El fruto del árbol y el poeta paraguayo

El viernes fue 19 de junio, el Día del Árbol en Paraguay, y bastará decir que estamos orgullosos de los árboles de nuestro país. Hubo muchos poetas que dedicaron sus poemas a los árboles; esta vez quiero celebrar a Carlos Villagra Marsal, poeta paraguayo, fiel educador de los tres grandes temas en la poesía universal: el amor, la muerte y la naturaleza. Al hablar del árbol se habla también de la naturaleza.

Pintura de Héctor Da Ponte.
Pintura de Héctor Da Ponte.Archivo, ABC Color

Los árboles, además de dar sombra, evitar la erosión, transformar el dióxido de carbono, también brindan frutos. A los frutos de los árboles dedica Carlos Villagra Marsal algunos poemas en El júbilo difícil, publicado en 1995. Uno de los árboles frutales típicos de nuestro país es el guayabo, y así el poeta le consagra un poema al Arasá pytã; he aquí un fragmento:

Esta virtud de enero

calma la boca;

toda mi infancia cabe

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en tu médula roja.

Latir de la inocencia

o de otras cosas:

palpo tu piel y entiendo

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la sumergida historia.

La guayaba es virtud de un mes caluroso como enero, y el poeta recuerda la corteza y la médula de la fruta, que lo transporta a su niñez. El poema tiene en realidad 5 estrofas con 4 versos cada una, divididas en versos heptasílabos (7 sílabas) y pentasílabos (5 sílabas). La rima asonante en los versos pares otorga la cadencia y crea la figura retórica del encabalgamiento en la idea que comienza en un verso y termina en el siguiente. El código temático se apoya en la estructura del poema para dar énfasis a la añoranza del autor de esos tiempos vividos.

En otro poema ensalza Villagra Marsal el fruto del árbol chirimoya, cuyo nombre en guaraní es aratiku.

Bestia o esfera primordial

suspendida

en los márgenes ambiguos

del sotobosque.

El rigor

de tu caparazón inmóvil

de veras defiende esa delicadeza fácil

que las nubes

acendran.

En este fragmento, el autor emplea una metáfora para referirse al aratiku: es una «bestia o esfera primordial»; la fruta tiene una forma redonda y se halla suspendida porque pende de la rama del árbol que la sostiene. El fruto del aratiku es de color verde con una cáscara frágil y el interior, de color blanco, textura cremosa y sabor dulce; las semillas son de color oscuro. El «caparazón inmóvil» que nombra el poeta es una metáfora de la cáscara, y «las nubes», imagen del interior de la fruta.

En otro poema ofrenda al fruto del árbol pakuri, cuyo nombre en latín es Salacia campestris; de allí el nombre de Pakuri Loma.

Y allí, ramaje adentro,

cuajan la quebrada penumbra

fosforescencias quietas,

candiles de callada tersura,

conmociones

redondas, frutas

de cáscara solar

y frescor sustantivo de luna.

El poeta continúa su canto a los frutos de los árboles guaraníes con este poema al pakuri, una fruta de baya redonda, pulposa y de color amarillo-anaranjado; por eso es para el autor «cáscara solar», y tiene frescor jugoso y agridulce. Como planta nativa, se recomienda cultivarla, porque quedan pocas en el país. El fruto irradia por su color, se percibe como «fosforescencias o candiles»; estas imágenes literarias aseveran la presencia del árbol y su fruto.

Villagra Marsal no podría olvidarse de la Genipa americana, el ñandypaguasu, fruto anaranjado de pulpa agria, empleado como bebida refrescante y como carnada para el paku.

Óleo

elemental

y zumo

que en la piel se hace cárdeno violento

El ñandypaguasu para el poeta es un «estuche de leves azúcares ardientes» primeramente, pero luego la metáfora que emplea es «óleo elemental», es decir, un aceite básico, alimento primario. En otra parte del poema arguye que estos frutos son hijos de su padre árbol, del que penden y luego caen deshechos en su madre, refiriéndose a la tierra.

Se pueden citar otros poemas a los frutos de los árboles típicos del Paraguay a los cuales el autor destina alabanza en este apartado de su libro: yvaporoity, ñangapiry, yvapurû, guavirapytã, jakarati’a, mburukuja, naranja ombligo Ygatimí y mandarina Caazapá.

Carlos Villagra Marsal nació en Asunción en 1932 y falleció en la misma ciudad en el año 2016. Entre sus obras destacadas están la novela Mancuello y la perdiz (1965), ganadora del premio La Tribuna, publicada también en España y Ecuador. El cuento Arribeño del norte es un clásico de las letras paraguayas, publicado en la revista Alcor en 1961 y llevado a cortometraje por Marcelo Martinessi con el nombre de Karai norte. En poesía, fue autor de Antología mínima (1974), Guarania del desvelado (1979), que incluye Canto a Simón Bolívar, premiado en 1954 por la Sociedad Bolivariana del Paraguay.

En el poemario El júbilo difícil (1995), Villagra Marsal extrajo de los bosques paraguayos los árboles frutales que se disfrutan como las tradiciones familiares, en un testimonio poético para dignificar la identidad paraguaya.

opintasilgo@gmail.com

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