravó la angustia de Pa’i José, pues bien sabía que tras la orden no cumplida había de llegar el fantasma aterrador del comisionado del gobierno.

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Ni en su casa, ni en la sacristía, ni en los altares hallaba sosiego su tribulación. En su afiebrada imaginación vivía escenas de futuros tormentos sugeridas por horrorosas leyendas transmitidas en los cuchicheos de los parroquianos, y los pelos se le ponían de punta. Recordaba al padre Alfonso, su antiguo protector, que se pudría en la cárcel de la Capital por un asunto parecido. ¿Y qué haría con él, consumidor de fondos públicos sin esperanza de reembolso? «Después de ser burla de todo el pueblo, embargarán mis bienes, se dispersará mi familia, me llevarán a la Asunción, seré azotado, engrillado, encarcelado de por vida, o fusilado…», se decía Pa’i José.

Muchas veces encontró que la mejor solución era la muerte. Lo libraba de todo: de la vergüenza, de la tortura y de los horrores de la cárcel. Pero Pa’i José no era de los avestruces suicidas, sino de los que pelean panza arriba como gato… Tomó una resolución: fue a ver a la máxima autoridad de la Villa Rica, el comandante Careaga, guaireño de vieja cepa que, por lo intempestivo de la visita, recibió al sacristán un tanto sorprendido.

–Necesito ir a la Asunción y vengo para que me dé el salvoconducto. Me llevan asuntos de la Patria –le dijo con energía.

La sorpresa del comandante Careaga se convirtió en confusión, pues la expedición de un pasaporte a un sacristán en vísperas de rendir cuentas era un caso sin precedentes y no previsto en la práctica dictatorial. Pero Pa’i José se amañó de tal modo que incluso le exigió un acompañante hasta la presencia del Supremo; sea como sea, su viaje a la capital era indispensable para el Estado y una negativa le acarrearía al señor comandante responder por gravísima responsabilidad. Esta última consideración dejó aún más perplejo al comandante y convinieron en elaborar el pasaporte con toda la norma. Apenas el comandante echó la firma, vio partir al sacristán con pasito menudo y rápido camino a la Asunción, la muda de ropa liada en la cintura y el hatillo de provisiones en la punta del báculo echado al hombro.

A los pocos días de su partida de Villa Rica, cuando el crepúsculo empezaba a incendiar el cielo chaqueño, llegó el sacristán a las periferias de la Asunción. Se hospedó en la casa de un vecino y, al alba del día siguiente, previo baño en la naciente de un arroyo, se cambió de ropa, se acicaló el cabello con los dedos, se puso las sandalias franciscanas y se dirigió, mediante informes que iba recogiendo de los vecinos, a la Casa de Gobierno.

Paseaba el Dictador por el corredor cuando Pa’i José se acercó al cuerpo de granaderos que hacía la guardia. El aspecto estrafalario del recién llegado denotaba a leguas su procedencia lejana, circunstancia que le fue muy favorable. Eran tan raras las venidas de mensajeros del interior que un acontecimiento semejante debía obedecer a motivos de gran interés. El oficial de guardia acogió benévolamente el pedido del Pa’i José y, previas instrucciones sobre el riguroso protocolo dictatorial, anunció su llegada al Dictador, quien se distraía con la lectura de un voluminoso libro. En cuanto el granadero hizo pasar al sacristán a su presencia, este se adelantó, sombrero en mano, hasta los seis pasos de distancia que indicaba el protocolo y, como quien está consumido por la incontenible ansiedad de dar una gran novedad, se cuadró tan militarmente como pudo y empezó la arenga que había meditado en el largo trayecto:

–Excelentísimo doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, ilustre Dictador Supremo de la República del Paraguay, yo soy el sacristán de Villarrica, ¡vengo junto a su excelencia a que me fusile!

El Dictador estaba dispuesto a continuar su lectura interrumpida cuando, al escuchar la última palabra, dio media vuelta para mirar con asombro la cara de su interlocutor, quien repitió con firmeza:

–¡Aquí estoy, excelentísimo señor, mándenme fusilar inmediatamente!

