Míster Powell visita al Paraguay (II)

Desde los archivos del profesor Thomas Whigham nos llegan las interesantes impresiones de un viajero inglés sobre la sociedad paraguaya de mediados del siglo XIX.

Fotógrafo desconocido: Vista de Asunción, circa 1860, daguerrotipo.
Fotógrafo desconocido: Vista de Asunción, circa 1860, daguerrotipo.Archivo, ABC Color

Mi última contribución al Suplemento Cultural fue una selección de textos del viajero inglés David Powell, que visitó Paraguay entre fines de 1862 y comienzos de 1863 y los publicó en las Vacation Tourists and Notes of Travel in 1862-63, editadas por Francis Galton (Londres/Cambridge, MacMillan, 1864). Esa selección se centró en las primeras impresiones de la tierra paraguaya y el mercado asunceno. Hoy ofrecemos otra, que describe la política de la etapa lopista y las costumbres sociales de aquel tiempo. Como antes, se advierte a los lectores que recuerden que las observaciones nos hablan tanto del observador como de lo que vio en Paraguay.

«Poco antes de mi llegada, el viejo presidente López había fallecido, y la Asamblea Nacional… había elegido por unanimidad a su hijo Francisco Solano para reinar sobre ellos. Los restos del difunto, creo, yacían cómodamente bajo tierra tiempo atrás, pero se consideró necesario que cada rama del servicio celebrara su funeral por su cuenta... Debajo del magnífico catafalco erigido en la catedral, se colocó el ataúd, y enfrente las ropas del difunto, rellenadas y cubiertas con varias decoraciones y órdenes. Los candelabros estaban adornados con papeles cortados hábilmente por los marineros, ante los cuales se celebró una gran misa. En su lecho de muerte [el viejo López] firmó una proclama que decía que “murió como un republicano; que nombró a su hijo como sucesor; y que el nuevo gabinete debía ser elegido de la lista que él elaboró”. Su hijo profesa políticas liberales pero actúa como déspota que se considera el padre de todos…

Todo parece bien organizado, pero hay un lado oscuro... El ejército es mantenido por la más cruel leva militar; se paga poco o nada; el comercio exterior es afectado por enormes derechos de exportación. Si un hombre es nombrado para un cargo público, no osará rehusar, so pena de muerte. Descubrí que no podía salir de la capital ni una noche sin permiso. No se puede vender un caballo sin informar al Gobierno; y, de hecho, en todo, por pequeño que sea, se siente la mano del presidente. Es temido por todos, pues dispone de la vida y la muerte, y la prerrogativa real de la misericordia rara vez se ejerce...

La mezcla de civilización y barbarie es sin duda una de las características más extraordinarias de este extraño país; pero nada me lo mostró con más fuerza que un accidente ocurrido a uno de los barcos de vapor brasileños río arriba. Encalló, fue atacado por indios salvajes y varios miembros de la tripulación fueron heridos por flechas antes de alejarse... ¡En un viaje mensual rutinario de correo!

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[El mediodía es] la hora de comer habitual. Sigue la siesta, luego unas horas de trabajo y, antes del atardecer, el baño, que se hace de manera peculiar en la capital. Un acantilado bajo corre a lo largo del río, más allá de la ciudad, y desde pequeñas colinas fluyen arroyos. El agua llega a la orilla en canales de madera desde los que cae a pequeña altura. De día, esas cañadas son exclusivas de las lavanderas, pero de noche las clases altas de la ciudad se turnan para pararse bajo esas duchas. Hacia las nueve de la noche, la banda musical sale a las calles siguiendo un gran farol, tras lo cual se supone que todas las personas de bien se retiran a sus hamacas.

Una tarde arreglé con un ingeniero del Gobierno un viaje a Areguá, pueblito a treinta millas de Asunción. El presidente permitió que el tren nos llevara veinticinco millas, hasta donde la línea terminaba. Los vagones, hechos en Asunción, eran cómodos, y los asientos estaban cubiertos de hermoso cuero forrado. Luego de llegar al final de los rieles, obtuvimos unos caballos del estado y me sorprendió descubrir que las sillas tenían cuerdas terminadas en pequeñas cuentas en lugar de estribos. Los paraguayos van descalzos, y las cuerdas estaban destinadas a ir entre los dedos de los pies. [La idea] de unas botas nunca se le ocurre a nadie.

