Estaban decididos a morir

El Tratado de 1750 firmado por las coronas de España y Portugal requirió el abandono de siete pueblos de las misiones de la provincia del Paraguay por parte de los indígenas que los habitaban. Solo cuando los ejércitos de portugueses y españoles comenzaron a concentrarse en diferentes sitios, se vio que las consecuencias serían dramáticas.

Adolf Methfessel: Celebración Guaraní (para el libro de Juan Bautista Ambrosetti Los indios Cainguá del Alto Paraná, 1894)
Adolf Methfessel: Celebración Guaraní (para el libro de Juan Bautista Ambrosetti Los indios Cainguá del Alto Paraná, 1894)Archivo, ABC Color

A pesar de todo el movimiento que convulsionó a siete pueblos de las reducciones de la provincia del Paraguay y de las presiones que ejercieron los jesuitas para lograr que los indígenas abandonaran sus tierras para ser entregadas a los portugueses en virtud del Tratado de Límites de 1750 firmado por las coronas de Lisboa y Madrid, nadie se hizo a la idea de las consecuencias que podían tener todas aquellas gestiones. Sólo cuando los ejércitos de portugueses y españoles comenzaron a concentrarse en diferentes sitios, se vio que la guerra era inminente y sus consecuencias dramáticas. Los indígenas estaban decididos a morir combatiendo en defensa de sus pueblos, de sus casas, de una tierra que sentían suya desde mucho antes que llegaran los conquistadores españoles.

En la misma medida que los portugueses y españoles se preparaban para el combate, así también lo hacían los indígenas y hasta las mujeres exigían a los varones que las prepararan para el combate mientras los niños dejaban sus juegos para familiarizarse con las flechas que fabricaban sus mayores.

Las idas y venidas se acentuaron a medida que el estallido de los combates se iba insinuando con mayor proximidad. «A 13 de junio [1753] salió el nuevo vice comisario de Buenos Aires para Santa Fe en donde le alcanzó la patente de visitador que le despachó el padre provincial y de allí salió para las Misiones adonde llegó a fines del mes de julio, sin que en ellas hubiese la menor noticia de su ida, ni menos de las comisiones que llevaba, hasta que estuvo en el primer pueblo de aquel lado que es el Yapeyú. Y la primera noticia que de esta su llegada y los oficios que llevaba le dieron luego en la otra banda los indios de los siete pueblos a sus padres misioneros: por eso se dedujo que ellos tenían algunos espías adelantados con el Yapeyú, o en sus cercanías para descubrir los movimientos de guerra que hacían por aquel lado los españoles. Dijéronles pues a los padres como acababan de llegar al dicho pueblo del Yapeyú otros dos padres de Buenos Aires enviados a molestarlos todavía con aquellos sus pueblos sobre la mudanza; como si el comisario (que ya después de la noticia de Santa Tecla no le llamaban padre) no hubiera ido bastantemente desengañado de que ya no querían mudarse ni de prisa ni despacio, ni de manera alguna o como si ya no se lo hubieran dicho y repetido todos bien claro al gobernador en las respuestas que le habían dado a su carta. Que el uno de los dichos padres recién llegados era el procurador de Misiones llamado Roque Valiente (y no era sino Ballester) el mismo que en Buenos Aires había recibido de los portugueses la plata en pago de los siete pueblos y sus tierras. Que el otro no sabían cómo se llamaba; pero que era uno que tenían grande amistad con el gobernador que les acababa de intimar la guerra, y a cuya casa iba (como algunos de ellos lo habían visto en Buenos Aires) con frecuencia; y que justamente era muy amigo de los portugueses; y tanto que (como también algunos de los mismos indios lo habían visto) de su estancia cercana a la Colonia les daba vacas a los dichos portugueses de ellas. Y era cierto que el padre se las daba o vendía con la licencia que los dichos portugueses tienen para comprar de los españoles sus bastimentos. Pero con tal mal pie entraban los dos enviados según este mal concepto de los indios, que no parece podía haber enviado otros dos menos a propósito para la comisión que llevaban. Mas el no engañarse nunca en sus disposiciones es sólo de la Divina Providencia» (1).

«Por estas señas que los indios les daban se impusieron los padres misioneros en quienes eran los huéspedes que les habían llegado; y más por lo que los mismos indios les añadieron. Porque añadían, que por las dos otras relaciones de amistad con el gobernador y portugueses el comisario había encargado a este último padre que viniese en su lugar de su pueblo como teniente suyo (no sabían todavía el nombre del vice comisario) y que también se decía que el padre lo enviaba por su lugar teniente (que tampoco había llegado a su noticia el nombre del visitador) pero que esto segundo era seguramente falso; porque jamás ningún padre provincial visitaba las Misiones ni pueblos algunos de ellos sino por sí mismo; y que así esto segundo lo tenían por fábula. De otro padre mozo, que con los dos iba, para quedarse en las Misiones o nada decían o nada tenían contra su ida. Pero contra de ellos tenían [un concepto] tan malo como queda insinuado; y ello bastó para que sola su llegada los inquietase más y les renovasen las dos malísimas especies que les dieron o con que los confirmaron los demarcadores de Santa Tecla, y las más frescas que habían tomado con la carta del gobernador. Ni de tan malos principios se podían esperar muy buenos fines» (2).

«Al mismo tiempo (con sola la diferencia de un solo día, no me acuerdo si antes o después que el padre vice comisario llegase al Yapeyú) llegaron a su pueblo de San Borja los 130 borjistas que estaban en el Queguay [departamento de Paysandú, Uruguay] para la fundación del nuevo pueblo, o cansados ya de ella o echados como decían de ellas por los infieles, trataban de hacerles guerras y así obligarles a que desamparasen el sitio y se volviesen de él a su antiguo pueblo; o se tuvo por más cierto por unos y por otros. Y llegaron diciendo que ya bastaba haberse estado tanto tiempo fuera de su pueblo en el destierro del Queguay para cumplir enteramente la voluntad del rey o de sus ministros; pero el volverse no era más de porque los dichos infieles no les dejaban perseverar en sus primeros intentos de mudarse para siempre, y les amenazaban con la guerra si allí persistían más y querían llevar adelante la fundación y que ellos habían escogido el volverse en paz, antes que perseverar en guerra» (3).

«Esto dijeron ellos. Y lo que de ellos se dijo, y parece bien probable, fue que por no volverse a pie, quitaron a los portugueses o a los españoles, que se los llevaban, hasta 250 caballos, y algunas mulas. Lo cierto, y sin duda, es que ellos no se volvieron a pie, y que como las cabalgaduras con que volvieron pudieron ser de las que a los portugueses se les enviaban entonces para la futura guerra por orden del gobernador y del comisario, pudieron también ser de los soldados españoles que ese iban ya juntando en las Gallinas [Rincón de las Gallinas, paraje entre los ríos Uruguay y Negro), paraje no muy remoto del Queguay; porque estos confesaban que les faltaban muchos caballos de los que habían llevado, aunque no querían dar a entender que se los hubiesen quitado ni aun por su negligencia, los indios. Así, o de otro modo, ellos los tuvieron para volver con caballos a su pueblo en donde confirmaron a los demás en la ninguna gana que tenían de dejárselos a los portugueses; y muy inclinados a que en caso de guerra por una o por otra parte mejor les estaría defender el antiguo que no edificar otro nuevo con las armas en las manos» (4).

Notas

(1) Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

(2) Ibid.

(3) Ibid.

(4) Ibid.

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