–¿Y por qué te he de hacer fusilar, grandísimo zopenco? –le interrogó el Dictador, ya irritado–. ¿Quién te ha dicho que el Dictador está aquí para fusilar sacristanes?

Pa’i José, animado por la desesperación, prosiguió a grandes voces, con temeraria irreverencia:

–¡Es inútil hablar más, excelentísimo señor, yo tengo que ser fusilado! ¡Hágame fusilar hoy mismo, si es posible en este mismo momento!

–¡Guardia! ¿Cómo han permitido la entrada de este loco? ¡Llévenselo de aquí inmediatamente! –exclamó el Dictador Francia, y Pa’i José fue a dar con sus huesos en el calabozo.

–Se habrá visto un tipo más terco, le ha dado en la testa que debo fusilarlo –decía horas después el Dictador a su médico, Vicente Estigarribia, y a su actuario, Mateo Fleytas, hablando del sacristán guaireño.

–¿Y dice usted, Estigarribia, que su compatriota no está loco? Pues si se halla en sus cabales, aquí hay gato encerrado. A mí que no me venga con engañifas. Pero mejor es que no nos demos por entendidos; démosle el salvoconducto para que vuelva a su función de sacristán, y no se diga una palabra del incidente; has de prevenirle bien, ni una palabra, y que vuelva a su pueblo, donde el comandante le seguirá observando.

Días después, una fresca mañana de mayo, atravesaba Pa’i José la plaza de Villa Rica rumbo a su casa, de regreso de la capital. Estaba un poco más delgado, debido al largo viaje y a las emociones que tan violentamente habían sacudido su serena existencia de sacristía, pero su expresión de alivio y sosiego contrastaba con sus anteriores ansiedades y provocaba las más variadas conjeturas.

¿A que habría ido Pa’i José a entrevistarse con el Dictador? ¿Habría ido solo para ponerse al día con su tributo? Punzantes deseos de saber agitaban al vecindario. Pero Pa’i José callaba. El silencio del que fuera el más extrovertido de los sacristanes y las constantes visitas a su casa del comandante Careaga, siguiendo reservadas instrucciones, llamaban poderosamente la atención de los vecinos. Los hechos hicieron crecer en el concepto general la personalidad del sacristán, su amistad fue buscada por todos y su oficio de «campanero» resultó una insospechada fuente de prosperidad.

El comandante Careaga no faltaba a ninguna de las tertulias de Pa’i José. Después del mate amargo, entre copitas de caña con guavirami, le recargaba el vaso y lanzaba insinuaciones para despejar la incógnita de su actuación ante el Dictador, pero Pa’i José no perdía el estribo y, mirándole de reojo, le sonreía imperturbable. Así pasaron los años en monótona sucesión. Pa’i José, octogenario, ya no ejercía su oficio, ni casi asomaba a la calle: vivía tan encerrado como su secreto. Pero un día de 1840 lo vieron, con gran extrañeza, por las calles de Villa Rica en compañía del comandante Careaga. Los dos viejitos marchaban silenciosos y risueños hacia la plaza de la ciudad, en cuyo centro, tras un apretón de manos, se separaron. Careaga llegó a la comandancia, hizo formar la guardia y dio lectura a un bando que comunicaba a la población el fallecimiento del Supremo Dictador de la República, ocurrido el 20 de septiembre. Entretanto, el sacristán, con tembloroso pulso, después de mucho tiempo, hacía vibrar de manera inconfundible su antigua campana, anunciando el inesperado acontecimiento. Aquellos lúgubres tañidos fueron los últimos que dio el sacristán guaireño en su vida. Sin embargo, casi doscientos años después, sus ecos siguen conmoviendo el corazón de quienes, por resguardar su libertad y el honor de su familia, expusieron en bizarra actitud el pellejo.

(Nota: En el número 28 de la revista Guarania, de 1936, Fulgencio R. Moreno se refiere a este sacristán y al «carácter» del Doctor Francia. Sin otro propósito que exponerla en un espacio más breve, hemos recreado esa historia.)

catalobogado@gmail.com

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