En Areguá] tuve la satisfacción de asistir a uno de los llamados bailes. Una banda militar daba lo mejor de sí en la estación del ferrocarril, y se desplegaba una cuadrilla. Los hombres vestían camisas holgadas y pantalones blancos; las damas, el sencillo vestido nacional, sin zapatos ni medias. Al bailar, siempre se cubrían los hombros con sus pañuelos...

Asunción] está en la ladera de una colina, en suelo arenoso y suelto, y las calles no están pavimentadas. En muchas ciudades hispanoamericanas he visto calles inundadas, con hombres esperando en las esquinas para cruzar a la gente; pero nunca había visto torrentes montañosos en medio de una gran ciudad. Después de una fuerte lluvia tropical, el agua corría por las calles arrastrando todo, arena, rocas y maderas, con las ruinas de alguna casa... Durante una de estas duchas, refugiado en una tienda, vi a un hombre, bien vestido, sacarse los pantalones blancos y atárselos a la cintura para mantenerlos secos, ¡y esto en la calle principal de la capital!.

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En cuanto a la vestimenta, de hecho, se presta poca atención a lo que deberíamos considerar las reglas más comunes de la decencia. En el campo, los hombres rara vez usan más que un delantal de cuero. Los niños desdeñan toda ropa, y las mujeres usan solo una falda ligera con fabricación de Manchester, con un cuerpo blanco bordado con borde de cuadrillo negro, peculiar del país. Se aprecia mejor cuando llevan agua. Entonces llevan un largo velo blanco sobre los cántaros, que cae con gracia casi hasta el suelo. Los hombres, sin embargo, son mucho mejor parecidos que las mujeres. Siempre parecen totalmente felices y divertidos, como niños. Nunca olvidan la menor amabilidad, aunque también se dice que no hay raza más vengativa...

El paraguayo parece deleitarse especialmente con su cabello. Un hombre que no puede comprar una camisa tendrá un peine, y lo usará bien. Las mujeres de todas las clases llevan una trenza peculiarmente ordenada y simple. Los trajes negros de los funcionarios estatales contrastan con la vestimenta libre y lisa de las clases más pobres. No podría decir quiénes son más dignos de lástima, si ellos o los infortunados que tienen que usar un uniforme militar de tela gruesa en este clima tropical... Ya he aludido a los oficiales de los vapores con rango militar y no naval, y es difícil concebir escena más absurda que la de un almirante que cabalgaba al muelle a diario e inspeccionaba a los capitanes navales, que acudían a caballo para la ocasión.

Creo que el matrimonio es generalmente desconocido en este país. Las principales familias de la capital lo consideran necesario, pero ni siquiera entre ellas es de ninguna manera algo general. El mismo presidente lo desalienta, tanto con su ejemplo como haciendo lo posible por evitarlo. Escuché que, poco después de que dejé Paraguay, cinco o seis sacerdotes fueron acusados de intentar anular la constitución instando a casarse a las personas de los distritos surorientales de la república. Es superfluo señalar que la inmoralidad resultante de tal estado de cosas es enorme y debe ser perjudicial para toda la raza.

Pasé en Paraguay una quincena muy agradable, pero finalmente llegó el día de partir. Recurrí al ministro de Relaciones Exteriores, quien me [pidió] que llevara a Inglaterra una muestra de los productos del país, dos toallas con bordes de encaje muy hermosos. Subí con ellas al vapor por la tarde, pero no podíamos irnos sin permiso del presidente, que demoró hasta altas horas. Poco antes del anochecer, la amante del presidente, una inglesa, llegó a bordo; y el cañonero Tacuarí zarpó río abajo mientras se disparaban saludos. Nuestro sobrecargo se fue con ella en su mejor uniforme y luego volvió con un niño de nueve años, el heredero del reino o, más bien, la llamada república. Poco después, él y su madre fueron llevados a tierra, luego de que esta ordenara azotar a un miembro de la tripulación porque ella se había mojado los pies al pisar el bote. Con esto, nosotros partimos».

Profesor emérito de Historia, Universidad de Georgia

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